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domingo, 11 de mayo de 2008

Parte 3. Personajes planos y redondos; movidos por principios o por metas. Héctor D'Alessandro


Parte 3. Personajes planos y redondos; movidos por principios o por metas.

Aplicación de la rejilla Forster-Weber de Héctor D’Alessandro.


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Para mostrar el funcionamiento de este instrumento conceptual (la rejilla Forster-Weber) me serviré de una novela occidental que constituye en sí misma un monumento a la habilidad narrativa. “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson y de 1886.


Resultará útil e ilustrativa gracias a una característica que pocas novelas poseen. La característica es que un personaje es dos personajes. En una misma personalidad hay dos caracteres bien diferenciados.

El Dr. Jekyll es al mismo tiempo el Sr. Hyde.

Y mientras el Dr. Jekyll es un personaje redondo el Sr. Hyde es un personaje plano.

Pero además el Dr. Jekyll actúa movido por metas en tanto el Sr. Hyde actúa motivado por principios.

Los personajes planos, según Forster son aquellos personajes que antiguamente eran llamados “humores”, dado que representaban distintos tipo de humor concreto. Dice asimismo que su construcción está hecha en torno a una sola idea o cualidad. Y que el conjunto de su actividad narrativa puede representarse con alguna frase emblemática. Dice Forster, asimismo que al personaje plano se le reconoce fácilmente cuando aparece, que es el “ojo emocional” del lector quien lo reconoce y que son muy útiles dado que nunca necesitan ser introducidos, nunca escapan, no es necesario observar su desarrollo y están provistos de su propio ambiente. Son, además fáciles de recordar dado que permanecen inalterables, las circunstancias no los cambian y esta suerte de fuerza inercial los mantiene en vilo cuando el libro parece decaer.

En la novela que nos ocupa, el Sr. Hyde tiene un nombre parecido a “hide” (esconderse) e incluso el narrador testigo, que es Mr. Utterson, se llama a sí mismo en función de Hyde “seek" (buscar) y estas serán sus funciones en la novela. Uno buscará hasta encontrar el secreto de la totalidad de la trama.

La habilidad pasmosa de Stevenson radica en que mientras crea un personaje con algunos elementos que indicarían, en palabras de Forster, “un comienzo de redondez” lo mantiene atado a su elemento o principio central y este es que “produce repugnancia y desagradado su presencia”. En concreto Utterson dice que le despertó un “grado hasta entonces nunca experimentado de disgusto, repugnancia y miedo” Este personaje poco a poco producirá más desagrado y horror en todos los que llegan a verlo A medida que la novela avanza se convertirá en un despojo oscurecido y progresivamente enano y también se vuelve mudo narrativamente. No se lo oye más; no dice nada.

Representa aquello que nos produce horror, un horror difuso cuyas causas desconocemos y cuyo origen nos aterra a la par que permanece oculto. Producir horror y repugnancia ante algo desconocido es una hazaña literaria digna. (Lovecraft, en relatos que huelen, según B. Porcel, a pescado, la repitió hasta el agotamiento. Cerca de nosotros, la ha repetido de un modo magnífico Albert Sánchez Piñol con su Aneris y los “inmunds granotots” en “La pell freda”.)

Representa, Hyde, aquello “escondido” que surgirá de lo desconocido para desgarrarnos (en esa época aún no se utilizaba el concepto de “inconsciente” de Freud que tantas cosas vino a salvar narrativamente), aquello que surgirá de nuestras zonas oscuras para herirnos, para golpearnos con su daño y su maldad. Su principio es el del mal que yace agazapado dentro del alma humana. Y su actuación es una modalidad de la mecánica inercial. Hace el mal-hace el mal-hace el mal. El mal era visto en la época como una fuerza que podía convocarse involuntariamente o mediante métodos científicos, como es el caso de esta novela. El mal no había adquirido aún su carácter de función de status o de situación, características que adquirirá en la novela sofisticada del siglo XX, en Proust. No así en las sagas bíblicas de Faulkner donde el mal sigue siendo una fuerza, escondida en su caso en el árbol genealógico. El mal que representa Hyde ,es el mismo tipo de representación que posee la gente de nuestra época que un poco ingenuamente se pregunta si el diablo existe.

Bien, para resumir, Hyde encarna el principio del mal y es plano además, produce repugnancia. Como personaje plano con principios es casi absolutamente mecánico en su accionar. Y debe su carácter sombrío a que encarna un principio de acción sombrío. Si fuera un personaje plano que encarnara un principio de ingenuidad o tontería, de alegría o tozudez, puede que causara risa o su lobreguez se atenuara, no sería esta novela claramente. Raramente los planos alcanzan el grado de dramatismo que alcanza Hyde; lo que sucede es que habitualmente los personajes planos tienen, antes un objetivo que un principio detrás de su accionar. El ejemplo característico es Dickens, Mr. Pip o David Copperfield son personajes planos que no obstante mantienen el eje central en la trama de importantes y extensas novelas. ¿Cómo lo logra? Se pregunta Forster. Y se responde, sin responder, que se debe a “la genialidad de Dickens” y también a que Dickens “logra efectos que no son mecánicos y tiene una visión de la humanidad que no es superficial”.

Forster recurre aquí a la retórica porque no tiene argumentos, carece de una herramienta conceptual. Dickens logra infundirles vida a sus personajes planos protagonistas porque estos tienen siempre y en todo momento objetivos, metas, y esto los mantiene en movimiento; un movimiento que les insufla vida. Todos sus personajes quieren una vida mejor, lograr el amor y una situación. El título de la novela del gran Pip es nada menos que “Great expectations” ("Grandes esperanzas”.) La perspectiva de logro o meta vitaliza al personaje, vivifica al lector y dota a la novela de un ímpetu torrencial.

Como contraste al personaje plano protagonista con objetivos, observar lo que pasa cuando está dotado de redondez y basado en principios, siendo igualmente protagonista. Es el caso de “El guardián entre el centeno”. Su objetivo es difuso, lo tiene, pasar un fin de semana divertido antes de volver a su casa. Principios tiene de sobra, posee muchas características que lo definen y lo dibujan de un modo complejo sin llegar a difuminarlo. Lo más interesante es que comienza por tomar agresiva distancia respecto de Dickens, desde la primera frase: “puñetas estilo David Cooperfield”.

La diferencia entre ambos es clara, mientras a Pip o Cooperfield pueden sucederles autenticas tragedias, ellos avanzan con claridad y sortean los obstáculos. Holden, en cambio se enreda de continuo en un mar de dificultades que surgen como emanaciones víricas de la más nimia y trillada de las escenas. Es la distancia existente entre el optimismo y el pesimismo.

Imaginen un Holden con objetivos claros y vigorizantes: probablemente rompiera varios objetos antes de llegar a destino y parecería alcanzar el éxito aun a su pesar, eso si lo alcanza y no se convierte en una madame Bovary.


Bien, volviendo a Stevenson. El Dr. Jekyll es un personaje redondo. Es trágico, una función adecuada a un personaje redondo, y cumple con la que quizás sea la norma central establecida por Forster para comprobar la "redondez" del personaje redondo. Es “imprevisible” pero “convincente”. Forster dice que un personaje “imprevisible” que no resulte “convincente” es, en realidad, un personaje “redondo” fallido; el autor pretende colarlo como “redondo” pero en realidad es “plano”.

Y yo agrego que es convincente porque tiene un objetivo. En su caso es la famosa “investigación científica” que lo conducirá como a tantos otros personajes de novela a la disolución y la desgracia más absolutas. Si sólo poseyera principios continuaría sentado ante la lumbre del hogar fumando sus pipas hasta el fin de sus días y nada lo movería de allí, quizás resultara agradable pero no parecería gozar de vida. El tipo de vida que según Forster se da “en las páginas de un libro”.

Una posdata. El narrador de esta extraordinaria novela, sobre la que seguro que volveré en sucesivos artículos (sus prodigios son varios) es el Sr. Utterson, un narrador testigo, –el mismo tipo de narrador preferido de Herman Melville y el mejor de los planteados por Fitzgerald o Pavese, traductor de ambos a la lengua italiana. El narrador testigo tiene la peculiaridad de vigorizar cualquier novela, dado que nos permite descubrir los elementos de la trama a medida que él los descubre. Es un narrador con un objetivo claro: quiere descubrir el secreto central de la trama. Es un buen acompañante; no sabe dónde va con exactitud, pero se ha propuesto llegar y tiene buenos mapas.

jueves, 10 de abril de 2008

Parte 2. Personajes con metas y personajes con principios. Rejilla Forster-Weber de H. D'Alessandro


La Rejilla Forster-Weber de H. D’Alessandro para el análisis de personajes.
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Así he decidido llamar al instrumento conceptual consistente en un cuadro de doble entrada en el cual podemos “introducir” a cualquier personaje a la hora de analizar o concebir una novela.
Con este cuadro podemos medir la eficacia con que desarrolla su acción narrativa y qué coherencia tiene.
Personajes movidos por un objetivo. Aquellos personajes que quieren conseguir algo. Desean obtener algo y atraviesan una serie de procesos con obstáculos y elementos que le facilitan el camino. (Eugenio de Rastignac, protagonista de “Papá Goriot” de Honoré de Balzac). El personaje movido por un objetivo parece más “ligero” que el movido por un principio; la direccionalidad hace que atraviese la escena o escenas de la novela con mayor viveza.
Personajes movidos por principios. Aquellos personajes que basan sus decisiones en la acción narrativa en un “principio”. Entendiendo por principio no sólo los principios éticos o de alguna de las múltiples morales presentes en la realidad narrativa. Principio que, en el caso, por ejemplo, de “El hombre del subsuelo” de Dostoievski, está claro desde la primera línea cuando dice “Soy un hombre malo, soy un hombre malicioso”. En consecuencia, todas sus decisiones estarán basadas en esta decisión narrativa primera. Oscar Matzerath, protagonista de “El tambor de hojalata”, entre los “principios” que posee, está el de ser enano voluntario y poseer una voz vitricida. Para mí, un “principio” en narrativa puede ser cualquier condición presente desde el arranque que condiciona o predispone las decisiones del personaje en un sentido u otro. Gregor Samsa, ademas de constituir el arquetipo del personaje redondo, es un muy buen ejemplo de personaje movido por el principio condicionante de ser una cucaracha. El personaje movido por un “principio” (un principio motor o rector) ha ido abandonando durante el siglo veinte el aspecto direccional y ha devenido el personaje divagador de las llamadas novelas “sin trama”, como las de Magris o Sebald, donde lo que importa es el paseo por los paisajes narrativos (de hecho el “paseo” es un motivo recurrente en este tipo de novelas) o el estar en un entorno sin tener una actividad narrativa muy vibrante. Julien Gracq es una ejemplo magnifico de estos dos extremos. En “Las aguas estrechas” el motivo central es “el viaje” o “el paseo” en tanto en “Un balcon dans la forete” (traducida como “Los ojos del bosque”) el motivo se desarrolla como un “estar” en un entorno antes que pasear o moverse por el mismo. Parece como si Gracq hubiera firmado, irónicamente, el testamento novelístico de la herencia procedente de la Odisea (su odisea por el Loira es bastante civil y muy poco atormentada por presencia mitológicas, las presencias son antes que todo literarias y muy amables, además) y de la Ilíada (los personajes de “Los ojos del bosque” son precursores de la serie “Mash” y “Trampa 22” antes que herederos de los sudores y devaneos de Aquiles sobre la tierra castrense).
Como ya dije en mi artículo anterior, un tipo ideal conceptual nunca es un modelo exacto, es una aproximación heurística de gran utilidad. Ahora podemos ver que el personaje no es totalmente movido por principios ni totalmente movido por objetivos pero que entre ambos extremos hay muchas posibilidades y los extremos justamente fundan escuelas que son bien diferenciadas.
A efectos prácticos: a la hora de medir la adecuación con que un personaje ha sido creado deberíamos pasarlo por la rejilla que un poco en broma y poseído por los espíritus del entusiasmo he llamado de Forster-Weber y ver cuanto “objetivo de más tiene” o cuanto “principio de más”. Cuanto “principio” u “objetivo” se debe agregar. Puede que halla personajes demasiado cansinos sobrados de “principios” y faltos de objetivo” o demasiado superficiales y gratuitamente vivarachos sobrados de objetivo pero sin ninguna sustancia aportada por algún tipo de “principio”.
Seguiré.

martes, 8 de abril de 2008

Parte 1. Personajes planos y redondos. Movidos por principios o por metas.

Personajes planos y redondos. Movidos por principios o por metas.
Héctor D’Alessandro
Abril y 2008
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La conocida clasificación (“personajes redondos y planos”) del novelista británico Edward M. Forster merece una amplificación y una profundización.
El sociólogo Max Weber estableció de un modo claro y asaz elegante la distinción entre objetos de estudio y conceptos y los problemas de conocimiento derivados de la confusión no del todo consciente entre las palabras y las cosas.
Weber estableció como adecuado el uso de conceptos alejados de la lucha por su significación en el ámbito social. Conceptos con una clara definición denotativa (la definición del diccionario) y con pocas “connotaciones” las diferentes definiciones que le da la gente. Es decir, establecer conceptos tan claros como “silla” y lejos, dentro de lo posible, de la ambigüedad u oscuridad que puedan envolver a conceptos como “libertad”.
Estableció asimismo el concepto epistemológico de “tipo ideal”. Un “tipo ideal” es un concepto complejo que conjuga una o más variables y las hace funcionar como herramienta de explicación a la vez que de indagación. Su tipo ideal más famoso es el de “espíritu del capitalismo y ética protestante”. Esta construcción establece un vínculo entre dos elementos que resulta verosímil y que a la vez que permite explicar permite indagar en todos aquellos casos en que resulta falso. Ni todas las zonas del planeta donde se extendió el protestantismo desarrollaron un capitalismo avanzado ni la existencia de otras religiones impidió el desarrollo del capitalismo. El tipo ideal, he aquí su mayor logro, resulta muchas veces más útil cuando más falla. No obstante el uso habitual poco entrenado de la mente conceptual tiende a hacer de los conceptos lechos de Procusto y si los hechos no se adaptan ya se hace lo posible y lo imposible para que lo hagan, o se mira a otra parte.
Si vamos al terreno de la narrativa, vemos que los conceptos de “redondo” y “plano” resultan ambiguos debido al uso social que de ellos se hace. En la serie “7 vidas” de Telecinco, en un capítulo le rechazan un guión a un personaje diciéndole en el informe, entre otras lindezas que sus personajes son “planos”. Pero utilizando “plano” como un equivalente a “chato”, “carente de vida propia”, “simplón”, etc.
No se necesita ser muy listo para deducir que al decir personajes “redondos” se puede inferir (por aquello de “me salió redondo”) que están bien hechos.
Pues nada más lejos de la realidad conceptual.
“Plano”, es el concepto que utiliza Forster para indicar que al personaje no le suceden cosas y se mantiene siempre igual a sí mismo, pase lo que pase a su alrededor. Generalmente encarnan un vicio o una virtud y funcionan un poco al modo de maquinas que siempre actúan igual ante idénticos estímulos o lo que es peor, actúan igual ante estímulos bien diferenciados. Muchas veces por esto suelen ser cómicos, son como un mecanismo de relojería que actúa siempre igual y dado el nuevo estímulo, el lector ya sabe cómo procederá, de lo cual ya deduce de antemano las consecuencias y las risas se desatan. “Carlitos” de Chaplin es un personaje plano por excelencia. “Pantaleón Pantoja” encarnación de la eficacia administrativa militar, es un personaje plano que provoca muchas risas y todo su entorno cambia y su vida sin que el se aparte un ápice del modo en que enfoca los sucesos que se presentan a su consideración.
“Redondo”, por otra parte, es el concepto que Forster usa para indicar al personaje al que no sólo le pasan cosas sino que estas le afectan y en consecuencia cambia.
Dentro de una misma novela, asimismo, puede haber personajes planos y redondos. La presencia de planos hace más redondo al redondo, por contraste.
Ahora bien, redondo o plano no significa profundo o superficial.
Pantaleón Pantoja es profundo en tanto podemos apreciar claramente que alguna herida tremenda hay en su vida pasada y actual y en el sistema que lo hace posible. Una persona no puede ser un autómata más que como una elipsis de un desgarro. Un personaje tampoco. La presentación en acción del autómata Pantoja habla más de lo que no está presente en escena que de lo que es la mera aventura. En ese sentido es profundo. Indaga en zonas interiores donde el dolor puede saltar a la superficie en cualquier momento. Si sólo se considera la “aventura” los hechos externos que “le suceden” es superficial, incluso banal y puede dar lugar a un juicio del tipo de “es increíble que haya sistemas así”. Se pierde aquí la riqueza que pueda haber en un sistema que ha gastado tanta energía como para producir un ser de estas características.
Volviendo a la indagación narrativa, podemos establecer que el personaje plano puede dar lugar a profundidades. El autor las coloca a lo largo de la obra como un sistema de minado narrativo; el lector depende de su entrenamiento personal para verlo.
Por otra parte y como contraste, el personaje redondo puede a veces resultar aburridamente superficial si está todo el tiempo estableciendo comparaciones, asociaciones, silogismos, tautologías y demás tipos de pensamiento, incluso emociones, acerca de fenómenos del tipo de “me caso con fulanita o con menganita” “esto habrá sucedido porque lo ofendí o todo lo contrario”, “¿salgo del armario o me quedo en el armario, me trago la llave del armario?”. Juan Perucho dijo hace muchos años que lo que le sucede a Juan y María que se conocen y se enamoran en el barrio, ya no le interesa a nadie. Que un personaje entre en la categoría de “redondo” no garantiza su “profundidad”, ni siquiera una “interesante”, en términos narrativos, “superficialidad”.
El error parte de considera a los conceptos como hechos. Como si alguien pudiera exclamar y preguntarse compungido “¡Pero si mi personaje es redondo! ¿Cuál puede ser el defecto?”
“Redondo” y “plano” son conceptos y la realidad narrativa es mayor. Son “tipos ideales” a partir de ellos se puede establecer un paradigma para indagar los personajes no para medirlos. “Profundidad” y “superficialidad” son otros dos conceptos por definir que contribuyen al establecimiento del tipo ideal de indagación en la creación de personajes. ¿“Profundidad” o “superficialidad” como cantidad absoluta de trama que el personaje desarrolla en la obra? ¿”Profundidad” o “superficialidad” como característica desde la cual el personaje actúa en su realidad narrativa?
Me inclino por esta última. Sin descartar que como en todo “tipo ideal” siempre se moverá una variable que desajuste todo el plano. Desajuste que demuestra su verosimilitud e inteligencia o lo falsea, estableciendo la verdad para el caso en cualquier circunstancia. Su verdad concreta de caso. Una verdad de alcance intermedio.
El ajuste necesario de los conceptos de “redondo” y “falso” se me ocurre que podemos construirlo recurriendo a los conceptos de Max Weber de “acción de acuerdo a fines” y “acción de acuerdo a principios”. Conceptos que él estableció con el agregado de “racional” (“acción racional de acuerdo a...”) para la indagación de la acción política.
Así, la acción del agente capitalista que obtiene éxito garantiza que Dios está de su parte. El fin de la ganancia está en concordancia con el principio teológico.
En las zonas católicas del planeta el fin o la meta de la ganancia está en desacuerdo con el principio teológico.
Pongo estos ejemplos a propósito porque fines y principios se pueden, incluso, confundir.
De todos modos, a diario en la acción política se puede observar que puesto en una encrucijada, el político tiene que coordinar sus metas con sus principios y modificar dinámicamente a ambos.
Volviendo a los personajes podemos entonces establecer una clasificación de personajes.
.
Redondos y movidos por un Objetivo. Eugenio de Rastiganc.
Redondos y movidos por Principios. Raskolnikov
Planos y movidos por un Objetivo. Cualquier protagonista de una novela de aventuras.
Cualquier personaje que tenga una intención (buena o mala) oculta.
Planos y movidos por Principios. Cualquier personaje secundario que se vea llamado a hacer de conciencia del protagonista. El padre Pirrone de “El Gatopardo”
Creo que este aporte contribuye a clarificar el aporte de los diferentes tipos de personaje dentro de las dinámicas narrativas.
El personaje redondo movido por principios resulta tan interesante como el movido por objetivos. Aunque el movimiento por principios lo vuelve más “ligero” e interesante para el lector.
El personaje plano movido por objetivos puede ser el motor de la acción en una novela en la que prime el elemento acción física (aventura) de traslados y obstáculos constantes. Como secundario con una intención oculta puede ser interesante en tanto es el maligno al que hay que detener de una buena vez en su accionar o el que quiere apoyar a pesar de que lo rechacen y no sólo no se vea su buena intención, sino que se cometa una injusticia contra él por efecto de su ambigüedad.
El personaje plano movido por Principios es un personaje muy interesante, de hecho el Gatopardo es una novela que tiene varios de estos personajes que llaman a las puertas de la conciencia del Príncipe Salina con distinta suerte. En “Papá Goriot” el mismo personaje Vautrin, tan importante en toda la saga de la “Comedia humana” de Balzac hace de plano en un momento dado y aconseja e instruye a Eugenio de Rastignac, sólo que la suya es una conciencia cínica.
El plano movido por principios, a priori, podemos afirmar que es “más” profundo que el movido por objetivos.
En el próximo artículo indagaré acerca del efecto del “marco” en el desarrollo de la profundidad o superficialidad de los personajes y el efecto del marco como indicador de la velocidad o ritmo al cual el personaje “va” hacia su objetivo o hacia el cumplimiento de sus principios.

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