martes, 28 de marzo de 2017

martes, 17 de enero de 2017

Constelaciones Familiares y Proporción Áurea. Héctor D'Alessandro

Las constelaciones familiares y la proporción áurea.
Héctor D’Alessandro                                                         

Venía observando desde hacía años que la "resolución" de una constelación tiene más que ver con la "posición" dentro de la configuración en el espacio y la "distancia" entre los participantes, que con el "contenido". Menos que ver con el hecho de que se trate del "padre" o de la "madre", que con la geometría. Las constelaciones familiares de Hellinger, con todo el respeto que nos merecen, no permiten de modo directo un acceso de la conciencia a niveles superiores, libres del vulgar chisme sobre si tengo una lealtad con papa o con la abuela. Muchos clientes y terapeutas, incluso consteladores, se quedan enganchados en eso y no evolucionan.
Noté que muchos terapeutas, incluso con una extensa experiencia de años o lustros, volvían a “constelar” asuntos ya trabajados en más de una ocasión, noté que en cierto modo habían sido tomados por una especie de adicción a constelar una y otra vez el mismo tema. Volvían de un modo realmente compulsivo a “trabajar en un nuevo aspecto” que antes no habían “visto” sobre la relación con su padre o con su madre o con algún otro antepasado.
 Se habían vuelto adictos a tener lealtades o simplemente problemas.
 Pensé que algo no estaba funcionando bien en todo este asunto. La mente de la personalidad se la pasa todo el rato inventándose nuevos asuntos y en el caso de estas personas se dedicaba a inventar nuevos aspectos o dimensiones de alguna situación antigua. Noté incluso que se volvían adictos a pasar una vez más por la experiencia de “darse cuenta”; estaban ansiosas por experimentar la vivencia de “comprender”, pero en realidad no se estaba entendiendo nada sino bañando una vez más a las células de la experiencia. No obstante, el malestar y la frustración volvían a aparecer tarde o temprano.
Calibrando la respuesta corporal del cuerpo de estas personas, noté asimismo que no había congruencia entre el interesante asunto con el que ahora habían decidido ocupar su tiempo durante un periodo más y cómo lo planteaban. No había allí cambio alguno; el cambio, en las personas, se nota en el cuerpo. No me voy a extender ahora en el proceso de cambio que se registra en el cuerpo, pero es conveniente que el lector se quede con la idea de que una comprensión meramente mental no suscita un cambio profundo y esto es legible en el cuerpo, en cambio, la transformación real y profunda se puede leer en la totalidad del cuerpo, por lo cual el cliente o el paciente o el colega puede decirnos que está haciendo grandes cambios y celebrarlo cada mañana con grandes exclamaciones y poderosos gestos aprendidos, pero en este caso sí hay que decir que el hábito no hace al monje.
La mente, esa función del cuerpo, tiene la capacidad de fagocitar conocimientos y creerse que conoce la experiencia. Para que este conocimiento se convierta en un hábito real del cuerpo y de la mente tiene que poder responderse involuntariamente desde la estructura de esa nueva costumbre, y esta respuesta no es solo verbal y mental, para ser real y estar operando cambios reales en la existencia de la persona, deben constituir realmente un nuevo modo de ser, una actitud radicalmente inconsciente que surge como respuesta espontánea. Mientras esto no sucede, la mente posee la facultad de fingir que eso ya es un hábito, pero solo está más o menos memorizado.
Es una memorización, no un aprendizaje.
Del mismo modo en que una vez que hemos aprendido una nueva destreza como por ejemplo el conducir un coche, podemos simultáneamente realizar otras actividades, como por ejemplo pensar en algo que nos han dicho esta mañana. Pero si de pronto la propia conducción nos obliga a prestar repentina atención a la tarea de conducir, generalmente nos olvidamos de lo que estábamos pensando y es raro que lo volvamos a recordar. Porque la conducción sí está aprendida y lo que circunstancialmente estábamos pensando no está aprendido.  
Del mismo modo, mientras vivimos podemos encontrarnos una y otra vez con circunstancias problemáticas. Un síntoma de inteligencia y de voluntad de cambiar es el que nos pongamos a pensar en ese asunto. Lo que sucede es que, al momento de ponernos a pensar en aquello que nos resulta problemático, acudimos a esquemas de ordenación del pensamiento que hemos aprendido. El modo en que pensamos nuestros problemas nos pueden capacitar para cambiarlos y encontrar soluciones o nos pueden ayudar a meternos en un callejón sin salida. Es como si el propio pensamiento nos dijera aquella famosa frase de Nietzsche: “puedo enseñarte a volar, pero si quieres caer, te puedo enseñar a caer más deprisa”.
El núcleo problemático del pensar es que en principio pensamos y creemos que el modo en que pensamos de modo natural, de acuerdo a los aprendizajes por los que hemos pasado, es el mejor modo de pensar; y no siempre es así. Para pensar de un modo eficaz hay que aprender a hacerlo y luego hay que entrenarse, hacer flexiones como en la gimnasia. De otro modo, no habrá resultados.
Bien, cuando, en calidad de pacientes o clientes o “coaches”, concurrimos a unas sesiones con algún facilitador, algo importante que realizamos es el aprender nuevos modos de pensarnos a nosotros mismos. Nos entrenamos, en realidad, como correctos pacientes. Y, como dice Eric Berne, en poco tiempo podemos aprender las destrezas necesarias para ser buenos pacientes psicoanalíticos o de cualquier otra escuela.
De modo sorprendente, cierto día me di cuenta de que mientras los pacientes mantenían intactos todo su sistema de pensamiento, muchos clientes de constelaciones e incluso profesionales de las constelaciones, “fingían” (de modo inconsciente, claro, ellos no tenían ninguna mala intención al hacerlo) tener nuevos asuntos que tratar.
Un modo muy eficaz de no cambiar, fingir que aún queda algo por resolver.
Una treta muy habitual de los pacientes y de las personas en general. Fingir el cambio en su aspecto meramente externo mientras se mantienen a salvo dentro de la cueva de sus supuestas comodidades.
¿Cómo podía ser que unas personas adultas gastaran su dinero y emplearan su tiempo en realizar unas actividades de las cuales en el fondo no esperaban ningún resultado? De hecho, venían una y otra vez a constelar una vez más, como si vinieran a un club de ajedrecistas a echar una partidita. En general, no lo permitía, les desaconsejaba hacerlo si no era algo realmente sentido. Y les facilitaba un proceso de coaching para encontrarse realmente con lo que había detrás y qué estaban ganando con esta conducta. De este modo se solucionaba momentáneamente el asunto. Pero luego me enteraba que iba a constelar con otro constelador que si les consentía este abuso de sí mismas y de su precioso tiempo.
Más allá de que ciertas personas van probando indefinidamente a lo largo de su vida una serie de medicinas con el objetivo de no continuar con ninguna ni profundizar con ninguna, con el objetivo inconsciente de no acabar de curar, supe que algo estaba sucediendo con las constelaciones y también con la interpretación que esas personas tenían acerca de las mismas.
Como facilitador, mi formación fundamental es en programación neurolingüística y en hipnosis ericksoniana y no estoy acostumbrado a que algo no funcione. Me había percatado, desde hacía mucho tiempo, de que en muchas constelaciones, sobre todo organizacionales, la solución arriba en el momento en que se produce un cambio de posición en el espacio y en el cambio en las distancias entre las personas que están interpretando, a veces procedía a cambiar solo unos centímetros en la posición de un intérprete y la solución llegaba. Quienes me conocen, alumnos y clientes, saben de mi obsesiva exactitud y minuciosidad a la hora de rectificar el lugar donde alguien se ubica y a qué distancia se coloca respecto de otro integrante de la constelación.
Intuía que algo había con la colocación y la distancia; lo que no podía imaginar era que un día, viendo un video sobre los números de Fibonacci y la proporción aurea que gobierna la naturaleza como patrón numérico constante, de pronto, iba a sobrevenir de modo fulminante la comprensión de la relación de un orden superior y a la vez materialmente evidente en la imagen de resolución de una constelación. De pronto entendí que las soluciones “ordenadas” de Hellinger tienen más que ver con las soluciones geométricas “armónicas” de Leonardo da Vinci.
Pero esto no se acabó aquí, sino que la visión repentina de la proporción aurea gobernando sutil y estructuralmente las relaciones de orden armonioso en las constelaciones produjo de inmediato un descarte casi absoluto de todo contenido. No son los padres, ni los antepasados los que nos ayudan a solucionar los asuntos que nos apenan, sino las posiciones y las distancias entre esas posiciones, y lo más impactante es que simultáneamente comprendí que esas mismas relaciones de orden armonioso que nos sacan del orden existencial de la sangre, son las mismas que nos pueden permitir colocarnos en una posición y en una distancia que nos conduzcan a órdenes superiores ajenos a la existencia humana en clanes familiares. Es muy correcto ordenar una familia, y tremendamente útil para la vida en la tierra de la persona, si esta solo es un ser puramente material. Pero si la persona desea desarrollar su dimensión superior, debe disponerse a una recolocación de su persona y de su ser en un tablero o configuración que trasciende lo familiar y se conecta a la dimensión espiritual inherente al ser humano.
Las constelaciones familiares pueden facilitar un gran desarrollo humano y solucionar muchos asuntos de la existencia, pero el ser transpersonal encontrará su acceso a otras dimensiones de la vida espiritual, disponiéndose a entrar en relaciones de orden armonioso, espaciales y corporales que obedecen a una disposición geométrica diferente, donde en lugar de ir al núcleo de los problemas en busca de un bioshock plagado de dolor, nos dirigimos al núcleo de las soluciones, donde nos bañamos en el mar de las respuestas exitosas. Un lugar donde se produce un sacudón energético de orden superior que no dejará piedra sobre piedra en la personalidad creada por la mente del ego, la misma que creó las constelaciones familiares y que como un trampolín nos servirá para dar el gran salto al océano de una existencia superior.
 Diciembre y 2016, Xalapa








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