sábado, 26 de julio de 2008

Julio Cortázar escribe sobre Felisberto Hernández

Julio Cortázar escribe sobre Felisberto Hernandez.

A riesgo de provocar la sonrisa de no pocos críticos literarios, pienso que la obra del uruguayo Felisberto Hernández sólo admite ser comparada con la de otro creador situado en el extremo opuesto del mundo latinoamericano que él conoció: José Lezama Lima.

Entiéndase que hablo de subyacencias, de tangencias, de afinidades difícilmente descriptibles. Como el poeta y narrador cubano, Felisberto pertenece a esa estirpe espiritual que alguna vez califiqué de presocrática, y para la cual las operaciones mentales sólo intervienen como articulación y fijación de otro tipo de contacto con la realidad. Al igual que los eleatas, Lezama y Felisberto se conectan con las cosas (porque de alguna manera todo es cosa para ellos, palabras o muebles o pasiones o pensamientos son a la vez tangibles e inefables, sueño y vigilia) desde una intuición que sólo puede ser instalada en el lenguaje por obra de la imagen poética, del encuentro no fortuito de la máquina de coser y del paraguas sobre la mesa de disecciones.

Como los eleatas, los sentidos no parecen sometidos a las facultades intelectuales para el proceso del conocimiento, sino que entran y salen de las cosas con el ritmo del aire en los pulmones, y el paso de ese conocimiento a la palabra, a la comunicación, se opera dentro de ese mismo ritmo y con la mínima mediatización posible. A partir de ese contacto sin trabas, todo el resto -descripción, narración, anécdota- se sirve naturalmente de la razón y del discurso, llamados a una labor subsidiaria a la que no están acostumbrados; así la tradición de Occidente ve invertirse cada tanto su escala habitual de valores, con lo cual el resultado es casi siempre el mismo: si pocos parecen haber accedido al mensaje primordial de Lezama Lima en Paradiso, también son poco los que han descifrado la clave profunda y recurrente de los relatos de Felisberto Hernández.

Aquí la analogía cesa, y el resto son felices y vastas diferencias que enriquecen y separan la obra de estos dos grandes narradores latinoamericanos. Solitario en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano.

No es casual que la abrumadora mayoría de sus relatos haya sido escrita en primera persona (pero Las hortensias, gran excepción, parecería volcarlo igualmente en el personaje central del cuento en lo que toca a las pulsiones más hondas, acaso las más inconfesables dentro del contexto de su ambiente y de su tiempo). Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más -buenos días, Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?-, en ese reconocimiento que solo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir.

Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras que ayuden a compartirla.

La calificación de "literatura fantástica" me ha parecido siempre falsa, incluso un poco perdonavidas en estos tiempos latinoamericanos en que sectores avanzados de lectura y de crítica exigen más y más realismo combativo. Releyendo a Felisberto he llegado al punto máximo de este rechazo de la etiqueta "fantástica"; nadie como él para disolverla en un increíble enriquecimiento de la realidad total, que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio como el elefante apuntala al mundo en la cosmogonía hindú. El día en que América Latina cumpla su destino revolucionario, cualquiera leerá a Felisberto con la familiaridad que hoy falta en muchos lectores; habremos entrado entonces en una dimensión humana que no necesitará distinguir con artificios retóricos esas zonas de contacto que en escritores como él anuncian la verdadera tierra del hombre y de la vida.

Siempre secretamente angustiada, la crítica literaria llamada a situar una obra como la de Felisberto tiende a sacar de su sombrero de copa el gran conejo blanco del surrealismo; es una manera de fijar la imagen antes de pasar a otra cosa, y además es cierto que el conejo está muy vivo y que se pasea continuamente sobre el piano de Felisberto. Basta leer La casa inundada o Las hortensias para que en el reverso de los párpados asomen las pinturas de Leonora Carrington, de Remedios Varo, de Hans Bellmer, de Paul Delvaux y de Magritte, sin hablar de queridas sombras más remotas, Nerval o Von Arnim. Pero también aquí opera la maniobra discriminatoria que Felisberto hubiera sido el primero en rechazar. ¿Hasta cuándo se insistirá en situar al surrealismo en un terreno falsamente privilegiado, lo que es una manera de marginarlo frente a una realidad supuestamente más imperiosa e importante? ¿Hasta cuándo el absurdo magisterio surrealista, fomentado antaño por Breton, más tarde por sus epígonos, y siempre por una cierta crítica ávida de etiquetas simplificadoras?

Es bueno recordar que Felisberto vino una vez a París, donde probablemente no vio a nadie; a mí me gusta pensar, con evidente transgresión de la cronología, que si le hubiera dado la gana de encontrarse con sus semejantes, no hubiera buscado la Iglesia del surrealismo sino a Jarry y a Raymond Roussel. Y este último, gran inventor de cuadros vivos, hubiera amado como nadie las muñecas de Las hortensias y las flotantes budineras de La casa inundada, bellas como las altas creaciones de su taumaturgo Canterel.

Para algunos de nosotros, gentes del Río de la Plata, los relatos de Felisberto no cuentan por esas coexistencias que poco le hubieran interesado a él, pero que me parece justo citar para aquellos que van a leerlo por primera vez en España. Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad.

Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa?

El drama actual del Uruguay está prefigurado en Felisberto como lo está en la obra de Juan Carlos Onetti, otro narrador que prescinde en apariencia de la historia. Nuestras falencias -hablo del Uruguay y de la Argentina como de un mismo país, porque lo son mal que les pese a los nacionalistas-, nuestra fuerza secreta o desaforada, nuestra lenta, perezosa manera de ser frente al destino planetario, toda la hermosura y la tristeza de un patio de casa pobre o de un partido de naipes entre amigos, asoman en esa especie de invencible desencanto que nace de los relatos de Felisberto. Testigo sin ganas, espectador al sesgo, él toca sus tangos para mujeres nostálgicas y cursis; como todos nuestros grandes escritores, nos denuncia sin énfasis y a la vez nos alcanza una llave para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre

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domingo, 20 de julio de 2008

Hermann. Héctor D'Alessandro

Hermann. Héctor D’Alessandro

Conocí al colorado Hermann nada más llegar a la distraída Barcelona olímpica. Hermann era uno más de tantos y tantos extranjeros de buena posición que viven en otro país y de los cuales uno nunca sabe con exactitud de qué vive. Un supuesto despacho de importación y exportación, en el caso de Hermann, no aclaraba nada sino que parecía avivar aún más las dudas. Súmese el hecho equívoco de su nacionalidad: alemán. Sus cincuenta años aproximados de edad anestesiaban cualquier posibilidad de pensar. Esa es la edad que uno le imagina a todo asesino nazi, debido a un exceso de fotografías de los años cincuenta y sesenta toda esa generación de asesinos y comandantes europeos quedaron congelados para el futuro. En el llamado inconsciente colectivo tienen esa edad y por lo tanto en el caso de Hermann sólo pude atribuirle en mi ardiente imaginación un funesto pasado militar y un posterior refugio al amparo de la dictadura franquista.

Si a esto se suma la coincidencia de que Hermann tenía el aire de un conspirador y de alguien que oculta alguna cosa oscura de su pasado, el escenario estaba dispuesto por completo para que mi cerebro se recreara en las más creativas suposiciones criminales. Al comienzo de nuestra amistad se estableció entre nosotros una suerte de pacto no mencionado por el cual yo no preguntaba y además aceptaba cualquier versión que Hermann quisiera contar voluntariamente acerca de su vida pasada.

Mis sospechas comenzaron a acallarse nada mas tomar conciencia de que por su edad era imposible que hubiera podido participar en los aquellos crímenes europeos, pero de todos modos dejé abierta la puerta a la sospecha sobre el padre de Hermann, quizás con el objetivo no confesado de mantener una baza interesante para fantasear. Aunque lo más probable, pienso ahora, es que por muchas explicaciones que yo le buscara o que Hermann aportara, nunca podía borrar ese aire que tenía de sospechoso que oculta algo.

En medio de aquella charca de suposiciones vino a caer del modo más inesperado una pedrada que comenzó a mover las verdades ocultas, en un lapso de pocas horas, con un progresivo furor que necesariamente llevó a una conclusión o al menos a una tranquilidad temporal de las aguas: la que sobreviene a la confesión.

Una madrugada en que veníamos de una fiesta popular que ya no recuerdo cuál, acabamos en el antiguo Zurich desayunando con el objetivo de quitarnos la resaca, Hermann, más colorado de cara que de costumbre, discutía con cuantas personas se le ponían a tiro y le dirigían amablemente la palabra. En un momento en que estaba distraído hablando con una alemana que se encontraba en otra mesa y que lo miraba con displicencia y le hablaba de un modo condescendiente que lo enfurecía cada vez más, me dirigió a mi la palabra un negro de Texas que estaba en la mesa de al lado y tenía su billetera abierta sobre la mesa, sin un duro, y con todos y cada uno de sus documentos, tarjetas de visita y papelitos donde tenía anotaciones y teléfonos, dispuestos sobre la mesa. No sé cara de qué me vio pero me dijo que yo, que era su hermano, iba a tener que pagarle la próxima cerveza y como no tenía otra cosa que hacer y el negro no me caí mal, accedí sonriendo. Hermann clavó los rayos de su mirada sobre los documentos que el norteamericano tenía sobre la mesa y pareció olvidar por completo a la alemana de la otra mesa. Sospechaba algo y para comprobarlo asumió el gasto de cervezas del negro y se acercó con su silla. Era la época de los bombardeos desde el aire en la antigua Yugoeslavia, los bombardeos masivos de los americanos y este muchacho, tal como al fin averiguamos, era un piloto en servicio que estaba disfrutando de las últimas horas de descanso. El ajuntamiento de Barcelona les permitía vivir en los nuevos edificios que habían construido y que se llamaban “Villa Olímpica” y desde allí salían por la noche desde el Prat hacia algún punto desconocido del Mediterráneo donde subían a su bombadero hacia Serbia. “Es terrible, decía el negro, a quien llevamos hasta su casa en la Villa Olímpica, yo sólo veo una pantalla y puntos que se mueven y calculo coordenadas”. Era la segunda guerra con mando a distancia.

Esa mañana Hermann me invitó a dormir a su casa y como yo sabía que se avecinaba algún tipo de confesión acepté de inmediato.

Estaba molesto y furioso y cuando abrió la puerta de su casa en una urbanización cercana a Badalona no podía evitar tropezar con la llave y la cerradura y soltar tacos todo el tiempo.

Encendió la tele y sólo dejó las imágenes. Inevitablemente aparecieron las últimas novedades de la guerra de los Balcanes.

¡Putos americanos!

Tras su exclamación me arrellané en un sofá color marrón de lana y apoyé la mejilla en una de las orejeras del mueble.

“En 1975 yo era un joven teniente de las fuerzas armadas pacíficas de la Republica Federal Alemana. Mi futuro era claro y yo creía en lo que hacía. Fue en ese momento que a mi y a mil ocho cientos oficiales más de las fuerzas nos ofrecieron un trabajo calificado como “ultra secreto”. Muchos pensamos que se trataba de algo relacionado con la RDA o con la Unión Soviética, pero todo comenzó a virar en un sentido misterioso y lleno de lagunas cuando comprobamos que un requisito fundamental era conocer y hablar el idioma inglés con un nivel de calidad superior. De lo que se trataba era de pasar por norteamericanos.

Ese evento fundamental en mi vida fue mi particular proceso de aprendizaje; puede parecer mínimo y una auténtica nimiedad pero para unos cuantos miles de jóvenes militares alemanes fue la experiencia más inolvidable de nuestras vidas y quizás la definitiva.

En 1973 se habían firmado en París los acuerdos de Paz entre Estados Unidos y Vietnam, no obstante los americanos continuaron en el sur y no imaginaron que el vietcong avanzaría hasta Saigón. El congreso norteamericano había impedido el nuevo envío de tropas y el gobierno no podía permitirse nuevas bajas entre soldados y mucho menos si esos soldados eran jóvenes. Pronto entendí, y como yo tantos otros, que Estados Unidos estaba desde comienzos del siglo, detrás de todas las farsas, mentiras, manipulaciones más atroces. Entendí que Estados Unidos financiaba a sus enemigos para meterlos realmente en fregados y luego se presentaba como el gran salvador que venía a endeudar de por vida a territorios, naciones y generaciones enteras. Yo, que creía vivir en un país libre me estaba dando cuenta ahora que vivía en un país con deudas de complicidad entre asesinos.

Nuestro deber, al acometer la misión, era colaborar en la evacuación de Saigón, cuya caída se estimaba como muy próxima en el tiempo y altamente probable. Nuestro deber, a partir del momento en que subiéramos a los aviones USA en la base de Hamburgo, era olvidarnos de nuestro pasado alemán, de nuestra lengua, nuestra familia, nuestra ciudad y cualquier proyecto alemán que tuviéramos planeado para el futuro. En ese momento, pasamos a ser norteamericanos, con documento identificatorio del ejército y un nombre y una biografía americana estrictamente militar. Si moríamos en combate, nuestro cuerpo, incinerado en caso de grandes y evidente mutilaciones, sería devuelto a nuestras familias y la explicación del accidente correría a cargo del Estado alemán, y los seguros para nuestros familiares le pagarían la educación universitaria incluso a nuestros nietos.

Si no moríamos y triunfábamos en nuestro cometido de evacuación de Saigón, seríamos considerados unos héroes desconocidos. Americanos indudablemente, la tele nos mostraría a la hora de la cena, en horario de máxima audiencia jugándonos la vida para que Jonnhy, Peter, Mary, Sheyla o Tom pudieran volver a casa, lo único que no hacíamos era repartir chiclets entre los refugiados. Cuando cumpliéramos con nuestras misiones la televisión norteamericana sería puntualmente informada de que Ed Daly u otro con un nombre similar había acometido una valerosa acción de rescate.

“Mira, me dijo, Hermann, mira esta foto.

Era la famosa foto de unos helicópteros despegando del terrado de la embajada americana en Saigon, mira este oficial que dirige las operaciones.

“Sí.

“A cambio de este servicio nos jubilaron jovencísimos, con dinero para instalarnos donde quisiéramos y nuestro historial militar desapareció para siempre jamás. Nunca fuimos militares, el estado lo negará por siempre. Ya ves. Ellos se meten en problemas y luego meten a todo dios y luego hay que ir a rescatarlos bajo falsa identidad para que ellos preserven su versión oficial de los cojones y mantengan en alto esa mentira cinematográfica que les acompaña.

“Cuando uno es joven toma decisiones equivocadas; se arrepiente luego, pero son irreversibles.



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viernes, 27 de junio de 2008

El precio del petróleo, una de Paul Kaiman.

Una de Paul Kaimán sobre el precio del petróleo.

La subida irracional de los precios del petróleo, además de enriquecer rápidamente a sus productores, fuerza de modo artificial la extracción de las cuatro últimas gotas que queden en el planeta. Cuatro gotas que representan varios decenios de abastecimiento y consumo. Esos fondos restantes están a varios millones de inversión de distancia; unas cantidades que ningún capitalista quiere invertir. De ahí que ahora predomine una visión no pesimista de las nacionalizaciones, cuando hace treinta años estas eran motivo para intervenciones y golpes de estado en países productores del tercer mundo. Se está permitiendo que líderes de retórica nacionalista intervengan en este sector con el objetivo de que ellos hagan la millonaria inversión con fines extractivos. Cuando todo esté dispuesto y el petróleo fluyendo, el capitalismo financiero volverá a mostrar su oscuro colmillo; hundirán los precios y se quedarán en subasta de urgencia con las inversiones que los idiotas de turno harán en estos años.

Cuando no entiendo un hecho llamo a Paul Kaimán para que me explique estas situaciones aparentemente incomprensibles. Paul sabe más por espía que por boxeador; como tal sólo recibió golpes y estos los recibe cualquier poeta.



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sábado, 21 de junio de 2008

Conjuras de necios. Héctor D'Alessandro

Conjuras de necios. Héctor D’Alessandro

Todo comienza una tarde de sábado en que el idiota que vive centrado en sí mismo está tumbado en su casa con la puerta ventana de su dormitorio entreabierta y oye una música no tan lejana a cuyo ritmo se entrega una multitud, llena de belleza y ambición, con los movimientos y las cadencias más actuales.

Él tiene ganas de ir a mear y, al levantarse, los ve allí, en el jardín, todos ajetreados.

Cuando asoma su adormilada cara, bella y ambiciosa, por la rendija que deja la puerta ventana, de inmediato algunas cabezas comienzas a girarse y cuando la chica, una rica heredera, bronceada y adormecida que cultiva una progresiva diabetes lo ve, el acompañante de la misma, un chico bronceado con el pelo brillante, los ojos duros y la boca dulce, se vuelve repentinamente inquieto. Mira a la chica, mira al chico, calcula la onda de comunicación vibracional que se ha establecido entre ellos y determina que sobrepasa los niveles admisibles y respetables para la salud de su propio corazón. En consecuencia, lleno de stress, estruja algo carente de importancia entre sus manos dentro de sus bolsillos a la moda, pero para la chica distraída que cultiva su diabetes sólo tiene amables sonrisas llenas, en el fondo, de un odio que ella no conoce ni puede ver.

Todo comienza así, de este sencillo modo.

Se trata de una suerte de conjura de necios.

Más frecuente de los que se piensa. Sucede siguiendo unas pautas más o menos regulares. Los más idiotas creen que alguien los amenaza, se conjuran contra el pacífico durmiente de siestas que no tiene ningún interés ni motivo para conseguir aquello que ellos tanto valoran.

Acaban metiéndolo, contra su voluntad, en el asunto, y sus propios miedos y paranoias colectivos le conducen a la involuntaria victoria.

Esto excita los nervios adormecidos de cualquier chica aunque haya pasado una vida aburrida entregada a las obras de beneficencia y al cultivo dosificado y progresivo de la diabetes.

La conjura posee estos elementos. Uno o mas idiotas centrados en lo que hacen los otros y en interpretar de un modo negativo todos los pasos de esos otros. Un idiota autocentrado, -con lo cual ya empieza a mostrar un poquito de sabiduría. Y una chica o algún otro tipo de persona que no muestra su juego.

En este caso, el idiota autocentrado, se metió la mano dentro del enorme pantalón para rascarse ciertas zonas y con la otra se restregó los cabellos mientras con el cerebro intentaba discernir si toda aquella gente elegante y que tan bien olía, ágil, ambiciosa y bella tenía algo que ver con él, pero antes de que pudiera llegar a algún tipo de conclusión, la chica que no mostraba su juego ya se había acercado y orbitaba a su alrededor. No era una chica muy original ni vanguardista, porque le dijo ¿nos conocemos? Y el idiota autocentrado se tomó la pregunta en serio, con lo cual se sumió en una mar oscuro de elucubraciones que a ella le hicieron pensar “es monísimo, me lo comería, mira cómo se rasca la cabecita.” Mientras, el danzarín acompañante de la chica, plantificado en el enorme jardín, muy próximo a la piscina, craneaba escenas de apuñalamiento y envenenamiento masivo, venganzas horripilantes, arañazos vengativos y palizas descomunales. Las ondas vibratorias de sus pensamientos lo conmovían hasta la raíz del cabello y el vaso verde con una bebida fucsia estalló en su mano morada manchándole de paso la camisa rosa de rayas blancas.

Esto hizo que la futura diabética girara su enorme culo y lo mirara a los ojos y al verlo conmocionado le preguntara ¿qué te sucede cariño, te sientes bien, quieres sentarte? Serie de preguntas que ofendieron aun más al danzarín centrado en los otros y le hicieron pensar que la culona diabética era una bruja despiadada y sádica pero se contuvo, él creyó que con gran inteligencia, para decir que no, que nada, que por favor, y en el fondo se cagaba en ella porque pensaba “me trata como a un anciano, ¿qué se piensa?”

A todo esto, el idiota autocentrado dormidor de siestas, al ver aquel culo se imagina perspectivas muy amables y sin saber que ella ya está en la senda de su destino piensa cosas como “quién pudiera” o “si yo la tuviera a tiro”.

Su lúbrica mirada es transparente y el idiota centrado en los otros siente que el calor que sale de su cuerpo le seca por completo la brillantina de su cabeza. Le parece, incluso, sentir el aroma a chamusquina de aquel producto derivado del petróleo. Pero decide que a él nadie le verá sufrir, qué va, en la vida, no les dará esa satisfacción, antes muerto.

Su mirada está dirigida de un modo tan claro en dirección al despeinado dormidor que la chica se gira, y al hacerlo, vuelve a ver el delicioso contenido de sus circunstanciales sueños.

Su sonrisa se deshace en una suerte de baba gelatinosa.

En este momento el idiota amargado dice que ahora vuelve, tiene que retirarse al lavabo, pero es un repliegue táctico, va a ver qué puede hacer porque esto ha pasado de castaño a oscuro.

La chica pregunta de un modo formulario ¿te las podrás arreglar sin mi, ¿cariñín?

Y aquel “cariñín” al idiota amargado centrado en los otros, le parece un nauseabundo revulsivo.

Ella se va en dirección al chico “monísimo” que al verla venir siente un poco de miedo, piensa “¿esa tipa estará enfadada conmigo?" No entiende porqué debería estarlo pero igual siente miedo y para aligerarlo se hace un chiste a sí mismo, un método de su propia invención que suele utuilizar con frecuencia en situaciones temerarias como aquella. Se dice a sí mismo “a ver, tío, si ahora te da un culazo” y a continuación ríe para sí “jo, jo, jo” y comenta, centrado en sí mismo “¡qué flipe la vida! ¡pa alucinar, de verdad!”

Ella, la rica herededa y futura diabética, piensa “pero cómo puede tener esa carita tan dulce... y cómo se hace el que no se entera, ¿será posible? Me lo voy a comer todito”

El durmiente de siestas la ve acercarse y le hace acordar en su progresivo acercamiento a aquella ocasión en que cruzaba una autopista y un coche venía de frente pero el no sabía si tenía que tirar para la derecha o para la izquierda, ¡qué flipe! Y se quedó quieto y todos saben que aquello fue un viaje impresionante, que el coche le pasó zumbando y todo eso, pero bueno ya lo saben todos eso... en fin...

Sólo que ahora el camión se le plantó delante y le dijo ¿qué, me dejas pasar? Y él pensó “esta tía debe saber que tengo aquello tan rico para viajar que ayer me trajo el Berto. Bueno, que le vamos a hacer.”

Y la deja pasar.

(Borges dice que la vida de un hombre está toda resumida en un momento, ¡que flipe! ¿no? Pues yo no soy quién para negarlo y menos con evidencias a la vista. Tal vez influido por las multiples lecturas de los interaccionistas simbólicos y también, porqué no, por las comedias de "nerds", he compuesto esta trama verdadera que me fue confiada por Amelia Haedo durante la toma de posesión de un presidente bastante aburrido de nuestro país.) ¿Cómo continúa la historia? Bien, el caso es que la chica heredera de la futura diabetes se sale con la suya y logra enamorarse furibundamente de aquel chico descuidado y amante de las siestas alucinógenas. Con el paso del tiempo, va corroyendo sus neuronas y le contagia sus gustos por la moda, según ella, “más exigente”; en fin, que lo convierte en un triunfador.

¿El danzarín? Ah, en cada reunión que podía recalcaba a quien quisiera oírlo que, si no hubiera sido por él, aquella pareja estupenda y maravillosa, jamás habría logrado conocerse.

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viernes, 20 de junio de 2008

Theatre de la Huchette, La cantante calva se representa desde 1948


El pequeño Theatre de la Huchette, donde se representa "La cantante calva", con una interrrupción de cinco años durante la cual se representó en otro teatro, desde el 18 de marzo de 1948. En la misma sala se interpreta desde 1957 "La lección", también de Ionesco.

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jueves, 19 de junio de 2008

La chica que volvió de la muerte para ir a bailar. Leyenda urbana. Héctor D’Alessandro

La chica que volvió de la muerte para ir a bailar. Leyenda urbana. Héctor D’Alessandro
Para Rafael Bayce, el maestro más extraordinario que he conocido.


En 1983 volví a narrar, como si se tratara de un común hecho natural, aquella narración tan conocida que escuché en diversas versiones a todo tipo de personas: compañeros de clase del colegio, del liceo, del bachillerato y de la facultad, personas conocidas en reuniones sociales más y menos informales, en todos los sitios volví a escuchar esa historia.
Luego se la escuché a una amiga que volvía de vivir tres años en Venezuela.
Entonces comencé a averiguar dónde mas se conocía, me movía, en aquella época por carta y a través de llamadas telefónicas. Logré ubicar la historia en Montevideo, Buenos Aires, Roma, Paris, Barcelona, Madrid, Lisboa, Caracas, Porto Alegre y un número indeterminado más de ciudades, casi todas occidentales. No puedo saber si esta leyenda existe en otros ámbitos y ahora ya es tarde para que me preocupe la investigación, me alcanza con estas confirmaciones para constatar una interesante regularidad.
Es la historia del hombre que conoce a una chica que levanta en la carretera haciendo autoestop (a veces en una fiesta o en una discoteca) pasan una noche "fenomenal", él tiene interés en continuar viéndola y aprovecha la circunstancia de que ella ha dejado en su coche un chal o un foulard o algún otro objeto que él pueda alcanzarle a su casa y que nunca es un zapato.
El tiene la dirección; ella se la ha dado.
El hombre va a aquella dirección y al llamar a la puerta sale una señora que reconoce el foulard como propiedad de su hija, que responde a la descripción que da el azorado caballero pero lamentablemente confirma que su hija murió hace cinco o diez años.
En el otro final, más macabro, la dirección coincide con la puerta de un cementerio, pero el hombre picado por la curiosidad entra y se le ocurre comprobar el número de piso o apartamento o planta que la chica le dio y acaba constatando que aquella cifra se corresponde con el número del nicho o tumba en que la chica, muerta hace años, se encuentra enterrada.
Un detalle adicional interesante es que cuando la chica sube al coche, en el caso de que se trate de un espectro que hace autoestop, he comprobado que el lugar siempre coincide con zonas de transito dificultoso, curvas cerradas, preferentemente neblinosas en invierno. Y con nombres calamitosos en algunos casos. “La curva de la muerte” en Montevideo. A las afueras de las ciudades casi siempre. A la salida en Caracas, en la curva de la Rabassada en Barcelona. También se trata de sitios donde ha habido muchos accidentes de tráfico. En concreto en Sao Paulo, se trata de una autopista donde no se puede frenar durante dos horas sin riesgo de provocar un accidente múltiple.
Ya lo sabe, si conduce no levante chicas vaporosas o fantasmagóricas a las afueras de las urbes.

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Algunos hechos extraños en la vida de Eugenio Ionesco. Héctor D’Alessandro

Algunos hechos extraños en la vida de Eugenio Ionesco. Héctor D’Alessandro

Entre los libros que no se vuelen a reeditar y uno tiene muchas ganas de volver a leer está “El hombre cuestionado” de Eugene Ionesco.

Mientras no lo publican me entretengo recordando pasajes. Sobre todo aquel capítulo tan impactante titulado “Algunos hechos extraños que me han sucedido” y que arranca con la frase: “El primero, nacer”.

Pero luego sigue con una retahíla impresionante de hechos, de los cuales recuerdo los siguientes.

Ionesco, como todos saben, era rumano de nacimiento y emigró y triunfó en Francia y en lengua francesa. Su éxito fundamental es el estreno de “La cantante calva” de la cual dicho se de paso ví en París la función diez mil no se cuántos, dado que lleva sesenta años representándose en la misma sala de manera continuada.

Pues bien, Ionesco, antes de vivir en París vivía en Bucarest y como todo rumano tenía una novia, con la cual se casó y vivió feliz. Pues resulta que en un parque principal que hay en Bucarest había dos gigantescos álamos y cuando él era adolescente y paseaba allí con su novia, al ir a pasar delante de aquel par de álamos centenarios, oyeron un ruido estremecedor que los dejó de una pieza. Se quedaron quietos y vieron cómo, delante de sus narices se derrumbaba uno de los dos álamos.

Pasan cincuenta años y vuelven de visita a Rumania con un permiso especial del gobierno comunista. Pasean por los sitios de antaño, incluso por la zona y el camino de los álamos. Cuando van a pasar delante del álamo solitario que allí quedaba, recuerdan la anécdota, ríen y pasan. Cuando han pasado oyen otra vez el conocido ruido. Se giran y ven cómo el álamo cae al suelo con gran estrépito.

Cincuenta años. Ionesco comenta: un segundo antes y un segundo después.

Durante esa misma visita a Rumania, dice Ionesco que se alojaron en un hotel de un pequeño pueblo. Un día, su mujer estaba haciendo la siesta y él salió al balcón para no molestarla. Ella se despertó y le pidió por favor que entrara. Él pone un pie dentro de la habitación y el balcón se desploma.

Un segundo después.

Recuerda asimismo que una ocasión cuando era niño estaba jugando en la sala de su casa y de pronto, sin que mediara acción alguna de parte de nadie, un jarrón o un cuchillo para el pan, (no recuerdo con exactitud el objeto) regalo de su abuela materna, que se encontraba en medio de la mesa estalla en multitud de pequeños trozos. La madre de Ionesco, que se encontraba allí haciendo labor de ganchillo o algo así, se lleva las manos a la cara y exclama: “¡Algo le ha sucedido a mamá!”

A continuación suena el teléfono y comunican que la abuela de Ionesco ha muerto.

Una vez, Ionesco se despierta y ha tenido una pesadilla. Soñaba que su madre se incendiaba y que él buscaba en vano por todos lados un balde con agua para apagarla y no lo encontraba, de resultas de lo cual la madre moría incinerada. Una vez muerta, Ionesco, en la pesadilla, se daba cuenta de que allí a su lado había un cubo lleno de agua al alcance de su mano y no lo había visto. Ese día, por la tarde, le comunican a Ionesco que su madre tiene unas intensas fiebres. Es domingo y es un país comunista. No aparece un médico por ningún sitio. Buscan y buscan, en localizaciones cercanas, en todas partes, nada. La madre muere. Luego de su muerte, todos en la familia cobran conciencia de su torpeza, pues enfrente a unos pocos metros vivía un medico y estaba en casa, y nadie se había acordado de él.

Para terminar, durante la guerra mundial, cuando los aliados intentaban avanzar hacia París desde el Mediterráneo, Ionesco se encontraba en Marsella. Las ofensivas de los yanquis desde el puerto y las contraofensivas de los nazis desde el norte de la ciudad se sucedían durante las veinticuatro horas. Por la noche había que sellar ventanas o directamente no encender luces para evitar balas perdidas o balas intencionadas desde el puerto de parte de los yanquis, en el lado que vivía Ionesco y su mujer y del campo contrario en la parte trasera del edificio.

Una noche Ionesco está charlando con otro escritor exiliado rumano en la sala de estar, preside dicha sala el retrato del poeta Paul Goma, el compatriota más admirado de todos ellos. La mujer de Ionesco los llama a cenar desde la cocina. Ellos charlando se dirigen hacia allí. Nada más atravesar el umbral de la cocina se puede oír cómo la metralla destroza los ventanales y un sinfín de objetos de la sala de estar.

Cuando logran recomponerse y comienzan a ordenar las cosas, ven cómo el retrato del poeta Paul Goma yace en el suelo, el vidrio destrozado y el rostro del poeta con un balazo en la sien derecha. Eran las cinco de la mañana, la misma hora a la que el poeta Paul Goma en París se suicidaba descerrajándose un balazo en la misma sien derecha de su retrato.

Hasta mañana.

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París. Héctor D’Alessandro




miércoles, 18 de junio de 2008

Historia de un Fayand. Héctor D’Alessandro

Historia de un Fayand. Héctor D’Alessandro

A fines de la década del cuarenta una muchachita pelirroja algo despistada y totalmente ignorante de su futuro, caminaba por la Ciudad Vieja. Estaba a punto de casarse y recorría tiendas en busca de objetos hermosos para decorar su nidito de amor.

En un comercio de antigüedades exhibían un Fayand; sólo uno. Estos objetos de porcelana o biscuit eran una pareja de seráficos pastorcillos; una chica y un chico. En aquel local tenían solamente al integrante masculino de la artística pareja. Un pastorcillo decidido, avanzando entre la maleza, un árbol a sus espaldas. Árbol que constituía la base del florero que realmente era esta obra de arte decorativa.

El pastorcillo de aquel Fayand me observó con su equívoca mirada algo hermafrodita durante toda la niñez, pues la bonita y despistada pelirroja de aquella mañana perdida era mi madre.

Durante toda mi vida escuché que aquella estatua florero "tenía historia". No sólo la acumulaba en su materia por sus antiguos poseedores sino las circunstancias que confluían en su presencia en mi hogar.

Parece que la misma mañana distante en que mi madre entró, agitada y feliz, en aquella tienda de anticuarios decidida a comprar aquel primor de porcelana, había estado, previamente, a preguntar el precio del objeto, otro señor casadero que cometió el error de no pagar una seña.

Aquel hombre, que era obstinado y agresivo, sintió durante toda su vida que había perdido la oportunidad de algo muy importante. Sintió que había dejado pasar una circunstancia significativa del burlón destino, y que no había dado la talla. Él también se iba a casar y quería aquel preciado objeto para su mujer, para su hogar, para sí mismo.

Aquel hombre trabajaba muy cerca de allí y había visto aquel jarrón–estatua–florero durante meses y siempre se había hecho la secreta promesa de adquirirlo. Nunca pudo imaginar que la mañana en que, intrépido, osó atravesar la puerta de cristal esmerilado e hizo sonar la campanilla del llamador, iba a ser justamente la mañana en la cual, aquel objeto sería comprado, unos momentos antes por una chica casadera que pasaba ante aquella vitrina por primera vez en su vida. Y que esta chica era su hermana menor; mi madre.

Mi tío nunca terminó de convencerse de los reales derechos de adquisición que mi madre –su hermana– tenía sobre aquel objeto. Obstinado, agresivo y supersticioso como era, creyó tener una suerte de derecho sobrenatural sobre la estatua del pastorcillo.

Desde aquella época lejana en que todo esto comenzó, siempre, en cada ocasión en que los hermanos se reunían, más tarde o más temprano terminaban por traer a colación el tema del famoso jarrón. Mi madre no deseaba ni tan siquiera iniciar la contienda; mi tío, en cambio, parecía intentar convencerla de que aquel objeto deseado y precioso, le pertenecía a él.

La polémica se zanjaba siempre del mismo modo.

Mi madre que decía: "Te lo dejaré en herencia".

Mi tío que contestaba: "Yo moriré antes que tú".

Ella que cerraba, diciendo: "Es igual, quedará para tus hijos".

Este diálogo repetido siempre igual se ve que se les grabó en la memoria a mis primos, pues con respecto al asunto del Fayand, se volvieron bastante rapaces. Siempre estuvieron en muy buenas relaciones con mi madre, la colmaban de obsequios en cada cumpleaños y cuando venían a visitarnos le echaban miraditas melancólicas y suspirantes al pastorcillo y siempre buscaban el modo de recordarle a mi madre aquel compromiso que, según ellos, de modo implícito había adquirido y que, al parecer, era inamovible.

Una de mis primas (también era mi madrina) a mí me daba la impresión de que se comportaba esmeradamente a propósito; con la intención oculta de acumular más mérito a la hora de la muerte de mi madre. A mí, todo aquello me hacía sentir incómodo, encontraba un regusto a insania. Parecía como si el objeto aquel tuviera un valor simbólico muy importante, como si fuera la sustancia emergente de algo oculto y malsano que no podía ser mencionado. Con el tiempo llegué a sentir que mi prima–madrina me repudiaba; como si yo le hubiera hecho algo muy malo. Esto lo percibía en el hecho de que cada año cuando me traía los regalos de cumpleaños, a pesar de entregármelos envueltos en un mar de besos, caricias y abrazos, me hacía sentir de alguna manera, con algún comentario o gesto imperceptible, como un deudor suyo. Como si yo le debiera algo.

Este hecho tan intangible lo comprobé un año en que me regaló un hermoso reloj. Yo ya tenía otro; ella debía de saberlo, era uno de inferior calidad pero que me lo había comprado yo con mi sueldo. Yo era joven y para mí un reloj era un reloj y nada más que eso, pero también intuía ciertos movimientos subterráneos que se iniciaba con el mero obsequio de un aparato para medir el tiempo.

Pensé, quizás irracionalmente, pero con una certeza inalterable. "¿Qué tiempo quiere que mida? ¿El mío o el suyo? ¿Desea, acaso, que sepa que hay un tiempo marcado por algo así como el derecho de destino? ¿Me está indicando, acaso, que el tiempo de "devolución" del Fayand se acerca?"

No lo dudé, regalé el reloj a una chica con la que salía en aquella época. Mi madre lo percibió y, como si ella se aliara secretamente a aquel misterioso designio, corrió a decírselo a su sobrina, mi prima y madrina que me veía como un obstáculo y que, al parecer, se creía legítima heredera del derecho sobrenatural de su padre sobre aquel jarrón.

Desde aquel día, mi prima no me habló más y, a la vejez de mi madre, se convirtió, por iniciativa propia, en su fiel báculo y compañera de todas sus horas.

*****

Cerca de mi casa, en el barrio en que nací, había otra tienda de antigüedades donde mi madre solía comprar diferentes objetos. La llevaba una señora llamada Tita muy simpática que había adoptado, para criarlo, a un niño moreno. Era la señora Tita quien le había explicado a mi madre el valor de aquel Fayand y lo había tasado en un muy alto precio, aclarando que si se consiguiera la pareja femenina del pastorcillo, el valor conjunto se multiplicaba por cuatro.

Yo escuchaba y consignaba los datos en mi memoria. De algún modo había tomado la inconsciente decisión de acabar con la maldita historia de agitación en torno a aquel objeto adorado.

Pasaron los años y me marché de casa, no sin resquemores y recelos. Había, entre mi madre y yo una historia insana que no llegaba a su resolución.

Un día estaba ante el ventanal de mi casa en la playa, dibujando y sonó el teléfono. Una aprensión, un temor, me sobresaltaron. Algo había sucedido con mi madre.

Así era. Estaba agonizando en el hospital.

Mi prima, que no había vuelto a hablarme, me telefoneaba, amabilísima, para comunicármelo.

La amabilidad de la última hora.

No lo pensé. Me monté en la moto con una inmensa mochila y fui directo a casa de mi madre. Como guiado por un designio fui a por el Fayand; yo también participaba en aquel juego preternatural.

Recorrí la casa de mi madre como con nostalgia pero con una gran lucidez. Revisé sus cartas, sus libros, sus bolsos, su ropa. Quise sentir el olor del perfume de sus ropas en los armarios.

Cuando sentí que me había despedido de todo, guardé el Fayand en mi mochila y me fui a ver a la señora Tita. Repentinamente supersticioso le dije: "no me gustaría que lo comprara nadie de mi familia; si puede no exponerlo en la vitrina le agradecería". Ella me contestó: "Esto ya lo tengo vendido; no necesito exhibirlo. Tengo clientes a los que alcanza con decirles "tengo un Fayand" y vendrán enseguida a comprarlo. Todo se hará en secreto; no te preocupes".

"Gracias", dije y, acariciando por última vez la fría materia de la estatuilla–florero, me despedí con gran alivio, como quien se quita un gran peso de encima.

Antes de salir, la amable señora Tita, me dijo: "Si sabes algún día quien puede tener la pareja femenina de este Fayand, te ruego que me lo hagas saber".

"Sí", le dije, "No se preocupe. Se lo haré saber". Y pensé "qué misterio, qué familia y qué destinos se habrán cruzado en torno a la pastorcilla por la cual parecía dibujarse como una nostalgia en la mirada del Fayand de nuestra familia".

"No se preocupe", agregué. "Si lo supiera se lo haría saber de inmediato. Ya me gustaría saber dónde está la pareja de este pastor."

Pero no lo sabía, como tampoco sabía quien sería el nuevo dueño de nuestro Fayand y, por supuesto, desconocía si esta historia terminaba aquí.

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