Comparte, citando la fuente, todo aquello que te guste, recomienda estos contenidos, comunícate

Todos los derechos están protegidos mediante Safe Creative.

Buena parte de los relatos que están o estaban en este blog, se encuentran en el libro "La Profecía Tlön",que se puede comprar en Internet accediendo a la siguiente página www.bubok.com

Ahora mismo estoy desarrollando modelos de aprendizaje en los que combino mis propios descubrimientos con los modelos de la Programación Neuro LIngüística.

Primer descubrimiento: En 60 minutos cualquier cerebro puede absorber la información necesaria que le ayudara a entender cómo se crea por ejemplo "Rayuela" o "Sombras sobre el Hudson", en las siguientes tres horas puede absorber (y esto está garantizado) las destrezas necesarias para escribir esa obra que desea. Cuatro años de estudio en 60 minutos es una magnífica inversion. Excelencia creativa. Pregúntame:

hectordalessandro1@yahoo.es


viernes 27 de junio de 2008

El precio del petróleo, una de Paul Kaiman.

Una de Paul Kaimán sobre el precio del petróleo.

La subida irracional de los precios del petróleo, además de enriquecer rápidamente a sus productores, fuerza de modo artificial la extracción de las cuatro últimas gotas que queden en el planeta. Cuatro gotas que representan varios decenios de abastecimiento y consumo. Esos fondos restantes están a varios millones de inversión de distancia; unas cantidades que ningún capitalista quiere invertir. De ahí que ahora predomine una visión no pesimista de las nacionalizaciones, cuando hace treinta años estas eran motivo para intervenciones y golpes de estado en países productores del tercer mundo. Se está permitiendo que líderes de retórica nacionalista intervengan en este sector con el objetivo de que ellos hagan la millonaria inversión con fines extractivos. Cuando todo esté dispuesto y el petróleo fluyendo, el capitalismo financiero volverá a mostrar su oscuro colmillo; hundirán los precios y se quedarán en subasta de urgencia con las inversiones que los idiotas de turno harán en estos años.

Cuando no entiendo un hecho llamo a Paul Kaimán para que me explique estas situaciones aparentemente incomprensibles. Paul sabe más por espía que por boxeador; como tal sólo recibió golpes y estos los recibe cualquier poeta.



: , , , ,

domingo 22 de junio de 2008

El reino de los siddhis. Héctor D'Alessandro

Este relato está en "La Profecía Tlön" de Héctor D'Alessandro

: , , ,




sábado 21 de junio de 2008

Conjuras de necios. Héctor D'Alessandro

Conjuras de necios. Héctor D’Alessandro

Todo comienza una tarde de sábado en que el idiota que vive centrado en sí mismo está tumbado en su casa con la puerta ventana de su dormitorio entreabierta y oye una música no tan lejana a cuyo ritmo se entrega una multitud, llena de belleza y ambición, con los movimientos y las cadencias más actuales.

Él tiene ganas de ir a mear y, al levantarse, los ve allí, en el jardín, todos ajetreados.

Cuando asoma su adormilada cara, bella y ambiciosa, por la rendija que deja la puerta ventana, de inmediato algunas cabezas comienzas a girarse y cuando la chica, una rica heredera, bronceada y adormecida que cultiva una progresiva diabetes lo ve, el acompañante de la misma, un chico bronceado con el pelo brillante, los ojos duros y la boca dulce, se vuelve repentinamente inquieto. Mira a la chica, mira al chico, calcula la onda de comunicación vibracional que se ha establecido entre ellos y determina que sobrepasa los niveles admisibles y respetables para la salud de su propio corazón. En consecuencia, lleno de stress, estruja algo carente de importancia entre sus manos dentro de sus bolsillos a la moda, pero para la chica distraída que cultiva su diabetes sólo tiene amables sonrisas llenas, en el fondo, de un odio que ella no conoce ni puede ver.

Todo comienza así, de este sencillo modo.

Se trata de una suerte de conjura de necios.

Más frecuente de los que se piensa. Sucede siguiendo unas pautas más o menos regulares. Los más idiotas creen que alguien los amenaza, se conjuran contra el pacífico durmiente de siestas que no tiene ningún interés ni motivo para conseguir aquello que ellos tanto valoran.

Acaban metiéndolo, contra su voluntad, en el asunto, y sus propios miedos y paranoias colectivos le conducen a la involuntaria victoria.

Esto excita los nervios adormecidos de cualquier chica aunque haya pasado una vida aburrida entregada a las obras de beneficencia y al cultivo dosificado y progresivo de la diabetes.

La conjura posee estos elementos. Uno o mas idiotas centrados en lo que hacen los otros y en interpretar de un modo negativo todos los pasos de esos otros. Un idiota autocentrado, -con lo cual ya empieza a mostrar un poquito de sabiduría. Y una chica o algún otro tipo de persona que no muestra su juego.

En este caso, el idiota autocentrado, se metió la mano dentro del enorme pantalón para rascarse ciertas zonas y con la otra se restregó los cabellos mientras con el cerebro intentaba discernir si toda aquella gente elegante y que tan bien olía, ágil, ambiciosa y bella tenía algo que ver con él, pero antes de que pudiera llegar a algún tipo de conclusión, la chica que no mostraba su juego ya se había acercado y orbitaba a su alrededor. No era una chica muy original ni vanguardista, porque le dijo ¿nos conocemos? Y el idiota autocentrado se tomó la pregunta en serio, con lo cual se sumió en una mar oscuro de elucubraciones que a ella le hicieron pensar “es monísimo, me lo comería, mira cómo se rasca la cabecita.” Mientras, el danzarín acompañante de la chica, plantificado en el enorme jardín, muy próximo a la piscina, craneaba escenas de apuñalamiento y envenenamiento masivo, venganzas horripilantes, arañazos vengativos y palizas descomunales. Las ondas vibratorias de sus pensamientos lo conmovían hasta la raíz del cabello y el vaso verde con una bebida fucsia estalló en su mano morada manchándole de paso la camisa rosa de rayas blancas.

Esto hizo que la futura diabética girara su enorme culo y lo mirara a los ojos y al verlo conmocionado le preguntara ¿qué te sucede cariño, te sientes bien, quieres sentarte? Serie de preguntas que ofendieron aun más al danzarín centrado en los otros y le hicieron pensar que la culona diabética era una bruja despiadada y sádica pero se contuvo, él creyó que con gran inteligencia, para decir que no, que nada, que por favor, y en el fondo se cagaba en ella porque pensaba “me trata como a un anciano, ¿qué se piensa?”

A todo esto, el idiota autocentrado dormidor de siestas, al ver aquel culo se imagina perspectivas muy amables y sin saber que ella ya está en la senda de su destino piensa cosas como “quién pudiera” o “si yo la tuviera a tiro”.

Su lúbrica mirada es transparente y el idiota centrado en los otros siente que el calor que sale de su cuerpo le seca por completo la brillantina de su cabeza. Le parece, incluso, sentir el aroma a chamusquina de aquel producto derivado del petróleo. Pero decide que a él nadie le verá sufrir, qué va, en la vida, no les dará esa satisfacción, antes muerto.

Su mirada está dirigida de un modo tan claro en dirección al despeinado dormidor que la chica se gira, y al hacerlo, vuelve a ver el delicioso contenido de sus circunstanciales sueños.

Su sonrisa se deshace en una suerte de baba gelatinosa.

En este momento el idiota amargado dice que ahora vuelve, tiene que retirarse al lavabo, pero es un repliegue táctico, va a ver qué puede hacer porque esto ha pasado de castaño a oscuro.

La chica pregunta de un modo formulario ¿te las podrás arreglar sin mi, ¿cariñín?

Y aquel “cariñín” al idiota amargado centrado en los otros, le parece un nauseabundo revulsivo.

Ella se va en dirección al chico “monísimo” que al verla venir siente un poco de miedo, piensa “¿esa tipa estará enfadada conmigo?" No entiende porqué debería estarlo pero igual siente miedo y para aligerarlo se hace un chiste a sí mismo, un método de su propia invención que suele utuilizar con frecuencia en situaciones temerarias como aquella. Se dice a sí mismo “a ver, tío, si ahora te da un culazo” y a continuación ríe para sí “jo, jo, jo” y comenta, centrado en sí mismo “¡qué flipe la vida! ¡pa alucinar, de verdad!”

Ella, la rica herededa y futura diabética, piensa “pero cómo puede tener esa carita tan dulce... y cómo se hace el que no se entera, ¿será posible? Me lo voy a comer todito”

El durmiente de siestas la ve acercarse y le hace acordar en su progresivo acercamiento a aquella ocasión en que cruzaba una autopista y un coche venía de frente pero el no sabía si tenía que tirar para la derecha o para la izquierda, ¡qué flipe! Y se quedó quieto y todos saben que aquello fue un viaje impresionante, que el coche le pasó zumbando y todo eso, pero bueno ya lo saben todos eso... en fin...

Sólo que ahora el camión se le plantó delante y le dijo ¿qué, me dejas pasar? Y él pensó “esta tía debe saber que tengo aquello tan rico para viajar que ayer me trajo el Berto. Bueno, que le vamos a hacer.”

Y la deja pasar.

(Borges dice que la vida de un hombre está toda resumida en un momento, ¡que flipe! ¿no? Pues yo no soy quién para negarlo y menos con evidencias a la vista. Tal vez influido por las multiples lecturas de los interaccionistas simbólicos y también, porqué no, por las comedias de "nerds", he compuesto esta trama verdadera que me fue confiada por Amelia Haedo durante la toma de posesión de un presidente bastante aburrido de nuestro país.) ¿Cómo continúa la historia? Bien, el caso es que la chica heredera de la futura diabetes se sale con la suya y logra enamorarse furibundamente de aquel chico descuidado y amante de las siestas alucinógenas. Con el paso del tiempo, va corroyendo sus neuronas y le contagia sus gustos por la moda, según ella, “más exigente”; en fin, que lo convierte en un triunfador.

¿El danzarín? Ah, en cada reunión que podía recalcaba a quien quisiera oírlo que, si no hubiera sido por él, aquella pareja estupenda y maravillosa, jamás habría logrado conocerse.

: , , ,





viernes 20 de junio de 2008

Theatre de la Huchette, La cantante calva se representa desde 1948


El pequeño Theatre de la Huchette, donde se representa "La cantante calva", con una interrrupción de cinco años durante la cual se representó en otro teatro, desde el 18 de marzo de 1948. En la misma sala se interpreta desde 1957 "La lección", también de Ionesco.

, , , , , , ,

jueves 19 de junio de 2008

La chica que volvió de la muerte para ir a bailar. Leyenda urbana. Héctor D’Alessandro

La chica que volvió de la muerte para ir a bailar. Leyenda urbana. Héctor D’Alessandro
Para Rafael Bayce, el maestro más extraordinario que he conocido.


En 1983 volví a narrar, como si se tratara de un común hecho natural, aquella narración tan conocida que escuché en diversas versiones a todo tipo de personas: compañeros de clase del colegio, del liceo, del bachillerato y de la facultad, personas conocidas en reuniones sociales más y menos informales, en todos los sitios volví a escuchar esa historia.
Luego se la escuché a una amiga que volvía de vivir tres años en Venezuela.
Entonces comencé a averiguar dónde mas se conocía, me movía, en aquella época por carta y a través de llamadas telefónicas. Logré ubicar la historia en Montevideo, Buenos Aires, Roma, Paris, Barcelona, Madrid, Lisboa, Caracas, Porto Alegre y un número indeterminado más de ciudades, casi todas occidentales. No puedo saber si esta leyenda existe en otros ámbitos y ahora ya es tarde para que me preocupe la investigación, me alcanza con estas confirmaciones para constatar una interesante regularidad.
Es la historia del hombre que conoce a una chica que levanta en la carretera haciendo autoestop (a veces en una fiesta o en una discoteca) pasan una noche "fenomenal", él tiene interés en continuar viéndola y aprovecha la circunstancia de que ella ha dejado en su coche un chal o un foulard o algún otro objeto que él pueda alcanzarle a su casa y que nunca es un zapato.
El tiene la dirección; ella se la ha dado.
El hombre va a aquella dirección y al llamar a la puerta sale una señora que reconoce el foulard como propiedad de su hija, que responde a la descripción que da el azorado caballero pero lamentablemente confirma que su hija murió hace cinco o diez años.
En el otro final, más macabro, la dirección coincide con la puerta de un cementerio, pero el hombre picado por la curiosidad entra y se le ocurre comprobar el número de piso o apartamento o planta que la chica le dio y acaba constatando que aquella cifra se corresponde con el número del nicho o tumba en que la chica, muerta hace años, se encuentra enterrada.
Un detalle adicional interesante es que cuando la chica sube al coche, en el caso de que se trate de un espectro que hace autoestop, he comprobado que el lugar siempre coincide con zonas de transito dificultoso, curvas cerradas, preferentemente neblinosas en invierno. Y con nombres calamitosos en algunos casos. “La curva de la muerte” en Montevideo. A las afueras de las ciudades casi siempre. A la salida en Caracas, en la curva de la Rabassada en Barcelona. También se trata de sitios donde ha habido muchos accidentes de tráfico. En concreto en Sao Paulo, se trata de una autopista donde no se puede frenar durante dos horas sin riesgo de provocar un accidente múltiple.
Ya lo sabe, si conduce no levante chicas vaporosas o fantasmagóricas a las afueras de las urbes.

: , , , ,

Algunos hechos extraños en la vida de Eugenio Ionesco. Héctor D’Alessandro

Algunos hechos extraños en la vida de Eugenio Ionesco. Héctor D’Alessandro

Entre los libros que no se vuelen a reeditar y uno tiene muchas ganas de volver a leer está “El hombre cuestionado” de Eugene Ionesco.

Mientras no lo publican me entretengo recordando pasajes. Sobre todo aquel capítulo tan impactante titulado “Algunos hechos extraños que me han sucedido” y que arranca con la frase: “El primero, nacer”.

Pero luego sigue con una retahíla impresionante de hechos, de los cuales recuerdo los siguientes.

Ionesco, como todos saben, era rumano de nacimiento y emigró y triunfó en Francia y en lengua francesa. Su éxito fundamental es el estreno de “La cantante calva” de la cual dicho se de paso ví en París la función diez mil no se cuántos, dado que lleva sesenta años representándose en la misma sala de manera continuada.

Pues bien, Ionesco, antes de vivir en París vivía en Bucarest y como todo rumano tenía una novia, con la cual se casó y vivió feliz. Pues resulta que en un parque principal que hay en Bucarest había dos gigantescos álamos y cuando él era adolescente y paseaba allí con su novia, al ir a pasar delante de aquel par de álamos centenarios, oyeron un ruido estremecedor que los dejó de una pieza. Se quedaron quietos y vieron cómo, delante de sus narices se derrumbaba uno de los dos álamos.

Pasan cincuenta años y vuelven de visita a Rumania con un permiso especial del gobierno comunista. Pasean por los sitios de antaño, incluso por la zona y el camino de los álamos. Cuando van a pasar delante del álamo solitario que allí quedaba, recuerdan la anécdota, ríen y pasan. Cuando han pasado oyen otra vez el conocido ruido. Se giran y ven cómo el álamo cae al suelo con gran estrépito.

Cincuenta años. Ionesco comenta: un segundo antes y un segundo después.

Durante esa misma visita a Rumania, dice Ionesco que se alojaron en un hotel de un pequeño pueblo. Un día, su mujer estaba haciendo la siesta y él salió al balcón para no molestarla. Ella se despertó y le pidió por favor que entrara. Él pone un pie dentro de la habitación y el balcón se desploma.

Un segundo después.

Recuerda asimismo que una ocasión cuando era niño estaba jugando en la sala de su casa y de pronto, sin que mediara acción alguna de parte de nadie, un jarrón o un cuchillo para el pan, (no recuerdo con exactitud el objeto) regalo de su abuela materna, que se encontraba en medio de la mesa estalla en multitud de pequeños trozos. La madre de Ionesco, que se encontraba allí haciendo labor de ganchillo o algo así, se lleva las manos a la cara y exclama: “¡Algo le ha sucedido a mamá!”

A continuación suena el teléfono y comunican que la abuela de Ionesco ha muerto.

Una vez, Ionesco se despierta y ha tenido una pesadilla. Soñaba que su madre se incendiaba y que él buscaba en vano por todos lados un balde con agua para apagarla y no lo encontraba, de resultas de lo cual la madre moría incinerada. Una vez muerta, Ionesco, en la pesadilla, se daba cuenta de que allí a su lado había un cubo lleno de agua al alcance de su mano y no lo había visto. Ese día, por la tarde, le comunican a Ionesco que su madre tiene unas intensas fiebres. Es domingo y es un país comunista. No aparece un médico por ningún sitio. Buscan y buscan, en localizaciones cercanas, en todas partes, nada. La madre muere. Luego de su muerte, todos en la familia cobran conciencia de su torpeza, pues enfrente a unos pocos metros vivía un medico y estaba en casa, y nadie se había acordado de él.

Para terminar, durante la guerra mundial, cuando los aliados intentaban avanzar hacia París desde el Mediterráneo, Ionesco se encontraba en Marsella. Las ofensivas de los yanquis desde el puerto y las contraofensivas de los nazis desde el norte de la ciudad se sucedían durante las veinticuatro horas. Por la noche había que sellar ventanas o directamente no encender luces para evitar balas perdidas o balas intencionadas desde el puerto de parte de los yanquis, en el lado que vivía Ionesco y su mujer y del campo contrario en la parte trasera del edificio.

Una noche Ionesco está charlando con otro escritor exiliado rumano en la sala de estar, preside dicha sala el retrato del poeta Paul Goma, el compatriota más admirado de todos ellos. La mujer de Ionesco los llama a cenar desde la cocina. Ellos charlando se dirigen hacia allí. Nada más atravesar el umbral de la cocina se puede oír cómo la metralla destroza los ventanales y un sinfín de objetos de la sala de estar.

Cuando logran recomponerse y comienzan a ordenar las cosas, ven cómo el retrato del poeta Paul Goma yace en el suelo, el vidrio destrozado y el rostro del poeta con un balazo en la sien derecha. Eran las cinco de la mañana, la misma hora a la que el poeta Paul Goma en París se suicidaba descerrajándose un balazo en la misma sien derecha de su retrato.

Hasta mañana.

Etiquetas: : , , , ,



París. Héctor D’Alessandro




miércoles 18 de junio de 2008

Historia de un Fayand. Héctor D’Alessandro

Historia de un Fayand. Héctor D’Alessandro

A fines de la década del cuarenta una muchachita pelirroja algo despistada y totalmente ignorante de su futuro, caminaba por la Ciudad Vieja. Estaba a punto de casarse y recorría tiendas en busca de objetos hermosos para decorar su nidito de amor.

En un comercio de antigüedades exhibían un Fayand; sólo uno. Estos objetos de porcelana o biscuit eran una pareja de seráficos pastorcillos; una chica y un chico. En aquel local tenían solamente al integrante masculino de la artística pareja. Un pastorcillo decidido, avanzando entre la maleza, un árbol a sus espaldas. Árbol que constituía la base del florero que realmente era esta obra de arte decorativa.

El pastorcillo de aquel Fayand me observó con su equívoca mirada algo hermafrodita durante toda la niñez, pues la bonita y despistada pelirroja de aquella mañana perdida era mi madre.

Durante toda mi vida escuché que aquella estatua florero "tenía historia". No sólo la acumulaba en su materia por sus antiguos poseedores sino las circunstancias que confluían en su presencia en mi hogar.

Parece que la misma mañana distante en que mi madre entró, agitada y feliz, en aquella tienda de anticuarios decidida a comprar aquel primor de porcelana, había estado, previamente, a preguntar el precio del objeto, otro señor casadero que cometió el error de no pagar una seña.

Aquel hombre, que era obstinado y agresivo, sintió durante toda su vida que había perdido la oportunidad de algo muy importante. Sintió que había dejado pasar una circunstancia significativa del burlón destino, y que no había dado la talla. Él también se iba a casar y quería aquel preciado objeto para su mujer, para su hogar, para sí mismo.

Aquel hombre trabajaba muy cerca de allí y había visto aquel jarrón–estatua–florero durante meses y siempre se había hecho la secreta promesa de adquirirlo. Nunca pudo imaginar que la mañana en que, intrépido, osó atravesar la puerta de cristal esmerilado e hizo sonar la campanilla del llamador, iba a ser justamente la mañana en la cual, aquel objeto sería comprado, unos momentos antes por una chica casadera que pasaba ante aquella vitrina por primera vez en su vida. Y que esta chica era su hermana menor; mi madre.

Mi tío nunca terminó de convencerse de los reales derechos de adquisición que mi madre –su hermana– tenía sobre aquel objeto. Obstinado, agresivo y supersticioso como era, creyó tener una suerte de derecho sobrenatural sobre la estatua del pastorcillo.

Desde aquella época lejana en que todo esto comenzó, siempre, en cada ocasión en que los hermanos se reunían, más tarde o más temprano terminaban por traer a colación el tema del famoso jarrón. Mi madre no deseaba ni tan siquiera iniciar la contienda; mi tío, en cambio, parecía intentar convencerla de que aquel objeto deseado y precioso, le pertenecía a él.

La polémica se zanjaba siempre del mismo modo.

Mi madre que decía: "Te lo dejaré en herencia".

Mi tío que contestaba: "Yo moriré antes que tú".

Ella que cerraba, diciendo: "Es igual, quedará para tus hijos".

Este diálogo repetido siempre igual se ve que se les grabó en la memoria a mis primos, pues con respecto al asunto del Fayand, se volvieron bastante rapaces. Siempre estuvieron en muy buenas relaciones con mi madre, la colmaban de obsequios en cada cumpleaños y cuando venían a visitarnos le echaban miraditas melancólicas y suspirantes al pastorcillo y siempre buscaban el modo de recordarle a mi madre aquel compromiso que, según ellos, de modo implícito había adquirido y que, al parecer, era inamovible.

Una de mis primas (también era mi madrina) a mí me daba la impresión de que se comportaba esmeradamente a propósito; con la intención oculta de acumular más mérito a la hora de la muerte de mi madre. A mí, todo aquello me hacía sentir incómodo, encontraba un regusto a insania. Parecía como si el objeto aquel tuviera un valor simbólico muy importante, como si fuera la sustancia emergente de algo oculto y malsano que no podía ser mencionado. Con el tiempo llegué a sentir que mi prima–madrina me repudiaba; como si yo le hubiera hecho algo muy malo. Esto lo percibía en el hecho de que cada año cuando me traía los regalos de cumpleaños, a pesar de entregármelos envueltos en un mar de besos, caricias y abrazos, me hacía sentir de alguna manera, con algún comentario o gesto imperceptible, como un deudor suyo. Como si yo le debiera algo.

Este hecho tan intangible lo comprobé un año en que me regaló un hermoso reloj. Yo ya tenía otro; ella debía de saberlo, era uno de inferior calidad pero que me lo había comprado yo con mi sueldo. Yo era joven y para mí un reloj era un reloj y nada más que eso, pero también intuía ciertos movimientos subterráneos que se iniciaba con el mero obsequio de un aparato para medir el tiempo.

Pensé, quizás irracionalmente, pero con una certeza inalterable. "¿Qué tiempo quiere que mida? ¿El mío o el suyo? ¿Desea, acaso, que sepa que hay un tiempo marcado por algo así como el derecho de destino? ¿Me está indicando, acaso, que el tiempo de "devolución" del Fayand se acerca?"

No lo dudé, regalé el reloj a una chica con la que salía en aquella época. Mi madre lo percibió y, como si ella se aliara secretamente a aquel misterioso designio, corrió a decírselo a su sobrina, mi prima y madrina que me veía como un obstáculo y que, al parecer, se creía legítima heredera del derecho sobrenatural de su padre sobre aquel jarrón.

Desde aquel día, mi prima no me habló más y, a la vejez de mi madre, se convirtió, por iniciativa propia, en su fiel báculo y compañera de todas sus horas.

*****

Cerca de mi casa, en el barrio en que nací, había otra tienda de antigüedades donde mi madre solía comprar diferentes objetos. La llevaba una señora llamada Tita muy simpática que había adoptado, para criarlo, a un niño moreno. Era la señora Tita quien le había explicado a mi madre el valor de aquel Fayand y lo había tasado en un muy alto precio, aclarando que si se consiguiera la pareja femenina del pastorcillo, el valor conjunto se multiplicaba por cuatro.

Yo escuchaba y consignaba los datos en mi memoria. De algún modo había tomado la inconsciente decisión de acabar con la maldita historia de agitación en torno a aquel objeto adorado.

Pasaron los años y me marché de casa, no sin resquemores y recelos. Había, entre mi madre y yo una historia insana que no llegaba a su resolución.

Un día estaba ante el ventanal de mi casa en la playa, dibujando y sonó el teléfono. Una aprensión, un temor, me sobresaltaron. Algo había sucedido con mi madre.

Así era. Estaba agonizando en el hospital.

Mi prima, que no había vuelto a hablarme, me telefoneaba, amabilísima, para comunicármelo.

La amabilidad de la última hora.

No lo pensé. Me monté en la moto con una inmensa mochila y fui directo a casa de mi madre. Como guiado por un designio fui a por el Fayand; yo también participaba en aquel juego preternatural.

Recorrí la casa de mi madre como con nostalgia pero con una gran lucidez. Revisé sus cartas, sus libros, sus bolsos, su ropa. Quise sentir el olor del perfume de sus ropas en los armarios.

Cuando sentí que me había despedido de todo, guardé el Fayand en mi mochila y me fui a ver a la señora Tita. Repentinamente supersticioso le dije: "no me gustaría que lo comprara nadie de mi familia; si puede no exponerlo en la vitrina le agradecería". Ella me contestó: "Esto ya lo tengo vendido; no necesito exhibirlo. Tengo clientes a los que alcanza con decirles "tengo un Fayand" y vendrán enseguida a comprarlo. Todo se hará en secreto; no te preocupes".

"Gracias", dije y, acariciando por última vez la fría materia de la estatuilla–florero, me despedí con gran alivio, como quien se quita un gran peso de encima.

Antes de salir, la amable señora Tita, me dijo: "Si sabes algún día quien puede tener la pareja femenina de este Fayand, te ruego que me lo hagas saber".

"Sí", le dije, "No se preocupe. Se lo haré saber". Y pensé "qué misterio, qué familia y qué destinos se habrán cruzado en torno a la pastorcilla por la cual parecía dibujarse como una nostalgia en la mirada del Fayand de nuestra familia".

"No se preocupe", agregué. "Si lo supiera se lo haría saber de inmediato. Ya me gustaría saber dónde está la pareja de este pastor."

Pero no lo sabía, como tampoco sabía quien sería el nuevo dueño de nuestro Fayand y, por supuesto, desconocía si esta historia terminaba aquí.

Etiquetas: , , ,


martes 17 de junio de 2008

Todos los hombres de la guerra. Héctor D’Alessandro

Todos los hombres de la guerra. Héctor D’Alessandro

Recorre el suntuoso palacio arriba y abajo Héctor, caro a Zeus, en busca de Alejandro. ¿Qué estará haciendo en esta hora trágica este desgraciado?

Al fin lo encuentra, Alejandro está acicalando sus armas y sus escudos y su loriga. Helena está entregada a labores cosméticas en compañía de sus esclavas.

¡Desgraciado! le dice y agrega que no es justo que otros mueran por él mientras está aquí sin ir al frente.

Alejandro se justifica y manifiesta su deseo de volver al combate rápidamente. ¡Mira que casualidad, justo es lo que ahora mismo estaba pensando!

Aclara, sin embargo, no estaba aquí por encontrarse airado o resentido con los troyanos.

No, más lo está porque deseaba entregarse el dolor.

Sí, el guerrero troyano tiene en su protocolo de tal un momento para entregarlo y entregarse en brazos del dolor. La guerra como terapéutica.


: , , , ,



lunes 16 de junio de 2008

Obediente a la noche. Héctor D’Alessandro

Obediente a la noche. Héctor D’Alessandro


Lee uno la Ilíada, libro asoleado, y pasa calor, aguza la mirada como si el sol le hiriera los ojos. En la Ilíada parece que siempre fuese de día, que el calor secara prontamente la sangre de las heridas y que el polvo que se levanta a raíz de la lucha impide la ejecución de los movimientos militares.

No es del todo cierto, en la noche, ya se verá, suceden hechos interesantes, pero el día tanto como la noche tiene sus leyes.

Lucha Héctor, al fin, con Ayax, y en determinado momento, tal y como compete a un hombre cabalmente formado, alaba las virtudes de su enemigo, hace de ellas un panegírico y le invita, con sorprendente espíritu deportivo a abandonar la lucha hasta el alba siguiente.

La noche comienza ya, dice Héctor, será bueno obedecerla.

Ofrenda regalos a Ayax, magníficos regalos.

Le invita a reflexionar en torno a cierto pensamiento. El ejemplo que darán.

“Combatieron con encono, se separaron unidos por la amistad”.

Que la noche descienda sobre nuestro espíritu.

: , , , ,


domingo 15 de junio de 2008

Testigos. Héctor D’Alessandro

Testigos. Héctor D’Alessandro

Para que nada sea en vano, se inflan las palabras, para que estas caigan como cascadas, como piedras, como rocas rodantes por la montaña, despeñándose con estruendo.

Para que nada sea en vano, el rugir de la batalla expresa lamentos de moribundos y gritos jactanciosos de matadores.

Y de la tierra mana sangre.

De la tierra mana sangre para que la vea, la guste, la oiga aullar el testigo.

El pastor de cabras a la puerta de su choza tranquila. El señor que por allí pasaba. Todo lo hace Homero con arte, con sorprendente habilidad, con viveza y con intuición. No escribe para el órgano del templo ni para los grandes corifeos.

Su verso va a dar como un cauce breve que se hace hilo de agua rica al oído de un pastor, un pastor perdido en la montaña que oye desde lejos el rugiente clamor de la batalla.

Todo se hace por un pastor.

La poesía toda. La pasión. La luz de la tarde, el verdor y la sangre se harán por un pastor.

De nada vale, para nada sirve el rugiente clamor y la gritería despeñándose por los barrancos como un eco inmenso de la carnicería infinita si no lo escucha alguien, alguien como tu, alguien que pasa por allí, el pastor, el señor ese que anda por ahí.


: , , , ,

sábado 14 de junio de 2008

Encuentros. Héctor D’Alessandro

Encuentros. Héctor D’Alessandro

Se encuentran en medio de la batalla Glauco y Diómedes. No nos priven los dioses de tal despliegue de sociabilidad. “Yo a ti te conozco de algo.” “Tu dirás.” Empieza tu; no, comienza tu. Que porqué me preguntas por mis antepasados, que si guerreas o estudias. Total, para qué le voy a explicar al erudito lector la que se nos viene encima, si ya lo sabe. Diomedes sale con aquello de que en el mareo inconmensurable de la batalla, no le gustaría herir a algún guerrero y a raíz de ello acabar enemistado con los dioses. (Aquello de los buenos contactos en las altas esferas.) Pero no se priva de aclararle que, como no sea un inmortal, que vaya pasando nomás que le va a abreviar su perdición, y otras lindezas de este tipo.

Glauco no se queda atrás, que porqué me interrogas acerca de mi abolengo que justamente es aquello a lo que menos importancia le otorgo en esta vida y que no hay diferencia alguna entre las generaciones de hombres y las de hojas de los árboles. Para salir luego, –las raíces del árbol genealógico tiran– con aquello de que si insistes, te voy a explicar quién soy y de quién procedo. Y pasa a hacerle una reseña detallada de todos sus antepasados, poniendo especial énfasis en la de muertes que le han infligido a otros. Que si mi abuelo mató a la Quimera, que si mi padre es mas fuerte que el tuyo, que una vez viniendo para la casa y sin otra cosa que hacer, sólo por entretenerse, mató a tal y a cual, y así por un rato.

Tanto, que a uno le da por pensar: en cuanto termine de jactarse de su linaje matador, el tal Diomedes le va dar una somanta de palos que lo va a dejar para el arrastre.

Pues no.

Cuando termina, y puede que aquí esté, como dijo un amigo mío, “lo bonito”, Diomedes entierra la lanza en el suelo y le viene a decir más o menos algo así como que “ya sabía yo que te conocía de algún sitio. Tu comiste en mi casa una ocasión en que el divino Eneo hospedó en su palacio al eximio Belerofonte y tal y tal....”

Para qué los voy a cansar con la retahíla de frases que se dicen en circunstancias parecidas, sobre todo si quienes las dicen son hombres poderosos.

El caso es que hicieron un arreglito entre ellos, en honor a su pasado amistoso, que Homero lo cuenta sin que quede claro si el arreglo es público o privado. Se estrechan las manos y acuerdan no embestirse entre ellos durante la refriega.

Como para justificarlo, uno le dice al otro “con la de troyanos que aún me quedan por liquidar y con la de aqueos que todavía puedes matar” no nos vamos a andar perjudicando entre nosotros y privarnos de tamaña diversión.

En fin, como dijo otro poeta épico: “entre bueyes no hay cornadas”.

: , , , ,


viernes 13 de junio de 2008

La historia de mi cara. Héctor D’Alessandro


La historia de mi cara. Héctor D’Alessandro

La historia de mi cara es la historia de tu cara. La historia de dolor husmeado, percibido a través de los velos de la dermis. El dolor que nos une; que nos ha unido. Yo reconocí en tu rostro una pena antigua, sólidamente sedimentada, una labor tenaz de los años. Yo pensaba que era tu pena; quería creer que era tuya y de nadie más. Única y por siempre tuya; no de los otros. Jamás mía. Mi cara no quería esa tristeza para sí; se había independizado de mi persona y la arrastraba tras de sí como unos caballos a un carro. Unos caballos con anteojeras para no ver, para no sentir, para siempre tirar hacia delante, para embestir. Para triunfar, ella sola, a pesar de mí. Mi cara dio un día un paso al frente y se independizó de mí; rompió las relaciones, de todo tipo, que mantenía aún con mis batallones y mis momentos seráficos. Me declaró la guerra soterrada para siempre y practicó una táctica de tierra arrasada para disolver sus rostros y despistar a los posibles seguidores que le enviara. Pero como todo esto lo hizo en medio de una pesadilla atroz, permanecí sin enterarme. Convencido de que el dolor agudo procedía de aquellas funestas imágenes oníricas, me distraje y claudiqué de todo empeño de reconquista. El mundo entero se me volvió ajeno pero transité confiado entre sus cuatro fronteras; casi seguro, creyéndome casi seguro.

Entonces mi cara comenzó a obtener éxitos significativos. Otros rostros le miraban con amabilidad, con cordialidad, simpatía e, incluso, admiración. Este momento fue decisivo. A partir de allí, mi rostro se alejó de toda tristeza; lo cual generó en mí una sensación de alivio desmesurado. Estaba a salvo de todo vulgar sufrimiento.

El mundo decaía en medio de agudas penas y mi cara transitaba por en medio, exultante, casi como un ejemplo, queriendo decir a todos que la pena era inútil. Y yo recibí un mensaje similar, vago y lejano, acerca de la insensatez del dolor; mensaje al que me aferré como a un clavo ardiente. Yo sabía que aquello era una verdad, una parte de la verdad, no quería abandonarla, no quería que me abandonara.

Me repetía constantemente que aquel sentimiento no me abandonaría jamás; pero no sabía cómo se amarra un sentimiento. ¿Alguien sabe de qué modo sutil llega a amarrarse un sentimiento hasta que éste se hace sustancia de nuestra propia persona?

Mientras yo luchaba con estos pensamientos, mi rostro se desenvolvía en el mundo y tenía, incluso, sus propios sentires separados de mí.

Un día se enfadó. Se puso hecha una furia porque no fue valorada en la medida en que ella misma creía en su valor.

Al volver a casa me hizo toda una serie de recriminaciones. Me amonestaba endureciéndose a su antojo sin que yo pudiera controlarla y esto me provocaba una inmensa pena que yo mismo no tenía tiempo de llegar a sentir, porque apenas comenzaba a tomarle un poco el gustito y ya ella me arrancaba como un gigoló violento y me llevaba a rastras hasta una silla frente a un espejo y se hundía furiosa en su propia contemplación especular, su boca se abría enorme y terrible y soltaba unos irrepetibles sonidos y palabras aberrantes. Tanto rato se mantuvo en esta actitud férrea que llegué a tomarla muy en serio; a punto tal que ella y yo éramos solo una y la misma persona vociferante y horrible, en medio de la soledad nocturna.

Al día siguiente estábamos exhaustas, mi persona y mi cara. Despertamos juntas, como de una borrachera, aún la resaca nos impedía ver algo mínimamente claro, cuando ya ella se levantó, rauda y agitada, corriendo a verse al espejo, a contemplar los estragos a los que nos sometió por la noche cuando se había sentido tan herida en su orgullo por algo que yo vagamente recordaba.

Ese día, al salir a la calle y encontrarnos con los conocidos yo ponía todo el empeño en encontrarme gentil pero ella se mostraba renuente y me hacía jugar un muy mal papel. A punto tal que aquel día quedé con el convencimiento absoluto de que todos pensaban y opinaban que yo era una mala persona, desagradecida, intolerante y antipática.

Mucho tiempo y de mil formas me rebelé a esta situación. Ella es muy astuta y cuando yo estaba por llegar al fondo de la cuestión, se las ingeniaba para distraerme con sus propias pasiones. Tan es así que yo terminaba amonestándome, diciéndome que tenía que cambiar como persona, que yo no podía seguir siendo de aquel modo ingrato.

En ese instante, ella sellaba su victoria cotidiana. Yo me echaba toda la culpa. Ella continuaba sus andanzas.

Cada día se volvió más exigente e intolerante; todo por los beneficios que ella me aportaba. Pero yo, aunque débilmente, me rebelaba contra esta explotación inmerecida. Me quejaba de diferentes maneras. No la sacaba a pasear. La recluía en casa sin espejos ni fotografías; ni siquiera me dignaba tocarla. Entonces se acaloraba y ardía por la furia enorme que le acometía, a la cual le respondía yo con un buen chorro de agua helada en el lavabo del cual también había quitado los espejos. La mojaba en repetidas ocasiones y la dejaba sin secar para que sufriera el castigo; entonces comenzaba a incordiarme con picores, escozores, cosquilleos y, finalmente, con estúpidos tics. En ese momento, lleno de rabia, la frotaba fuertemente con una toalla muy áspera que tenía. Me respondía con nuevos ardores; en el colmo de la paciencia la tocaba, la apretaba, la pellizcaba, casi la arañaba. Con esto parecía quedarse tranquila, relajada, dispuesta a dormir. Yo disfrutaba con mi victoria; pero no llegaba a disfrutar demasiado porque en ese instante ella, tomándose revancha, comenzaba a llorar. Lloraba y lloraba sin consuelo, de un modo que parecía interminable.

Al fin lograba cansarme; me dormía, desentendiéndome por completo de su suerte. Que hiciera lo que le diera la gana.

Al día siguiente me levantaba e iba corriendo en busca del aire de la calle, el sol matutino y el primer espejo en el cual contemplarla. Allí estaba, victoriosa una vez más, se había vuelto a salir con la suya. Lograba cansarme hasta la extenuación, con sus manías.

Esas mañanas luminosas lograba olvidar todos los dolores que habitualmente me ocasionaba y recordaba todos los agradables favores que me hace y los buenos momentos que me permitió compartir cuando era sólo ella quien tenía todo el mérito.

Eran esas las mañanas que la gente recordaba mi persona con matices amables, tolerantes, beatíficos, un pelín humanos. Esos eran, según las gentes, mis mejores momentos; justamente aquellos en que mi persona se había convertido en un rehén lleno de resignación.

En esas mañanas en que mi rostro salía victorioso aprendí muchas cosas, porque eran los momentos en que su férreo control de sí mismo y de mí, se aflojaba. Su triunfo le envanecía al punto de olvidarme y no temer una conspiración.

Tuve mucha suerte de ver tu cara; la historia de tu cara, en una mañana de aquellas en que ellas, despistadas de nosotros se encontraron, yo vi en tu rostro el dolor antiguo como petrificado y te hubiera preguntado si aquellas mejillas acorazadas estaban hechas de ese modo para resistir los bofetones de algún mal amigo, de algún hermano o de tus propios padres, pero no me atreví ni a sugerirlo, mi cara se hubiera desencajado y desestabilizado por completo sólo de atisbar por un mínimo instante un poco de dolor. Ellas continuaban sonriendo rígidamente y hablando cosas que no escuchábamos, cuando vi la tensión de tu cara a la altura de la nariz, allí estaba el núcleo de su belleza y se endurecía a propósito para destacar por encima de ti, al sentir esto de un modo tan poderoso, se ve que mi cara algo sospechó, porque también se tensó su nariz, como enviándote un mensaje de empatía, pero de inmediato dijo algo y luego se despidió y se marchó poco menos que arrastrándome y su gesto era de furia.

De camino a casa, al pasar frente a un gran espejo se miró fijamente, tal como es su costumbre y luego echó una ojeada más abajo del cuello, con displicencia. Algo raro le sucedía. Nos fuimos a casa y se encerró furiosa. Esta vez fue ella quien me encerró a mí.

A la tarde comenzó a castigarme cruelmente con un horrible dolor de muelas, que se trasladó al oído y finalmente a toda la cabeza.

Me invadió la desesperación más absoluta pero decidí resistir el dolor y averiguar de que se quejaba la malagradecida.

A la noche me dormí, o mejor debería decir que caí en la más absoluta inconsciencia. El dolor se fue superando a sí mismo de tal manera que caí en el desmayo.

A la mañana siguiente sentía algo así como un rejuvenecimiento. El dolor en toda la cabeza había cedido de tal manera que había dado lugar a una relajación y una placidez maravillosas.

No lo dudé; de inmediato saqué a mi cara a pasear. La hice buscarte y que se comunicara con su amiga en el dolor y la alegría, tu propia cara.

Te buscamos toda la mañana y recién a la hora de comer fue que te encontramos en aquel restaurante en el que tu cara en medio de las nubes de personas, sillas y manteles, destacaba y resplandecía contra el sol que entraba por la ventana.

Cuando nos acercamos a ti, hubo un momento, sólo uno, en que ella y yo fuimos una sola cosa, un pequeño momento de unificación. Eso nos dio alegría. Pero fue muy fugaz; de inmediato ella volvió a sus viejos hábitos adquiridos, a sus manías y paranoias. Hubo un momento, incluso, en que se puso horriblemente furiosa porque sintió un embate de vergüenza incontenible.

Al volver a casa sabía que me lo haría pasar mal, muy mal, que se tomaría venganza. Nada más cerrar la puerta me dio un pinchazo horriblemente doloroso en un oído, algo peor que una trompada, y, acto seguido, me arrastró a golpes hasta la cama, donde me tumbó con un temblor en el entrecejo, el poderosísimo dolor de muelas y una aguda puñalada de dolor en el oído. Una vez más me dejó inconsciente.

Así se sucedía, día tras día, una lucha emponzoñada. Yo la obligaba a verte, a que fueras su espejo y su aprendizaje y ella se vengaba en mí porque se resistía a un enfrentamiento tan duro. Así estuvimos mucho tiempo, recuerdo el primer beso con algo de cariño que llegó a dar y que le trajo unas reminiscencias tan intolerables que casi me mata. Recuerdo la mañana en que sintió un ruido que yo también escuché, como si un edificio se viniera abajo, como piedras rotas a martillazos, pudimos oír juntas el sonido del cuello, crujiendo, como quejándose, como protestando, como tirando una gran losa al suelo y, acto seguido, ambos sentimos un alivio duradero, el mismo que nos arrancó de casa y nos hizo aspirar el leve aire de la mañana, fresco y vital como nunca, el mismo alivio que nos arrastró ligero y suave hasta el lugar donde te encontrabas, con la cara levemente apoyada contra el luminoso ventanal del sitio donde comíamos, nos comunicábamos, nos amábamos y revelábamos cosas íntimas, secas, muy guardadas que se amalgamaban formando el cemento que solidificaba nuestras vidas como momificándolas y cuando tu cara nos vio entrar comprendió que algo había sucedido y sé que por un momento ella también fue una sola contigo y comprendió que su historia era la historia de mi cara, que es la historia de muchas caras que andan por ahí.

: , ,




jueves 12 de junio de 2008

El momento supremo. Héctor D’Alessandro

El momento supremo. Héctor D’Alessandro

Narra Homero la batalla y la muerte en la batalla con tonos rudos que a veces le hacen pensar a uno qué distante está de tanta brutalidad. Ni tanto ni tan poco. Ni tan lejos estamos, ni tan brutal es Homero; hay en sus cantos, a veces, como un ave tenue que pasa, que bendice con el toque de su melancólica ala un escenario descarnado y crudo.

Axilo Teutránida, muere en el combate a manos del valiente Diomedes.

Homero puede detenerse en los detalles anatómicos de su muerte, en el tamaño de la espada que le atraviesa, en el curso o dirección que esta sigue dentro de su biología, opta en cambio por volver la atención a su casa, a su familia, a su lar, donde Axilo poseía importantes bienes y se encontraba guarnecido de ricos objetos materiales y una enorme prosperidad. Dice, tocando la cuerda sensible de cualquier buen hijo de vecino, griego o troyano, que su casa estaba cerca de un camino, que allí recibía multitud de hombres a quienes brindaba su hospitalidad.

Con casa a la vera del camino o sin ella, Diomedes le da muerte; no sólo a él sino a su escudero. A Calesio, que cuidaba, qué detalle, sus caballos.

Llega la lúgubre muerte. Homero, que sabe más por poeta que por viejo, induce a preguntarse:

¿Dónde están todos aquellos que disfrutaban de su hospitalidad?

Ninguno de ellos vino entonces a librarle de la lúgubre muerte, responde, tañendo una cuerda que resuena con sentida profundidad.

Seguirá resonando en el instrumento de muchos poetas, en el fraseo de muchos prosistas escondidos en los siglos. Continuará haciéndolo.

¿Dónde están aquellos que compartieron nuestra mesa, en ese momento crucial?

Ninguno vino. Ninguno. Ninguno vendrá. Ninguno. Nadie te librará en el momento supremo. Nadie.

: , , , ,


miércoles 11 de junio de 2008

A la deriva. Horacio Quiroga. Comentario e ideas. Héctor D'Alessandro

A la deriva, Horacio Quiroga. Comentarios e ideas. Héctor D'Alessandro


(Reflexiones sueltas acerca de una obra maestra de poco mas de tres folios.El relato puede ser leído en este mismo blog.)

Trama del cuento: Un hombre pisa una serpiente y esta lo muerde. El busca la manera de vivir pero muere. Se narra su lucha por sobrevivir y su agonía en medio de una naturaleza descomunal.

Estructuralmente, posee tres momentos bien definidos. Primero, secuencia de escenas desde el momento en que la serpiente pica al protagonista hasta que vuelve a embarcarse en la canoa y se lanza nuevamente al río, ahora sí, “a la deriva”. Segundo momento, pausa elíptica en la que se describe el río. Tercer momento, retorno a la escenificación, ahora focalizado el narrador en la conciencia agonizante del protagonista.

¿Qué sensación transmite el cuento? Aparte la inmediatez con que se suceden los hechos externos: picadura, reacción al ser atacado, sus intentos y diferentes desplazamientos externos para buscar ayuda, hay un nivel interno que se va filtrando en el cuento de a poco y es una serie de sentimientos, rebeldía ante la muerte, reacción y búsqueda con la que empatizamos, pero luego empieza a predominar una suave tristeza lúgubre y una aceptación involuntaria o inconsciente. Los hechos externos, las acciones físicas, están narradas en pretérito perfecto y la lenta agonía que comienza apoderándose de su pierna y acaba dueña de toda su conciencia, predominantemente en pretérito imperfecto, aunque se utilizan otros modos. El hombre muere pero no sabe que muere; cree que está sanando. El paisaje inmenso –que seguirá siendo inmenso sin él– se erige como un coro mineral que le acompaña en su viaje definitivo.

De la urgencia inicial todo va hacia un serenamiento final.

Está muriendo pero intenta que un hombre -el compadre Alves- cancele la antigua enemistad y le ayude.

Es su último intento voluntario.

El cambio de estado interno del hombre así como de la situación está dado por el cambio en el sujeto de una frase en concreto.

“El hombre tuvo valor aún para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva”.

El protagonismo pasa del hombre que tuvo valor para llegar hasta su canoa a la corriente que la coge y se la lleva velozmente a la deriva. Aquí, en este momento, se produce una de las claves significativas del relato. Tanto es así que es el único lugar donde se sitúa el propio título del relato. A la deriva.

Luego de este hábil pasamanos viene el núcleo icónico del cuento: la imagen central, que es asimismo y esto lo convierte en una obra maestra, una de las más conmovedoras descripciones de un río literario, su capacidad de fijarse en la retina del lector es pasmosa y la carga de significados que posee en el contexto de este relato es riquísima.

“El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

“El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo una violento escalofrío.”

A partir de este momento comienza la muerte inconsciente del hombre y Quiroga narra la muerte del hombre, alternando el discurso directo y el indirecto libres.

“El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas...”

El relato posterior muestra la deriva de su mente mientras muere.

Quedarán para la posteridad dos certificaciones adicionales. Los actuales profesionales de la agonía, serios estudiosos occidentales como Elizabeth Kübler Ross y milenarios conocedores como el maestro Sogyal Rympoché confirman que se muere de este modo y las etapas mentales -con independencia de las circunstancias concretas- se dan de la manera en que Quiroga las narra. El escritor a veces trabaja con símbolos que le sobrepasan, por ello cuando se escribe se está en otros mundo donde uno no diría que ha estado cuando vuelve a este lado tan lleno de luz y de coches en demasía.

Posdata. Una curiosidad del adolescente que fui. Cuando iba al colegio recuerdo que dos por tres algún compañero o compañera te hacía uno de esos llamados “test de personalidad”, en los cuales se te mencionaban una serie de imágenes que Jung llamaría arquetípicas y tu decías lo primero que te venía a la mente. Luego te explicaban cuales eran tus pensamientos inconscientes acerca de algunos elementos fundamentales de la vida. Recuerdo que los elementos eran cuatro pero tres de ellos están presentes en la descripción que Quiroga hace de la corriente del Paraná. El mar o el río que para nosotros en el Plata es lo mismo, el bosque y el muro. No diré a qué correspondía cada elemento.





Las que gobiernan el Olimpo. Héctor D’Alessandro

Las que gobiernan el Olimpo. Héctor D’Alessandro

El férreo (nunca mejor aplicado el término) Ares estaba inmerso en una orgía de mortal actividad, matando a diestro y siniestro, pero lo que no sabía era que Palas Atenea y Hera andaban conspirando en el Olimpo contra su actividad. Ya bastante tenía el viejo Zeus con llevar la égida como para que encima estas dos harpías estuvieran el día entero llenándole sus olímpicos oídos con intrigas.

–¡Dejadme! ¡Dejadme de una vez! ¿No veis, acaso, la faena que tengo con llevar la égida? ¡Qué ganas tenéis de tocarme las olímpicas pelotas!

Pero a ellas nada las detenía, para algo habían nacido con la capacidad de dormir menos que los hombres, mayor resistencia al dolor y una fuerza concentrada en el objetivo a largo plazo; súmenle a eso el aburrimiento infinito que implica la inmortalidad. La enorme perspectiva que da esta a largo plazo explica buena parte de la incesante crueldad y la brutal arbitrariedad de sus muchas decisiones.

Al fin, el viejo Zeus, que movía todos los hilos, cansado de las quejas de Hera, accede a darle un grato consejo. "Aguijonea a Atenea contra Ares; ella es quien tiene la capacidad de inferirle mayor dolor".

Hera no lo piensa; va para allá y cumple el consejo de Zeus.

Influida por Hera, Atenea ayuda a Diomedes en un enfrentamiento con el dios Ares.

Lo hiere de tal manera que este brama de un modo tan descomunal que todos los participantes en la guerra se detienen un momento en su actividad, atemorizados.

Herido se marcha, furibundo, al Olimpo, hace oir su queja ante el padre Zeus; como no es tonto y se da cuenta de las cosas, le recrimina porque no detiene a las diosas que conspiran contra él y le impiden su divertida actividad. Zeus le pega una reprimenda, no sin dejarle claro que lo aborrece como hijo por las negativas características que posee. Luego manda a Peón que lo cure con drogas calmantes.

Ares se sienta a la mesa con su padre ufano.

Está en calma.

Las chicas, al otear tanta tranquilidad, vuelven a la mansión olímpica.

Cuando quieras conquistar la voluntad del dueño de casa, busca a las chicas de esa casa.

: , , , ,



martes 10 de junio de 2008

Nombres y destinos. Héctor D’Alessandro

Nombres y destinos. Héctor D’Alessandro

Tideo era un héroe de esos que se enfrenta igual a cien contrincantes y los va despachando como si fueran mosquitos a castañazo limpio de uno en uno. Un hombre de temer. Tanto que los cadmeos, quienes, a falta de otra cosa que hacer, se especializaban en aguijonear caballos, calcularon que para vencer al tal Tideo necesitaban al menos cincuenta guerreros bien adiestrados. De ser posible, jóvenes. Y así fue que enviaron una comitiva de punición contra nuestro héroe feroz. Al mando iban Polifonte, intrépido, y Meón Hermónida, parecido a un inmortal, que no quiere decir que lo sea, pero para al caso es lo mismo, porque no se sabe bien qué asunto se traían entre mano los dioses que le dijeron a Tideo que podía hacer y disponer a voluntad con la vida y muerte de los otros cuarenta y nueve guerreros, pero que dejara vivo al que parecía un inmortal.

Supongo que cuando Meón ve que Tideo se aleja perdonándole la vida luego de armar una masacre sonada, no tuvo tiempo de pensar que los dioses tenían algo que ver con su suerte, mas bien creo que del susto, hizo honor a su nombre de pie, sin moverse, entre los brezos y matojos que por allí habría.

: , , , ,



Actividades menores. Héctor D’Alessandro

Actividades menores. Héctor D’Alessandro

Palas Atenea, diosa, tenía en esta guerra de Troya, entre otras aficiones, acompañar a los que quisieran recorrer el campo de batalla protegidos de las flechas y las jabalinas anhelosas de encontrarse carne a su paso. Ofrecía, a muy bajo precio, unos paseos por el campo de Marte adecuados para espíritus ávidos de adrenalina.

Aparte de eso, y como todos los dioses de la época, tenía sus protegidos y también sus preferidos y entre estos se encontraba Tectón Harmónida que se dedicaba a la fabricación de cosas con la manos, desde pequeñas banalidades de bricolage hasta grandes embarcaciones que a la vuelta de los años vinieron a traerle el dolor a casa, con la muerte de su hijo Fereclo, quien dicho se de paso, previo a ser envuelto por la muerte fue alcanzado por la pica en la ijada derecha que le pasó en movimiento de atrás hacia adelante por debajo de la vejiga, con salida en orificio delantero que le ocasionó una caída no muy honrosa de hinojos.

: , , , ,

¡Pobre céfiro, oh, pobre céfiro! Héctor D’Alessandro

¡Pobre céfiro, oh, pobre céfiro! Héctor D’Alessandro

El viento céfiro es el personaje más ajetreado de toda la Ilíada y nadie se lo agradece. Arriba y abajo a toda hora soplando sin parar. Trabajando por detrás de los grandes héroes sin descanso cambiando nubes y nubarrones, tramoyista incesante que sopla aquel decorado más a la izquierda, aquel otro más a la derecha y, pobre muchacho, nadie se lo agradece.
Es que este Homero, con eso de que no veía, tenía cada cosa.
: , , , ,

Homero, poeta total. Héctor D’Alessandro

Homero, poeta total. Héctor D’Alessandro

Sí, sí, piensa el delicado poeta moderno, criado con margarina y suaves bebidas descafeinadas, lo de que “las tinieblas lo cegaron” es un algodón verbal homérico para el respetable momento de la agonía; y queda muy bien al decirlo.
Pero luego continúa leyendo, ¡vaya! Y tropieza con que Antíloco le embutió la broncínea lanza a un guerrero enemigo más o menos a la altura de la frente y atravesándole el hueso (mientras las tinieblas le cubrían)lo hizo caer como a una torre, y la piel se le pone de gallina.
Claro.
Luego sigue con aquello de que Agenor hiere a otro en el lado y le deja sin vigor los miembros y el delicado poeta siente que la sangre se le va del cuerpo y piensa que este Homero era algo bestia. Pero continúa, para enterarse de que Ayax mata a un joven guerrero (que aún no le había pagado y ya no pagaría la crianza a sus padres) y le ensarta una lanza por la tetilla derecha sacándosela por la espalda.
Entonces, el poeta se dice que tiene que llegar a un pensamiento que represente a una suerte de solución de compromiso entre el delicado decir primero del poeta ciego y estas escenas tan duras y el caso es que se le ocurre pensar que Homero era humano, muy humano y que, como si fuera una cantante moderna autónoma, tanto te componía una balada que te freía un huevo, y de ahí aquello de que en la feria de la guerra unos mueren con poesía y otros con rudeza y ambos forman parte de la misma cosa.

, , , , ,






Error de reyes. Héctor D’Alessandro

Error de reyes. Héctor D’Alessandro

Agamenon era rey y los reyes, ya se sabe, se encienden rápido y le chillan a todas las personas que parecen llevarles la contraria o que, al menos, no se rinden a hacer de inmediato lo que sus regias voluntades requieren. Los reyes poseen una inteligencia adecuada a las normas y protocolos de aquellos que mandan. Así lo transmite Homero en el canto IV de la Ilíada, mete al rey Agamenon en un fregado, lo pone a reñir a gritos e increpar con fuertes palabras a los cefalonios.

Los acusa de remisos a la hora de lanzarse, prestos, al combate. Los acusa de no andarse con vueltas a la hora de zamparse los manjares cuando en tiempos de paz él, Agamenon, rey de hombres, los invitaba y señala su actual cobardía, que ve pasar derechas hacia la muerte a diez columnas aqueas.

¡Ah! ¡Qué equivocado el rey Agamenon! ¡Qué banal la solución a su error!

Los cefalonios se miran unos a otros, asombrados, ante aquellas aladas palabras.

Homero está muy cerca de nosotros, es humano como pocos. No son cobardes los cefaleos, no son remisos a la lucha, no traicionan a Agamenon furibundo.

No. Todo es más sencillo.

Entre tanto alboroto de tantas escuadras guerreras hablando a gritos todas a la vez, simplemente no oyeron la llamada al combate. Lo dice Homero.

: , , , , ,



viernes 6 de junio de 2008

Yo tuve un sueño. Héctor D'Alessandro

Yo tuve un sueño. Héctor D'Alessandro
Tuve un sueño. En ese sueño yo formaba parte de un equipo de forenses de las palabras y nos encontrábamos reunidos en torno a una frase. Nos mirábamos unos a otros con enorme curiosidad. Hacíamos las bromas habituales en tal circunstancia, alguno que otro se cubría con pudor la nariz y alguien, rompiendo el juego anodino de la entrada en tema, soltó el clásico: “Bien, ¿Alguien quiere empezar la ronda de ideas? ¿Cuál es la primera hipótesis acerca de cómo vino a quedar así esta frase?”

La insolación. Horacio Quiroga.

La insolación. Horacio Quiroga.


El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte. Éste cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el Oeste el campo se ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.

Milk, el padre del cachorro, cruzó a la vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecían inmóviles, pues aún no había moscas.

Old, que miraba hacía rato a la vera del monte, observó:

-La mañana es fresca.

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído. Después de un rato dijo:

-En aquel árbol hay dos halcones.

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba y continuaron mirando por costumbre las cosas.

Entretanto, el Oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y al hacerlo sintió un leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el dedo enfermo.

-No podía caminar -exclamó en conclusión.

Old no comprendió a qué se refería. Milk agregó:

-Hay muchos piques.

Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de largo rato:

-Hay muchos piques.

Uno y otro callaron de nuevo, convencidos.

El sol salió, y en el primer baño de su luz, las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo. Poco a poco la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba ver los dientes, e Isondú, de nombre indígena. Los cinco foxterriers, tendidos y beatos de bienestar, durmieron.

Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos -el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet-, habían sentido los pasos de su dueño, que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky, más prolongada que las habituales.

Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Alejáronse con lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél por la sombra de los corredores.

El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes: seco, límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el cielo en fusión, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Míster Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.

Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo un algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada.

Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban a cada rato de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras, para respirar mejor.

Reverberaba ahora adelante de ellos un pequeño páramo de greda que ni siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a Míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se puso en pie meneando el rabo. Los otros levantáronse también, pero erizados.

-Es el patrón -dijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos.

-No, no es él -replicó Dick.

Los cuatro perros estaban apiñados gruñendo sordamente, sin apartar los ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, fue a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:

-No es él, es la Muerte.

El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.

-¿Es el patrón muerto? -preguntó ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud temerosa. Pero míster Jones se desvanecía ya en el aire ondulante.

Al oír los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.

Los foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes.

-¿Y cómo saben que ése que vimos no era el patrón vivo? -preguntó.

-Porque no era él -le respondieron displicentes.

¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde.

Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche plateada los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro sólo podía ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos -bien alimentados y acariciados por el dueño que iban a perder-, continuaban llorando a lo alto su doméstica miseria.

A la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo, recomendándole cuidara del caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la cabeza al sol fundente de mediodía, e insistió en que no galopara ni un momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no habían dejado un segundo a su patrón, se quedaron en los corredores.

La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los foxterriers.

-No ha aparecido más -dijo Milk.

Old, al oír aparecido, levantó vivamente las orejas. Incitado por la evocación el cachorro se puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato calló, entregándose con sus compañeros a su defensiva cacería de moscas.

-No vino más -agregó Isondú.

-Había una lagartija bajo el raigón -recordó por primera vez Prince.

Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con la vista y saltó de golpe.

-¡Viene otra vez! -gritó.

Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la Muerte, que se acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que debía seguir. Al pasar frente al rancho dio unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se desvaneció progresivamente en la cruda luz.

Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora. Apenas libre y concluida su misión, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los latidos, tembló agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó a la chacra, todavía de sombrero y rebenque, al peón para no echarlo si continuaba oyendo sus jesuísticas disculpas.

Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, cuando oyeron a míster Jones que le gritaba pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.

Los perros salieron con él, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído y atento, veían alejarse a su patrón. Al fin el temor a la soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.

Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La tarea de cruzarlo, sería ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitrato.

Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca, que no permitía concluir la respiración.

Míster Jones adquirió el convencimiento de que había traspasado su límite de resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás, y la cabeza se le fue en un nuevo vértigo.

Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua afuera. A veces, asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se sentaban, precipitando su jadeo, para volver en seguida al tormento del sol. A1 fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.

Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón, y confrontó.

La Muerte, la Muerte! -aulló.

Los otros lo habían visto también, y ladraban erizados, y por un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos celestes, y marchó adelante.

-¡Que no camine ligero el patrón! -exclamó Prince.

-¡Va a tropezar con él! -aullaron todos.

En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo y el encuentro se produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.

Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue allá desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra, y en cuatro días liquidó todo, volviéndose en seguida al Sur. Los indios se repartieron los perros, que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las chacras ajenas.

, , , , ,

jueves 5 de junio de 2008

Emociones chinas. Sobre Jesús Ferrero. Paul Kaimán

Emociones chinas. Sobre Jesús Ferrero. Paul Kaimán.

Un día de 1984 llegó a mis manos un libro extraño, “Belver Yin”, de Jesús Ferrero. Lo leí inmediatamente. La edición, de Bruguera, Narradores de hoy, tenía una foto del autor con sombrero y decía que era natural de Zamora. Yo confiaba en aquel sello, había leído en él a Mishima y a Lowry por primera vez en mi vida. Pero la conmoción de leer aquella extraña y delicada novela cruel con el incesto como maravilloso leitmotiv me hizo pensar muchas cosas y algo que nunca olvidaré fue que pensé: “España ha cambiado, ha entrado de golpe en la modernidad. Ahora se puede ir a vivir allí y me dije que en algún momento de mi vida viviría en España”. Pensé también que, con el tiempo, aquella novela significaría una ruptura tan radical a nivel local como en su día lo significó la obra de Borges a nivel universal. Y no me equivoqué, diez años más tarde de la publicación de la novela una revista sacó un ejemplar monográfico. Decenas y decenas de páginas dedicadas a un libro, sólo a un libro, indican que claramente aquel tocó fibras profundas de la literatura y cumplió una función trascendente en la historia literaria.

Una novela ambientada en Macao me condujo a vivir en España; la literatura, aunque parezca que habla de una cosa, siempre está hablando de otras y los más conscientes, –como el extraordinario Jesús Ferrero– no sólo lo saben, sino que por suerte insisten.

Paul Kaimán.

: , , , , , ,

En la madrugada. Héctor D'Alessandro

En la madrugada. Héctor D'Alessandro
Los pensamientos que tengo cuando me levanto en la madrugada para ir al baño son los más importantes para mi. Son como mensajes que me envío a mi mismo cuando me encuentro despistado.En ese momento todo transcurre en otra dimensiòn más verdadera, desprovista de defensas naturales. Suele suceder más o menos siguiendo una secuencia repetitiva, me levanto poco a poco, urgido por la vejiga, me despego de las sabanas pero sobre todo del cuerpo de Marina, adormilada y sujeta a mi brazo entumecido.
Despacio y en la oscuridad busco las zapatillas para desplazarme hasta el baño, procuro no encender ninguna luz para no molestarla. Una vez que salgo del dormitorio sí, empiezo a encender todas las luces que encuentro a mi paso, sobre todo si los pensamientos que en esos instantes me asaltan son lo suficientemente alarmantes. Estoy en un momento de mi vida -llegando a los cincuenta- en que no pienso que pueda haber un ladrón dentro de la casa o que un conato de incendio se está desarrollando en la planta baja; de un modo directo como un puñetazo, suele llegar a la superficie de mi conciencia y golpea allí como una piedra en una charca, el pensamiento sencillo y horrible, injusto, triste y denso, de que me voy a morir. Así, sin mas.
Cuando esto sucede, lo rumio mientras meo con el aparato en la mano y observo la larga meada que va golpeando contra la superficie del agua en la taza de water. No me hace sentir poderoso el golpe del chorro dorado, al contrario, lo utilizo para aturdirme mientras el sofocón del pensamiento reciente se va apaciguando.
Luego voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua; suele llevarse consigo este tipo de preocupaciones. Allí me siento y miro la pared blanca, los mosaicos, los imanes en la puerta de la nevera, pienso en mis hijas durmiendo en la habitación, en Marina inmersa en la película de sus sueños y aprieto el puño mientras bebo agua y pienso que es injusto que estos pensamientos me asalten y no pueda hacer nada para vencerlos.
Me como una mandarina.
Luego, voy al lavabo otra vez y me lavo los dientes y me enjuago, más por ocuparme en algo que como medida higiénica; para ver si todo esto pasa de una buena vez.
Por lo general, antes de volver a la cama, paso a ver a las niñas, las beso y les acaricio el cabello y les deseo que no sufran los martirios que yo padezco; luego, una vez en la cama, rodeo a Marina con mis brazos, gime en sueños, la beso en el cuello. Ella me golpea con cariño la mano sobre el dorso, como si adivinara mis pensamientos, y no es descabellado pensar que los conoce, y lo hace, el golpearme, como si me dijera "calma, tranquilo, ya pasará".
Y siempre pasa, por lo menos cuando se trata de pensamientos, pero lo que sucedió la otra noche no había sucedido nunca. Me desperté y tomé con gran energía una bocanada de aire; me levanté para ir al baño y no me podía quitar de encima cierto aroma. En el lavabo me lavé las manos y la cara, y no contento con esto me eché colonia para ahuyentar aquel olor. Volví a la cama y preocupado rodee a Marina y me apegué a ella. Fue entonces que me di cuenta sin remedio de la procedencia del aroma. La cabeza de Marina olía. Olía a humedad, a humedad antigua, a toalla mojada de días, a oxido de hierro y a maderas putrefactas en un cuarto de herramientas de jardín, a medicamento vencido, a suciedad antigua, a rancio, a una serie o colección de aromas que me alejaban del pensamiento horrible y necesario. Olía a putrefacción y muerte. Olía a vejez. La muerte había comenzado a trabajarla y yo lo sabía; recuerdo que pensé, sin que viniera a cuento, "morirá antes que yo". Y luego pensé: "siempre sucede igual, con mis padres sucedió así. Con mis amigos, con mi ex. Así sucederá una vez más". Y un casancio anticipado entró de pronto en mis huesos; vi toda la película pasar otra vez como si fuera un mecanismo conocido. Hospitales, tratamientos, empeoramiento, agonia y muerte. Y el dolor, siempre el dolor y el cansancio.Pero ahora, era diferente, antes yo podía pensar que eso le pasaba a los otros, ahora estaba implicado, ahora no podía evitar que aquella mala nueva de la vejez había comenzado también para mi.
Me costó volver a dormir y cuando, al día siguiente, me levanté, me sentí pesado y espeso y quizás también un poco sabio pero de una sabiduría penosa.
Si antes lo sospechaba, ahora lo sabía con certeza, la certeza más estúpida y postergada: voy a morir, aceptar esto me permitirá dormir tranquilo, mientras no lo haga ya sé lo que me espera: malhumor y resentimiento, rechazo y Marina preguntando qué te pasa, porqué te alejas de mi, y yo diré que no sucede nada, que no es verdad que me aleje, pero ya no querré despertarme por la madrugada; creo que beberé pocos líquidos antes de ir a dormir. Sí, eso es lo que haré y diré que el médico me lo ha dicho. Decir eso es la mejor manera de no hablar.

martes 3 de junio de 2008

La mano del novelista. Héctor D’Alessandro.

La mano del novelista. Héctor D’Alessandro.

La mano del novelista donde más se ve es en las fotos. Sostiene su cabeza, esa cabeza pensadora, preocupada por el destino humano o por las cifras de ventas, pero preocupada al fin. Siempre he reflexionado acerca de esa mano que sostiene a esa cabeza hipervalorada. Y me ha asombrado que pocos se hayan decidido a romper el rito de fotografiarse de esa manera tradicional. Pienso en unos pocos. García Márquez tumbado en aquel sofá con las manos encima de la cabeza, sonriendo con claros signos de disfrute. Recuerdo a José Donoso tumbado en una hamaca con un perro en las cercanías o encima suyo. Tomasi de Lampedusa acariciando campechanamente otro perro.
¿Por qué los escritores se sostienen la cabeza? Podría uno pensar que les duelen las muelas pero ciertas sonrisitas conspiran a toda costa contra esta suposición.
A veces la cara apoyada parece decir ¿habéis visto lo que he hecho? Pero son los menos.
La duda permanece. Es de esos misterios que viven mejor sin respuesta.
Cuando paseo por la Rambla Cataluña, a veces, pienso que un día veré allí el mejor homenaje de los ayuntamientos y la escultura al mundo del escritor; no se tratará de un libro ni una pluma, será una mano, una mano enorme para sostener cualquier cabeza, ligera o pesada, una cabeza, dos cabezas, un sinfín de cabezas apoyadas en esa mano enorme, cabezas de novelista.

Episteme: , , , , , ,

Peter Sloterdijk define la misión del escritor.

Botho Strauss, novelista y dramaturgo alemán publicó en los noventa un artículo en el que abordaba fenómenos intocados en Alemania “el nuevo culto a la nación, las loas a la sangre” Hizo “reaparecer estos temas” en el panorama alemán “teñidos de tonos positivos” En ese texto “`pueden encontrar ideas de este tipo: nosotros consumidores superficiales, estamos muy lejos de comprender ya que en otras épocas y en otros lugares se haya sacrificado sangro por la Nación o por otros grandes “ideales”.Esta visión no es tan inofensiva”. Las comillas son palabras del filósofo de origen gallego Carlos Oliveira y son palabras dirigidas a invitar a hablar al filósofo Peter Sloterdijk, quien responde lo siguiente:
Pero es que la misión de escritor no es ser inofensivo. Tengo la sensación de que hemos dejado de comprender qué es un escritor y qué es lo que hace si realmente se consagra a su trabajo. Los escritores son experimentadores, su trabajo consiste en seguir la pista de esas sustancias peligrosas llamadas temas, los temas profundos de su época. Estos temas son procesados, descompuestos, filtrados, invertidos, recompuestos. Se trata, eo ipso, de un trabajo arriesgado, no se domina ningún problema sólo pertrechado con buena voluntad. Cuando leo las tesis de Botho Strauss acerca de los sacrificios de sangre, me parece evidente qué es lo que está haciendo. El organiza un experimento en torno a la siguiente pregunta: ¿qué es la Realidad para el que lleva a cabo un sacrificio, y qué no es para nosotros? ¿Qué es lo que comprendemos de todo esto y qué es lo que no? ¿Qué es lo que nos pasa cuando no comprendemos esto? Y si no le he entendido mal, él en realidad no aboga porque se cultive entre nosotros un nuevo espíritu de sacrificio, sino que se pregunta ¿Qué significa vivir en una época y en un mundo que, en términos generales, han dejado de ser interiormente sensibles a todo lo que era duro, pesado, insoportable, cruel, y, en determinadas circunstancias, inevitable? ¿Para qué tenemos escritores si no están dispuestos a formular estas preguntas y a sondear estas inquietudes? Ellos tienen la obligación de explorar las obscenidades, las zonas de penumbra, de desplazar y manipular todas las sustancias explosivas de las que huye la conciencia cotidiana. Es un peligroso síntoma de decadencia en la opinión pública el hecho de que hasta los críticos, eso es, los intelectuales mediáticos, hayan dejado de comprender qué es lo que hace un aturo cuando experimenta y pone a prueba los aspectos explosivo de las materias peligrosas. (...) Los autores altamente cualificados hacen y dicen cosas inauditas, difíciles de oír, experimentan con tesis viejas y nuevas en el terreno lógico y estético, ponen a prueba sus tomas de posición, les es propia la tortura y la libertad de forma, dos factores que aparecen indisociablemente unidos, habida cuenta de que la conquista de la libertad en la forma es la mayoría de las veces la otra cara del sufrimiento. Un autor es un laboratorio para piezas más complejas, para ideas poco practicadas. Su interior sirve como un espacio experimental en el que se testan y malean materias temáticas especialmente virulentas, entre ellas, sustancias de alto contenido tóxico. Existe una relación directa entre la grandeza de un autor y la peligrosidad de las materias temáticas que procesa y domina. De lo inofensivo sólo brota lo inofensivo, de lo peligroso brota el pensamiento, y cuando el pensamiento encuentra el punto exacto de la forma, surge el momento artístico. El autor que nos es útil es el autor que se contamina él mismo con las materias con las trabaja, este planteamiento no ha cambiado. Kafka, Hans Henny Jahn, Benn, Musil, Broch, todos los grandes del siglo XX, también han sido maestros del pensamiento peligroso.

lunes 2 de junio de 2008

A la deriva. Horacio Quiroga

A la deriva. Horacio Quiroga.

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.


Episteme: , , , ,