jueves, 4 de abril de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
Esta historia no se la van a creer pero es totalmente verdadera. Héctor D'Alessandro
Esta historia no se la van a creer pero es
totalmente verdadera.
Yo tenía las paredes de mi habitación cubierta desde
el suelo hasta el techo de papeles manuscritos, papeles impresos, cartulinas
con esquemas y estadísticas, frases destacadas en grandes letras, fotos, y recortes
tanto de periódicos como de revistas. Todo aquello contribuía a formar algo que
podríamos llamar “el esquema general de mi desarrollo profesional” y preveía un
desarrollo estratégico de tres años. Había escogido a diferentes personalidades
a las cuales yo admiraba y había rastreado cual era el camino que ellos había
seguido para tener éxito en la sociedad uruguaya y sobre todo qué “temas”
tocaban que hacía que su éxito fuera muy rápido sino que además estudié cómo lo
hacían para que su consolidación fuera consistente y cuál era el enfoque
utilizado más acorde a mi propio carácter, intereses y preferencias. Así, pude
determinar que un “opinador” profesional con formación sociológica o
antropológica que dominara el discurso hablado con pericia y que supiera
formular una hipótesis interesante y atractiva para cada ocasión en que se le
interrogara acerca de algún fenómeno cultural o social, tenía amplias
posibilidades de que se le escuchara y de que además se tuviera en cuenta su
opinión. Medía el grado de avance de esos “opinadores” por el volumen de
centímetros cuadrados que ocupaban en la prensa diaria y de este modo pude
determinar que cualquier persona que se lo propusiera y desarrollara a
conciencia estrategias de comunicación adecuadas y se esmerara en formarse en
el discurso hablado no tardaba en ningún caso más de tres años en implantarse
en la sociedad como una referencia obligada. Evidentemente, descubrí, lo cual
es un decir, que la aparición frecuencia en la radio apoyaba ese crecimiento y
una aparición en la televisión potenciaba toda la estrategia de modo
exponencial.
Cuando conocí
a Alejandra, ella se quedó pasmada al ver aquel plan de trabajo y cuando se lo
expliqué, asombrosamente, se anotó a la carrera, recuerdo que mientras la
desnudaba le dije: si todo sale como lo he previsto, en febrero de 1987 estaré
en ese sitial. Ella me gustaba y al tiempo la admiraba porque jamás se
planteaba obstáculos ante nada, se anotaba a todo. Recorrimos juntos el último
año que me quedaba para alcanzar aquella meta. Y cuando nos despedimos y cada
uno marchó por su camino, lo hicimos con una sensación de afecto incondicional y
de apoyo mutuo para el futuro realmente admirable. Ambos nos queríamos, ambos
nos deseábamos sexualmente, ambos nos deseábamos lo mejor para el futuro y
ambos sabíamos que no estábamos enamorados el uno del otro, éramos más amigos
que amantes, cada tanto nos reuníamos para hablar sobre cómo nos iba la vida.
El caso es
que durante aquel año y pico que estuvimos juntos vino con frecuencia a nuestra
casa, que era la mía, a estudiar un compañero de facultad que era funcionario
público y llevaba casado como diez años con la misma mujer, lo cual a nosotros
nos parecía asombroso y aburrido. Aquel hombre tenía un aspecto algo rancio y
su cabello descuidado estaba peinado según unos criterios de moda de hacía lo
menos veinte años. Su ropa opaca le impedía destacar y más bien parecía un
adecuado camuflaje en la ciudad gris. Cuando le preguntaba algo, miraba al
suelo y se acomodaba los lentes, unos lentes muy gruesos y color verde oscuro
en los cuales parecía buscar sus recuerdos cuando le hablabas. A todas luces,
una persona gris, opaca, tímida, introvertido y con un tono de voz extraño y
grave con el cual se daba unos aires de seguridad que seguramente no poseía; un
niño grande sin desarrollarse lleno de una voz engolada con la que se las daba
de hombre tremendamente maduro. Yo ya era un interrogador casi profesional y cualquier
persona acababa respondiéndome quién era y qué hacía y qué pensamientos
poblaban su intimidad. Información que me dejaba igualmente insatisfecho; no
creía yo que allí “estuviera” la persona, me daba la sensación de que las
personas no estaban realmente en ningún lado y que eran como un río siempre en
movimiento que se desplaza y cambia de forma de acuerdo al cauce que atraviesa,
con el agregado de que su paso va modificando el propio cauce. Un lío bien
grande que yo tenía en mi mente y del cual no sabía cómo salir, algunas noches
me abismaba dándole vueltas en mi cabeza como a un caramelo en la boca a una
frase de Alan Watts que decía “el ego es una tensión neuromuscular crónica”. Esta
afirmación tan asombrosa y que despertaba en mi muchas visiones de nuevas
posibilidades, no me permitía sin embargo, por sí misma, ver cómo era esa
salida hacia la ausencia de tensión y consecuente disolución del ego. La
conclusión era que ante cualquier persona yo me sentía en un estado continuo de
disolución que me impedía afirmarme de ninguna manera sólida y al tiempo me
impedía ver a nadie delante de mí con una solidez que me resultara creíble. Yo sabía
que detrás de cada supuesta “personalidad” había un mar sin fondo y sin forma o
al menos con formas temporales que sólo se debían a unas circunstancias pero
que por lo demás podían ser devueltas a la ausencia total de forma. Ya se
pueden imaginar que mi vida era lo suficientemente divertida, viendo a las
personas y a mí mismo de este modo, como para no aburrirme jamás. Están en lo
cierto, era así. El caso es sin embargo que con aquel hombre lo mismo que con
muchas otras personas yo rápidamente determinaba sus posibilidades y las
características de su personalidad “actual” y me quedaba tranquilo con ese
juicio que me formaba como si fuera lo más parecido a la verdad que yo
conociera. A mi manera yo tenía unos prejuicios importantes. Rápidamente despachaba
juicios sobre las personas y no volvía a pensar más en el asunto.
Así fue que
aquel hombre que realmente no me movía el corazón y que en cierto modo me
aburría fue haciendo un despliegue de su vida ante mí bastante previsible.
Casado desde hacía tiempo con la misma mujer, de vida normal y burocrática,
había encontrado, al volver a estudiar luego de muchos años, unos alicientes en
la juventud y en nuestro espíritu creativo que no pensaba que pudiera encontrar
dentro de sí; todo muy bonito, pero el tipo obtuso que había dentro de mí
seguramente decía algo como “Bah, un mediocre que finge cambiar, pero no va a cambiar
nada. Un puto deprimido de mierda; como tantos otros en este país de mierda.”
Mi petulancia no tenía límites.
La verdad es
que como a tantos otros lo veía arrastrar su depresión larvada ante mí con un
tono vital de convaleciente y con una voz cavernosa, triste y pesimista que
decía más o menos que cada día era peor que al anterior. Yo había decidido en
algún momento que no me interesaba la gente sin vida; y en ese sentido pensaba
que Cristo había querido hacer referencia a esto al pronunciarse con aquella famosa
sentencia que decía: “Que los muertos entierren a sus muertos”.
Pasó entonces,
sin pena ni gloria, aquel hombre por mi vida y realmente lo olvidé, además de
evitarlo una y otra vez cuando por casualidad me lo encontraba.
Y nunca más
le hubiera dedicado ni un solo pensamiento si no fuera porque casi cuatro años luego,
Alejandra me llamó un día y me pidió que quedáramos para vernos.
Estaba
preciosa y fuerte como siempre, una mujer espléndida que muchas veces me
preguntaba yo qué hacía conmigo cuando éramos pareja puesto que ella disfrutaba
de una suerte de integridad emocional y de carácter que la hacían no solo una
mujer muy deseada sino sólida para realizar con ella cualquier cosa con la
seguridad de que se llegaría seguro a buen puerto.
Pues ella
fue, con toda su solidez, quien de un modo raro vino a resultar testigo del
capítulo final de aquel hombre en mi vida.
¿Te acordás
de aquel tipo gris de barba y gafas tan gruesas que venía a estudiar con
nosotros? ¿No? No me extraña, vos no le dabas bola a nadie que no estimulara tu
imaginación; eso decías. Y aquel hombre parecía aburrido y la verdad se puede
entender tu pensamiento, cualquier otra persona, yo incluida, pensaría de ese
modo. Yo sin embargo, como hacía muchas veces, sí que fui a tomar un café con
él y a escucharlo y la verdad es que aquel tipo estaba en aquella época
cambiando y no sabía cómo acabar de hacer ese cambio; estaba como atorado o
algo así. Yo no sabía realmente como ayudarlo porque no estaba preparada en
aquella época, y ahora tampoco, para estimular a alguien a que haga cambios o
cosas parecidas y vos más bien eras un entomólogo antes que un ser humanos; vos
observabas bichos y los clavabas en su caja e vidrio con una aguja. Pues agárrate
porque te voy a contar probablemente la historia más asombrosa que te puedas
imaginar. Muchas veces aquel hombre nos compró a mí y a ti aquellos libros tan
buenos con los que yo aparecía y que vos me preguntabas de dónde los sacaba.
Vos me decías “me gustaría leer tal obra de Max Weber” y un día yo le había
dicho a aquel hombre que estaba juntando dinero para regalarte aquel libro y él
va y me dice que se lo muestre al libro, que vayamos a una librería y se lo
muestre. Y fuimos y el tipo compra dos ejemplares, uno para él y otro para
nosotros; “no le digas nada”, me dijo. Y así fue que en tantas ocasiones me
aparecí por casa con aquellos libros tan caros; él me decía vos pásame toda la
bibliografía que “el Maestro” quiera leer y yo la compro; te llamaba “el
Maestro” y no era irónico ni babosamente lameculos cuando lo pronunciaba, era
todo lo contrario, era un admirador sincero y directo de ti, pero no te lo
confesaba porque le daba vergüenza hacer el ridículo y al mismo tiempo le daba
también miedo de que lo echaras de tu lado; prefería seguir viniendo a casa así
medio como a escondidas, calladito y sonso que pasarse de listo y que le dieras
una patada en el culo por despedida. No era sólo un hombre con la autoestima
baja, decir eso sería poca cosa y sería decir nada, era un hombre que admiraba
el conocimiento y la sabiduría y quería apoyar en secreto, algunas veces me
dijo que quería hablar como vos, que te imitaba y que le encantaba hacerlo pero
que no lograba captar cual era el método para razonar que usabas. Yo le
expliqué en esa época algunos rudimentos de ordenamiento de los pensamientos
que había aprendido contigo para que el pudiera organizar sus discursos y sus
exposiciones cuando hiciera exámenes u otras actividades. Todo esto estaba
comprendido dentro de las posibilidades del cariño y la admiración. Así lo
entendí.
Luego dejé
de verlo cuando nosotros nos separamos y la verdad es que no pensaba verlo más
porque en definitiva era un tipo al que había conocido por ti y no frecuentaba
ni tu círculo ni el suyo. Tú te hiciste famoso según tu plan y empezaste a
vender muchos libros y a aparecer en la tele y todo. Y como un año y medio más
tarde un día me llamó por teléfono, no sé cómo había encontrado mi número, pero
me quería invitar a tomar un café. Fuimos y acabamos tomando café y luego de
mucha charla cenamos, para ese entonces me había contado tantas cosas que yo
sólo sentía curiosidad. Estaba tremendamente cambiado, usaba ropa de colores
más vivos y alegres, se había cambiado los lentes y se había rapado la cabeza.
Lo que intentaba sacar pecho y caminar de un modo que era totalmente artificial
y parecía ridículo. Estaba contento y me dijo también que lo había pasado muy
mal y que había sufrido mucho. A mí me pareció que el tipo realmente se había
renovado por completo y lo acompañé a su casa porque me quería mostrar no sé
qué libro y un cierto museo que había hecho a su pasado, como me inspiraba gran
confianza, concurrí. Su casa era como la de un adolescente, llena de posters,
se había divorciado al fin de aquella mujer a la que al parecer aturdió durante
un buen par de años hablándole de ti y
de mí. Imaginate, éramos sus héroes y él quería tener una relación con su mujer
como la que teníamos según él nosotros. No alcancé a entender a cabalidad cómo
se imaginaba nuestra relación, pero sí comprendí que la idealizaba lo
suficiente como para tenerla de aliciente. Esto quizás para ti sea normal, lo
digo por la cara que ponés, pero para mí era totalmente nuevo y asombroso y
algo extraño y por momentos perturbador; una persona a la que conoces te toma
como su ejemplo, como su modelo de vida, te imaginás qué responsabilidad. Y si
hacés una cagada y el tipo se suicida o algo así, ¿dónde empieza tu
responsabilidad? Sí, ya sé que me vas a decir que no tenés nada que ver con lo
que un tarado pueda hacer, que el tipo era grande y sabía lo que hacía o al
menos debería haberlo sabido. Pero aun así, vos lo tuviste delante muchas veces
y creías saber quién era o al menos qué hacía y cuál era el alcance de sus
ilusiones personales y cuales eran algunos de sus pensamientos más íntimos;
pero no, todo eso es una imaginación absurda, nada más, es imposible
llegar a suponer lo que el que está a
nuestro lado llega a imaginar o a ilusionarse, quizás nunca lo sabremos, vos
mismo me lo has dicho más de una vez que cuando te dicen “aquella vez que me
dijiste tal o cual cosa no sabés el efecto que aquello tuvo en mi vida, me la
cambió”. Vos sos un boca floja y a la vez un tipo de palabras duras y decías cualquier
cosa sin que te importe nada y después la gente se va con el ala quebrada por
las heridas de tus palabras y hace su evolución y luego se da cuenta de que le
hiciste un favor y eso está súper, pero con este tipo es diferente. Y sí, tenés
razón, que le den por el culo, si es tarado que se espabile solo, pero ahora sí
que va a alucinar. Porque aquel tipo no sólo tenía los libros que había
comprado parejos a los que te compraba a ti. Es que además tenía casi todos o
todos los libros que él había visto en tu casa y en una estantería separada los
que vos más mencionabas: Sobre héroes y tumbas, El tambor de hojalata, Luz de
agosto, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Las palabras y las
cosas, El astillero, Confesiones de una máscara, Ideología y utopía, La
imaginación sociológica, La dádiva, Música para camaleones, y de todos los
libros tenía un pasaje para decir en voz alta y una opinión que alguna vez te
había oído a ti. Ese tipo estaba loco, como enamorado de admiración por ti. Tenía
una carpeta llena de recortes de todo lo que tu habías hecho en los últimos
años; los recortes de prensa, todos. Todo lo que habías escrito guardado y
archivado por fecha, por medio y por temas. Los cuatro libros que publicaste,
autografiados por ti y puestos en una estantería exclusiva. Y ahora viene lo
más fuerte. Abrió un armario de ropa y tenía toda la ropa que tu tenías, una
copia exacta de tu vestuario hecho a su medida, se había comparado una copia de
cada chaqueta, de cada campera, de cada camisa, de cada camiseta y se había
hecho un agujero en el lóbulo de la oreja para colocarse un pendiente igual al
que tu llevabas en esa época cuando estabas haciéndote conocido. Me mostro una
foto, una foto de un año más tarde luego de que yo había dejado de verlo, y
tenía el pelo largo por la mitad de la espalda, como tú. Él quería ser tú, y su
mujer se cansó, empezó a discutir con sus jefes en el ministerio en el que trabajaba
y les contestaba cosas en la misma onda que te había oído hablar o discutir a ti.
Les decía a sus jefes del ministerio en que trabajaba que eran unos mediocres.
Y dice que los tipos lo miraban como diciendo: “Eso ya lo sabemos y ¿Qué carajo
importa?” Y que entonces le entraban ganas de matarlos a todos, de despertarlos
a todos. Eso mismo yo te lo había oído a ti decir cuando eras un adolescente. Él
estaba encarnando toda tu vida en un desorden raro pero certero. Le despertaste
toda la rebeldía que ese tipo a los quince ni a los veinte había podido
desarrollar, sólo siendo tú y estando cerca de él lo suficiente como para que
él aprendiera un poquito de ti. ¿Te das cuenta qué fuerte? Al final la mujer no
lo aguantó más, dice que lo llamaba por tu nombre queriendo ser irónica y que
en cambio de poder disfrutar del resultado de su ironía acababa aterrada por su
respuesta, sí, soy él.
Se moría de risa cuando me contaba esto, y me decía “¡qué
locura que medio, por dios!” Dice que le dijo a su mujer “andate a la mierda,
vejiga mediocre”. Y que ella se marchó segura de que acababa de librarse de un
loco que acabaría matándola. Para entonces, el tipo se vestía igual que vos,
hablaba como vos, de hecho me hizo una demostración bastante convincente. Y me
contó que empezó a salir por las noches en busca de mujeres y que tenía mucho
éxito actuando como él imaginaba que actuarías tú. Así fue que determinó que se
haría el loco en el trabajo para que le dieran la baja psiquiátrica, con todas
las cagadas que se había mandado en el último año y con la cantidad de testigos
que tenía, seguro se la daban. Se la dieron, con lo cual ahora estaba liberado
para entregarse a fondo a sus fantasías. Y en eso dice que una noche en que
llevaba ya más de seis meses de juerga corrida y teniendo unas comprensiones
poco menos que iluminativas de los libros que leía, dice que vio un reportaje que acababan de hacerte en un periódico
y vio que te habías puesto traje y corbata y que te habías cortado el pelo.
Dice que en
ese momento le dieron nauseas, se sintió mareado y que se cayó al suelo desmayado
y que estuvo así no sabe cuántas horas y que al levantarse se sentía
tremendamente débil y se fue al médico, que le dieron una inyección porque lo
encontraron muy descompensado y que se volvió a la casa caminando por la rambla
y que tenía ideas suicidas y que te odiaba, como si lo hubieras traicionado. Dice
que estuvo tres días acusándote de traidor y de hijo de puta sin alma. Y que al
fin salió de ese bucle mental no sabe cómo pero que de pronto comprendió que
vos eras vos y él era él y los últimos años le parecieron como un túnel largo y
oscuro por el que había estado atravesando y que ahora había vuelto a la luz.
No sé cómo lo hice ni que click se hizo dentro de mí, Alejandra, me decía, pero
de pronto comprendí que yo era yo, no sé decírtelo de otra manera. Me contó que
antes de esa ocasión, muchas veces había tenido ganas de llamarme y proponerme
iniciar una relación, pero que no se atrevió, y que le parecía que cuando
habíamos dejado eras tú el que te empezabas a traicionar a ti mismo. Que cuando
dejamos él no pensó que dejábamos sino que tú me dejabas y que al hacerlo
perdías realmente mucho y que no te lo perdonó. Y que para subsanarlo muchas
veces quería proponerme salir juntos y más cuando dejó a su mujer. El caso es
que cuando se dio cuenta, como él dice, que él era él, dice que salió a pasear
y que sentía que respiraba hondo por primera vez en la vida. Y sintió aún más
amor por ti, pero que sintió también vergüenza de la locura en la que había
estado inmerso todos estos años. Entonces decidió tirar todo a la basura y
comenzar de cero otra vez, pero antes de hacerlo, cuando ya iba a empezar
a acomodar todo para tirarlo a la basura
se dijo a sí mismo, “no, esto tiene que saberlo él, o al menos Alejandra, ellos
tienen que saber lo loco que estuvo y cuanto los quise en secreto y cuanto me
ayudaron sólo con existir”. Luego me preguntó si me parecía bien que te llamara
y te lo contara, que ahora ya sabía que yo te lo contaría más tarde o más
temprano y que eso lo hacía sentirse liberado pero que me parecía a mí. Yo le
dije la verdad de lo que pensaba, que no necesitaba mostrarte todo eso, que eso
era para él y que era su aventura, que muchas veces las personas que más nos
ayudaron no lo saben y todo puede permanecer en secreto y que si quería yo
algún día te lo contaría, pero que si no lo deseaba yo podría guardar el
secreto eternamente.
Él me dijo
que hiciera lo que me diera la gana y yo supe que te lo contaría. Que esta
historia aunque tarde también nos perteneció y aunque fuera en una suerte de
semiconsciencia también la vivimos.
lunes, 25 de febrero de 2013
Hechas la una para la otra. Héctor D'Alessandro
Hechas la una para la otra.
La mañana en que llegué tarde al aborto de mi
pareja, el médico, que era archiconocido en el Uruguay, Thevenet, me anunció al
darme la mano, “creo que las has cagado, a esta nena la has perdido para
siempre”. Y tenía razón, sólo que tardó ocho meses en anunciarme que no quería
continuar la relación conmigo; el primer mes yo sufrí de verdad, luego todo se
convirtió en una parodia del sufrimiento, yo era actor y actuaba en una obra de
mierda de Franklin Rodriguez que por algun extraño motivo financiero Restuccia
se prestaba a realizar nada menos que en la sala del Notariado. Rodriguez era
un buen hombre que intentaba mejorar como persona y como escritor y Restuccia
era una rata miserable que se arrastraba por dinero o por sus fantasmas
interiores aderezados con alcohol. Durante un tiempo yo creí en la puta patraña
de los “fantasmas interiores”; hay que entenderme, yo era muy joven y un lector
ávido de Ernesto Sabato, en ese sentido, mi cultura era muy superior a la del
gordo Restuccia. Yo continuaba en aquella obra de teatro solamente porque me
había comprometido a hacerlo; mi papel dentro de la obra era secundario y
altamente prescindible y mi novia estaba deprimida porque cuando anunció que se
iba del grupo de teatro, el gordo cerdo la llamó y le pronosticó, sabiendo que
ella era und depresiva, nada menos que un cáncer como premio por abandonar el
Arte, imaginate, abandonarlo a él, eso no se hace.
El caso es
que en este contexto, una nena preciosa empieza a desplegar sus labores de
seducción conmigo; yo no tenía un pene, yo tenía una antorcha encendida que
necesitaba meter en remojo continuamente para ver de apagarla; y no lo pensé,
además aquella nena me lo ponía fácil, ella sabía que yo tenía pareja y ella
también tenía pareja, aceptaba la situación. Ella era de Pocitos y mi novia era
de Carrasco, barrio contra barrio se disputaban mi antorcha; las diferencias entre
ellas eran claras. La de Pocitos iba a un colegio católico donde aprendía mucha
moral y la de Carrasco iba a un colegio ingles donde aprendía informática. El
resultado final de su lucha quizás hablaría de mí.
Mi niña católica
empezó a seducirme con el “Canto a mí mismo”, lo leíste me preguntó con voz
relamida y ese tono dulce que ponen las personas que quieren indicar que en
ellos solo caben los buenos sentimientos.
Yo había leído
el “canto”, claro, yo a los veinte años había leído todos los libros del mundo
que valieran la pena, y algunos ya los había leído dos veces. De los veinte a
los veintiséis me dedique a leer todos los libros de segundo orden de la
historia literaria, filosófica, psicológica y científica universal. No obstante
me dejaba recitar al oído aquel poema por mi niña; sus papás se habían ido a
Europa durante un año y aún quedaban seis meses de paseos para que ella y yo
utilizáramos la cama de sus papis. De modo que con toda comodidad me dediqué a
mendigarle sexo a mi pareja oficial y a disfrutar por la noche con mi amante;
mi pareja oficial no parecía darse cuenta de nada, además se creía mi cuento de
“mejor me voy a casa de mis padres, así tienes margen para ti y no te sientes
invadida” y todo este tipo de pensamientos espaciales. La verdad es que a casa
de mis padres no me gustaba mucho ir porque mi padre estaba en una residencia
de ancianos y mi madre estaba muriendo poco a poco de cáncer de hígado. Y a
veces en plena noche había que salir corriendo para el hospital con ella a
bordo de un taxi o de una ambulancia. Pero lo interesante de estar en su casa
era que mi amante podía venir a verme allí y pasábamos la tarde juntos y por la
noche nos íbamos a su casa. La muerte se había instalado en mi vida con
relativa comodidad; campaba a sus anchas haciendo estragos. Empezó por un
aborto en enero. Luego se estuvo mostrando en la continua agonía de mi madre y
la agonía paralela de mi relación principal. Mi novia también tenía una madre
con cáncer, sólo que la suya ya había muerto. Los iguales se atraen. Mi novia
era un bodrio depresivo; algunas tardes yo me cuestionaba severamente el hecho
de continuar con ella. La había conocido en las euforias de las fiestas del
grupo teatral y bajo las luces deformantes del alcohol, pero una vez instalada
en mi vida, era como una inyección de un narcótico plúmbeo. Todo en ella era
tristeza, aburrimiento, depresión y escepticismo. Le gustaba hacerse la inteligente
pronunciando frases sarcásticas que demostraran que ella estaba de vuelta de
todo y le gustaba la inteligencia fría y los poetas deprimentes. Yo tenía ganas
de decirle que aprovechara el aborto para escribir, pero me pareció demasiado
fuerte; de alguna manera ella convocaba ese deseo de dañarla, el propio gordo
Restuccia lo había hecho, le había hecho lo que ella consideraba un daño
irreparable de orden emocional. Eso no significaba que fuera a hacer algo con
aquel daño o que le fuera a dar una paliza al gordo ni nada, sólo que se tomaría
un par de valiums y medio litro de vodka y dormiría dos días. Yo no sabía que
estaba con una persona que vivía emocionalmente anestesiada hasta que una noche
me desperté envuelto en un aroma de cloroformo y tras recorrer toda la casa
pude determinar que ese olor venía de ella, de ella y de su cuerpo, las
personas que no se sienten a sí mismas parecen emitir un aroma parecido al del
alcohol, como si su propio cuerpo los anestesiara. Sentí asco. Y sentí que
aquel tipo de vida, negando las emociones no me gustaba, pero no hice nada de
momento.
Su tía nos
llevaba a pasear, íbamos al club de golf en limousine y todo tipo de cosas
aburridas, durante la cuales ellas tomaban whisky y yo coca cola. Un día me
entraron ganas de empezar a pegar gritos desesperados, era el momento de
alejarme y ella como si me leyera el pensamiento me dijo que se iba unos diez días
a Florianópolis, que si no me importaba: la verdad es que no me importaba. Me
dejó la llave de su casa pero no la usé más que para ir yo solo algunas noches.
Mi amante me miraba con odio y rencor, como si yo le negara algo muy importante
que le debía. Yo no sentía que le debiera nada; no iba a llevarla a
inspeccionar la intimidad de la otra por nada de este mundo. Jamás cometería
tamaño error.
Cuando mi
amor volvió de Brasil muy bronceadita, vivimos una temporada muy agradable y
cálida durante la cual hicimos el amor nuevamente enamorados. Yo me sentía todo
el tiempo el olor de ambas en mi sexo y en todo mi cuerpo, no sé cómo se lo
montaban ellas para no darse por enteradas. Yo me divertía mucho, la verdad, me
sentía más enérgico y feliz que un fauno, la vida me estaba dando todo el
placer de que es capaz y eso en una ciudad de suicidas como era Montevideo en
esa época era demasiado y quizás más de lo que puede tolerar la ciudad.
Mi novia me
hacía regalos y mientras yo abría los paquetes ella me observaba minuciosamente,
más para averiguar qué sentía ella por mí que para disfrutar con mis
expresiones de placer y agradecimiento. Todo con ella se volvió mortecino y
aburrido y dificultoso e intelectual, todo era objeto de análisis absurdos y
previsibles hasta el hartazgo. En esos días yo me di cuenta que en el intelecto
yo mantenía polémicas encendidas durante todo el día con Foucault y Raymond
Aron, con Borges, con Norman Brown y Elías Canetti, y cuando miraba alrededor,
a la tira pedos de mi novia o a mi madre y su puto cáncer y su prehistórico
malhumor, me sentía frustrado, impotente y desesperado, y de resultas de esta
combinación de emociones me quedaba literalmente mudo y sin saber qué decir
ante situaciones bastante elementales.
Un día me
llamaron por teléfono y me dijeron que mi madre había muerto. Miré a mi novia y
no supe qué decir. Ella, en el pasado, se había sentido relativamente aliviada
cuando su madre murió, por no ver más el dolor y por no recibir más dolor
procedente de su madre en forma de palabras ofensivas. La enfermedad es el
colmo de la insolencia egoica; la gente enferma se cree con más derecho que
antes a joderle la vida a todos a su alrededor.
El día que
murió mi madre nos fuimos al cine mi novia y yo y al salir, mientras esperábamos
un taxi, ella me dijo: “no, no vengas conmigo, no quiero que vengas a mi casa,
no quiero que vengas hoy ni nunca más. Siento mucho —pero una suerte de sonrisa
que nunca había visto hasta ese momento en sus labios me decía por el contrario
que no lo sentía en lo más mínimo— decírtelo en estas circunstancias, pero no
quiero seguir en esta relación”. Me lo tomé con bastante profesionalismo. Le
dije que la entendía pero que ahora iba a ir con ella a buscar algunas ropas
que tenía en su casa. Fuimos allá junte mi ropa y cuatro libros y antes de irme
agarré su puto teléfono de porcelana y se lo reventé contra la pared, vengativo
y rabioso, se asustó, creyó que a continuación le rompería toda la casa pero
no, me alcanzaba con romper un objeto, como las mujeres que rompen platos. Me
fui más enfadado conmigo mismo por no haber calculado que ella daría el golpe
en ese momento que por otra cosa. Sufría en el fondo, y en la superficie, para
qué lo voy a negar, pero la rabia me impedía ver bastantes cosas. Me fui a mi
casa y me tumbé en un sofá y estuve allí llorando toda la noche, hasta que me
cansé. Tenía bastantes motivos para llorar. Y al día siguiente iba a ir a ver a
mi padre, algo deprimente también, puesto que estaba totalmente ido y no me
conocía, estaba allí sentado delante suyo hablándole y me confundía con gente
que yo ni siquiera conocía.
Al amanecer
apareció mi amante, preciosa, se zambulló en mi cama y pasamos el día juntos.
Ella sí que me quería. Me contó que su novio la había dejado y se había ido a
recorrer mundo en moto y que me odiaba bastante por haberle alejado de su lado.
Por momentos parecía que yo sólo podía levantar oleadas de emociones fuertes
respecto de mi persona. Mi hermosa amante estaba muy contenta en cierto modo de
haberse liberado de su prometido porque según ella no iban a ningún lado ni
tenían ningún futuro juntos y ahora se le había ocurrido como de repente que
ella y yo deberíamos aprovechar estas circunstancias para irnos juntos una
semana a su casa antes de que volvieran sus padres y que yo le dijera a mi
novia que me iba de viaje.
Cuando dijo eso, caí en la cuenta de que no
le había puesto al tanto de mis novedades e inmediatamente el asesor loco que
llevo dentro de mi cerebro me soltó un grito espeluznante, me dijo ¡no le digas
nada! Y así lo hice. Nos fuimos a su
casa y desde una cabina fingí llamar a mi novia, que ahora era mi ex, para
comunicarle que me iba de vacaciones.
Pasamos
juntos ocho días, ocho días maravillosos que fueron suficientes para entender
que entre aquella chica y yo había un gran entendimiento sexual pero que ella
necesitaba algún otro tipo de compañía que yo no podía brindarle, yo no podía
estar pendiente de si ella estaba urgida de mimitos y caricias o chocolatitos,
de que le besara sólo el lado izquierdo hasta que se le despertara el lado derecho,
de prohibirle que coma pan y bebidas con gas; en fin, que aparte de haber leído
el “Canto a mí mismo”, su mentalidad básicamente estaba poseída durante las
restantes horas de la vida por una personalidad de gorda a dieta que se veía reforzada
cada vez que nos cruzábamos con un espejo en cualquier esquina o vidriera de un
comercio. ¿Tú qué dirías, que yo soy gorda o que estoy rellenita? Yo, a esa
altura, pensaba que en realidad era una pesada, pero no le decía nada de eso,
lo que le decía es que estaba buenísima y esto la dejaba contenta durante unos
veinte minutos. De esta manera, tan agobiante me fui dando cuenta en aquellos
días de que aquella chica y yo no teníamos nada que ver el uno con el otro y
que muy pocos puntos en común nos reunían; no sólo eso, es que me resultaba
tremendamente pesada, pero algo muy asqueroso dentro de mí me decía que me iba
a quedar solo, y me lo decía así, sin anestesia, con unos tonos melodramáticos
lastimeros que me quedaba solo como si se acabara el mundo para mí. Más que lástima
sentí asco por mi propia persona, se ve que tanta muerte y tanto final me tenía
medio atontado y no veía realmente la realidad, sólo aquellos aspectos
repugnantes de mi experiencia, los aspectos más mortalistas, por decirlo de
alguna manera. De modo que mi cabeza en esos días que pasamos juntos se dedicó
al rastreo masivo de personas y mujeres con los que sustituir esta persona y
esta situación absurdas.
Cuando
finalmente volvimos a la ciudad pasaron algunas cosas extrañas, yo la acompañé
a su casa y en el momento de despedirnos, una despedida bastante burocrática de
mi parte, como de bueno, ya nos veremos cuando me dé la gana, y luego me marché
a la mía y estuve horas ante el escritorio mirando la máquina de escribir y los
papeles que allí tenía y no lograba dar con mis propios pensamientos, no sabía
ni qué pensaba ni qué podía llegar a pensar, andaba muy, muy perdido, mi madre
hubiera dicho que estaba “en babia”. Y en babia me quedé hasta la noche. Momento
en que me encontré con una angustia dolorosa que me atacaba en la boca del
estómago y se distribuía por mi vientre como una suerte de animal etérico que
entraba en mí cada noche para amargarme la vida durante varias horas, hasta que
en la madrugada me despertaba llorando.
Una noche,
alguien daba golpecitos muy suaves en la puerta de mi casa y me asustó, me
levanté y fui a preguntar quién era; mi sorpresa se convirtió rápidamente en
desconcierto al oír a mi ex llamando con voz de pena. ¿Qué quería ésta, ahora?
Con gesto de súplica y mirada de cordero apaleado me explicó que venía a
pedirme un favor especial, que lo necesitaba pero que si yo se lo negaba lo
entendería; necesitaba dormir conmigo para sentirse abrazada y querida. Yo le
expliqué que no podía dormir con ella porque estaría toda la noche con una
dolorosa erección y así resultó ser. En la mañana se levantó y se fue con la
misma cara de aburrida pero con una sonrisa loca como si hubiera comprobado
algo muy importante que no quería compartir conmigo.
Esa mañana
vino mi amante muy decidida y al encontrarme en un estado que no lograba
entender me pregunto qué me pasaba, le conté que había estado con mi novia
durmiendo y que por poco no nos encuentra juntos. Como ella no sabía nada de
nuestra pasada ruptura supuse que le parecía de lo más normal. Dijo que bueno,
que no pasaba nada, que podíamos tener sexo. Y lo tuvimos, me desquité de la
noche anterior.
Me dijo
asimismo que faltaba poco para que volvieran sus padres y que debíamos aprovechar
al máximo. Estuve de acuerdo con ella.
Aprovechamos
al máximo los últimos días de soledad y la noche previa a la llegada de sus
padres me dijo que me los presentaría, que estaba muy contenta de estar
conmigo. Entonces fue que en un arrebato de sinceridad o alguna otra estupidez
por el estilo le dije que ya no estaba con mi novia.
Se quedó
desconcertada y sin saber qué hacer ni qué decir. Sonrió con una sonrisa
estúpida y su rostro se quedó definitivamente desencajado.
Al día
siguiente vino a verme a mi casa y me comunicó que me dejaba. Que no quería
estar conmigo. Que lo sentía mucho pero que no podía, que no sabía realmente
porqué lo hacía pero no podía seguir conmigo.
Yo pensé
que la muerte volvía a visitarme, y era verdad, aquel año también murió
finalmente mi padre, pero ahora me dejaba mi segunda chica, mi amante lectora
de Withman y yo estaba como alelado de incomprensión.
Recuerdo
que me fui a caminar por las playa y miré el mar y respiré hondo y miré al
cielo y reí, reí mucho por primera vez en el año y me dirán que parece mentira
pero por primera vez en mucho tiempo me sentía libre auténticamente, libre de
verdad de tanta mierda, de tanta mentira y de tanta estupidez.
Me fui para
casa dispuesto a ponerme a escribir, por primera vez en mi vida en medio del
caos general me entregaba con pasión a la escritura, algunos de los relatos que
escribí en esos días se continuaron editando durante los siguientes veinticinco
años o sea que yo realmente en esos tiempos había conectado co algo muy
profundo de mi corazón y del núcleo de mi vida.
Me puse a
escribir y desaparecí del mundo para todos, me puse a escribir sobre la muerte,
sobre el amor y sobre el I’Ching, sobre tantas cosas, sobre las casualidades,
pero ninguno de esos temas eran realmente temas sino auténticas obsesiones. Cada
tanto hacia un alto en mi escritura y miraba a mis esquemas pegados en papeles
y cartulinas en la pared y pensaba qué me depararía el futuro, miraba las fotos
de mis ex que se me había dado por poner en la pared y observarlas para
determinar de alguna manera que me había unido con ellas. Y un día pasó algo
extraordinario: vino a verme mi ex y a mí me dio la risa, pensé que venía de
nuevo a ver si podía dormir conmigo y en cambio vino a decirme que se había
enterado de que yo era un cabrón, que se había enterado que durante los últimos
seis meses de relación yo la había compartido con otra chica. ¿Qué tenía que
decirle acerca de eso?
Nada,
respondí, estoy cansado de todo eso, y ahora estoy escribiendo. Y cuando
escribo nadie más puede entrar a joderme la vida porque ahora sí estoy
conectado a lo más hondo de mí y allí no hay jueguitos posibles, así que le
pedía que me dejara en paz y que en el futuro con calma si quería hablaríamos.
Se puso furiosa, pero era más depresiva que otra cosa y se marchó tragándose su
mierda de estados de ánimo.
La ví que
se alejaba y entonces tuve claro que sólo podía estar con una si estaba con la
otra, que disuelta una relación, la otra se desharía por sí misma, cada una cumplía
un papel complementario en su vida más que en la mía. Porque en la mía había
habido dos mujeres a las que amé de diferentes maneras; en las suyas, la una
era la novia oficial y la otra la amante y en cierto modo eran complementarias,
no podían estar la una sin la otra. Habían sido creadas la una para la otra.
Busco novia que me deje. Héctor D'Alessandro
Busco novia que me deje.
Yo siempre me buscaba novias que acabaran dejándome;
las prefería de este modo porque así me ahorraba los malos tragos del momento
de la ruptura. No me gustan las cosas para siempre; y el caso es que desarrollé
un extraordinario sexto sentido para captar a aquellas mujeres locas por tener
una relación que en algún momento acabara; y de entre esta clase de mujeres me
llamó mucho la atención unas en concreto —sólo conocí a dos— que desarrollaban
un método extraño para que concluir, y ese método consistía en que veían mal
todo lo que yo hacía, hablaban mal de mí con sus amistades durante toda la
relación y en términos generales percibían elementos en mi personalidad que
hacía imposible la relación e imposible el soportarme y con un tono tomado de
las películas me anunciaban aquello que yo deseaba escuchar: “Mira, yo veo que
contigo no tenemos un futuro”.
A veces yo no
podía evitar dar rienda suelta a mi alegría interior antes tamañas profecías y
decía cosas como “bueno, al menos tenemos un pasado”. Yo creía que decía estas
cosas tan desagradables en un momento al azar pero no, el inconsciente humano
posee una sabiduría ancestral que funciona de un modo automático y muy preciso.
Cuando yo soltaba algo del tamaño de “al menos tenemos un pasado” o “siempre me
pregunto si alguna vez hemos tenido algo”, se desataba un mecanismo preciso en
un momento preciso que yo pude observar sólo luego con la perspectiva temporal.
Ese mecanismo que se desataba funcionaba más o menos así: la chica se había
atrevido al fin a plantear aquello tan dificultoso de decir que es ¿tenemos un
futuro? Llegar a pronunciar esas palabras a todas luces le había costado un
esfuerzo emocional titánico y muchas noches de insomnio; en ese momento ella lo
que deseaba es que yo intentara argumentar o luchar para demostrar que sí lo teníamos
y sólo con el objeto de negarme toda posibilidad de futuro, con el objeto de
negar cada una de mis argumentaciones, razonamientos y visiones. Yo le ahorraba
el trabajo y le infería gratuitamente un daño adicional, negaba, puesto a
trabajar, todo nuestro pasado. Es insoportable estar con alguien que te está
anunciando todos los días con el tono de voz amenazador de alguien que te pone
la pistola en la sien; pero más insoportable es que te nieguen todo lo vivido
porque niega que hayas sentido y en cierto modo y en ciertos grupos esto es más
o menos como negarte tu carácter humano, un carácter muy preciado en según qué
lugares y ambientes. Digamos que la jugada de este ajedrez emocional al que jugábamos
consistía en que le otra persona intentaba ponerme a justificar mi futuro y yo
la ponía en la situación más irritante de tener que justificar su pasado; como
si ellas se propusieran lograr que yo hubiera estado enamorado de ellas en el
pasado. Ponía yo, además, un sonrisita cabrona del tipo “no lograrás cambiar el
pasado”. Se puede afirmar que éramos dos enfermos en esa relación: ella me
negaba la posibilidad de alcanzar cierto nivel que ella arbitrariamente
determinaba y yo no sólo pasaba de ese nivel sino que negaba toda experiencia
pasada, negaba sus emociones a tal grado que ella se pronunciaba en frases de
este tipo: “Estás negando lo que sentimos”. Y ahí, notoriamente, me incluía en
una asociación idílica. Ellas no me aceptaban tal y como era y yo las negaba de
plano.
El resultado
de todo esto era que ellas, de cazador pasaban a convertirse en cazadas, como
si toda la aceleración que traían para hacerme daño diciéndome que yo no estaba
a la altura d sus promisorio futuro las continuara impulsando para seguir por un
camino de justificación y búsqueda de razones que venía a decir “nosotros sí
tuvimos un pasado”. Ya continuación comenzaban a intentar convencerme con
nuevas experiencias de que sí teníamos elementos armónicos comunes; se
entregaban a la creación de nuevo pasado positivo, y yo las dejaba crearlo
intentando no resultar muy expresivo ni convincente en mi participación. Ellas
creaban pasado de modo compulsivo y yo básicamente no creaba nada, que es lo
que suele hacerse cuando uno está contemplando el momento presente; yo no
acumulaba karma. Bueno, esto del karma es una broma de mal gusto a costa de mi
propia vida emocional, claro que lo acumulaba, mi vida era una mierda; pero yo
no me especializaba en herir a mi compañera porque sustancialmente acepto a las
personas. Todo era en realidad una puta manipulación, pero yo no sabía cómo
salirme del juego. Yo sé que ellas a mí me querían, me adoraban y sobre todo me
admiraban y sé asimismo también que algo compulsivo dentro de ellas conspiraba
contra mí a pesar de ellas mismas, algo dentro de ellas quería verme
destronado, fracasado, hundido, amedrentado, sucio, ilegal, con algo escondido,
humillado, despreciado. En resumen: ellas querían demostrar que yo no valía la
pena. Y al conocerlas, detrás del labio fruncido seductor, de modo inmediato vi
eso, como un cartel escrito en la frente y algo en mí muy adictivo tuvo una
erección y sintió que se lo iba a pasar bien con estas chicas y decidió que
valía la pena pagar el precio de la entrada porque prometían momentos de gloria, puede que tardaran más o menos en
demostrarse a sí mismas que yo era una mierda pero mientras lo lograban yo
disfrutaría de sus compañías respectivas; dependía de mí y de mi capacidad de
dosificar la entrega de mis virtudes ocultas. A cada nueva virtud secreta,
ellas tendrían un nuevo enemigo a derrotar, un nuevo farsante por
desenmascarar. “Este hombre no puede ser tan bueno, algo oculto tiene, yo
demostraré que no vale nada”. Esas parecían sus consignas. En algunas ocasiones
a mí me alcanzaba con fingir ocultar algo para que ellas picaran. El tamaño de
su deseo por demostrar que el mundo es malo y la gente peor era tal que
sospechaban en mí todo tipo de bondades a derrotar naciendo y multiplicándose en
mí como las cabezas de la hidra.
Una de
ellas se había inventado una suerte de complejo psíquico por el cual no podía
estar con ningún hombre; no sé si porque competían con su insuperable padre o
no, pero el caso era que había que escuchar cátedra a diario sobre las virtudes
de su padre. Un tipo autoritario y gritón que pretendía usar su tiempo de vida
para hacer triunfar los valores de la iglesia católica en unión de unas concepciones
más bien animales sobre el sexo reproductivo y ya que estamos con la metáfora
animal podríamos decir que propugnaba un cierto pastoreo perenne de los mismos
animales durante toda una vida juntos. Un tipo que sufría además por sus hijas
y por su mujer, o sea, alguien que siente lo que los otros y nunca sabes que
siente él mismo. Mi novia hablaba pestes de este hombre, a quien consideraba
muy retrógrado, y decía que por eso ella propugnaba la unión libre, que nunca
crearía un esperpento de familia como la de su padre. Esta era la parte que a
mí me convenía, luego venía la parte de la argumentación fuerte, que era cuando
decía que debido a que se había jurado a sí misma no unirse con nadie, no
podría hacerlo para siempre conmigo tampoco. Y finalmente venía la parte
totalmente compulsiva: el momento en que empezaba a encontrarme todo tipo de
defectos que me hacía repugnante a los ojos de su dios anti matrimonial y para
encontrarme defectos comparaba mis actos con los actos intachables moralmente
de su padre, a pesar de que el pobre, según ella, viviera en el error.
Este era el
momento en que mis risas se debatían con los asaltos interiores de mi propia
rabia ante el visionado de tanta estupidez. Pero la ficción me volvía idiota a
mí también. No podía decirle lo que realmente pensaba porque entones ipso facto
me declararía fuera de todo tipo de relación ella. Y yo quería prolongar
aquello todo lo que pudiera aguantar. Como se puede apreciar, era claramente un
tipo de relación bastante tortuosa puesto que se quiere en ella lo que no se
quiere y se detesta aquello que se quiere.
Quizás yo
fuera un tipo bastante obtuso o sólo demasiado joven, el caso es que no podía
pasar del odio al amor con tanta facilidad y si alguien me hablaba durante
horas y horas del auténtico desastre que era otra persona, aunque fuera su
padre, yo no lograba hacer ese viraje del cambio de opinión con tanta
facilidad. Yo tenía libertad de juicio para juzgar a mi familia y posicionarme
en un extremo o en otro y moverme o no; pero no lograba comprender a mi novia
cuando luego de quejarse toda una tarde sobre lo mal que lo pasaba
emocionalmente cada vez que tenía un encuentro nocivo con su padre soltaba muy
suelta de cuerpo que esa noche iríamos a cenar con aquel hombre tóxico. Mi cara
de pasmo y asombro se debía poder contemplar con extremada claridad porque me
decían de inmediato cosas como “no me pongas esa cara de pasmado, es mi padre”.
Íbamos entonces a cenar con el mentado señor y yo lo pasaba fatal, con
retortijones en el estómago; quizás en cierto modo yo era un abanderado de
aquella frase absurda que dice “lo enemigos de mis amigos son mis enemigos”. Me
lo tomaba muy a pecho; aunque también había cierto resquemor de competencia, en
el fondo aquellos señores, padres de mis amadas, eran el amor de su vida, el
hombre más admirable, etc, y claro, yo no soportaba la competencia. Y ellas lo
sabían con lo cual se tomaban venganza de mi borrado general de nuestro pasado
en común haciéndome aguantar a aquellos tipos execrables que yo jamás habría
escogido como amigos por propia voluntad.
Debo
reconocer a esta altura que de entre las chicas que siempre escogí para que me
dejaran, estas dos fueron las que emocionalmente más caro me lo hicieron pagar,
una incluso llego a poner la foto de su papá en nuestro dormitorio, no la foto
de sus padres, no, la foto de su padre mirándonos fijamente mientras teníamos relaciones
sexuales. Recuerdo que llegué a casa y entré a la habitación que teníamos decorada
con muy buen gusto y desde un ángulo, en concreto desde el ángulo de la
sabiduría, según el feng shui, nos observaba aquel caballero catalán con una
cara de orto insoportable. Aquello me desbordó por completo, ella reía con una
risa loca y cantarina, me estaba poniendo a prueba y era consciente de ello. El
caso es que tras los tres primeros tragos de veneno que tuve que pasar logre
componer mi rostro y mentalmente me imaginé algo imposible, imaginé que aquel hombre
repugnante participaba en una orgía con nosotros, que me daba por el culo a mí
y a su hija; y en medio de nuestra actividad, ella se percató de que algo iba
muy mal según sus predicciones porque de pronto paró toda intensa sesión de
sexo y me dijo ¿Qué estás haciendo? Yo me hice el pelotudo y le dije: “sexo”. Y
ella: “no, mentalmente qué estás haciendo”. Y yo: “te tengo a ti incrustada en
cada una de mis neuronas”. Y ella: “no, hijo de puta, no, tú estás haciendo alguna
cosa con tu puta mente de pervertido que me está haciendo sentir fatal”.
Entonces llegó mi momento: “quizás, sea, cariñito mío, que al haber puesto el
retrato de tu amado padre allí te perturba de alguna manera”. Me dio un tortazo
y me repitió que era un hijo de puta. La hipocresía funciona así, suele ser
proyectiva. La gente está todo el tiempo haciéndose cosa y negando hacer cosas;
sólo pueden ver lo que los otros supuestamente les hacen.
Entonces yo
decidí que ya estaba bien, que yo me iba a correr dentro suyo, porque me lo
merecía y que ella iba a llegar al colmo del asco. Como ella estaba sentada
expectante al borde de la cama a ver cómo continuaba la cosa, yo me levanté y
me dirigí al ropero y saqué un paquetito pequeño que traía en un bolsillo —ese
día me había regalado unos gemelos en la oficina— y los llevé a mi mesa de
noche, los coloqué dentro del cajón. El movimiento fue demasiado intenso para
ella; quizás la estaba cagando justo un día en que yo le traía un anillo de
oro, quién sabe. Todo esto me daba asco profundo asco en el fondo y nuestro
comportamiento me parecía el propio de los perros luchando por un hueso seco;
disfrutaba sin embargo de antemano sólo de imaginar el chasco que se iba a
llevar y la profunda y destructiva rabia que se le iba a instalar en medio de
su delicado estómago. Me dí la vuelta y empecé a mirar hacia la ventana
mientras con la mano acariciaba su espalda a modo de señal de acercamiento.
Se levantó
y se dirigió al cuadro, gimió un poquito en el camino, descolgó el retrato y lo
sacó de la habitación, lo llevó a su estudio y una vez allí incluso lo guardó
dentro de un cajón de su escritorio. Pasó por la cocina a buscar un vaso de
agua, volvió a la habitación muy despacio y lentamente, se acercó a la cama, se
acercó a mí por detrás y me abrazó, pronunció un “discúlpame” y se quedó allí
aferrada. Lástima, pensé, que yo sea en el fondo tan flojo, me corrió una
lágrima por la mejilla, ella entonces empezó a chupármela con intensidad y golosa
pasión; creo que en ese momento me estaba convirtiendo en su imaginación en un
macho, su macho alfa, o algo así. Si yo fuera un perro en ese momento, una vez
expulsado el retrato del antiguo jefe de manada, debería haber meado todo el
límite de la habitación, para que no entrara de nuevo esa nociva energía
adversa. Recuerdo que en ese momento pensé que aquel acto de afirmación,
marcaje de límites, dominio y sumisión, me aseguraba un año más de relación;
pero se ve que calculé mal o el precio que ella exigía era alto porque sólo
duró ocho meses más. Era agotadora, requería continuas reafirmaciones
simbólicas de que yo estaba a la altura y de que había futuro para nosotros. El
final sobrevino e manera inesperada pero no por ello menos “kármica”, digamos.
Su padre
murió y el día del entierro aquel hombre subió miles de puntos en las
cotizaciones emocionales; en medio de la orgía devota, recuerdo que ví entrar
en la sala del velatorio al que sería mi relevo, y lo supe, supe que aquel tipo
vestido como un dandi, con aire insolente, adinerado, fresco, intenso y al
mismo tiempo salvajemente sexual me iba a sustituir en el corazón de mi
insaciable amada. Supe por un momento que hacía tres años, a mí también se me
veía de aquel modo y al pensar lo decaído que estaba en ese momento, brilló en
mi cerebro un destello demoniaco, una luz que me mostraba el futuro de aquel
desgraciado. Me sentí aliviado y tranquilo; ella se puso muy inquieta, movía el
culo en el asiento, a mí me recordaba a las hembras de papión ofertando el trasero
al nuevo macho dentro de la manada y en cierto modo me excitó sexualmente.
Cuando sentí mi erección, ví que mi amada me miraba con reproche y yo miré al ataúd
y pensé “que te den”. Por primera vez en mi vida mi aguja sensoria estaba
funcionando como un indicador de presión e indicaba el fin y a la vez el
momento de arrancar de nuevo. Mi amada me pidió que la acompañara al lavabo,
fuimos y allí me hizo el amor con pasión desmesurada, yo no sabía si la
excitaba más el contexto que aquel nuevo hombre, pero la verdad es que me dejé
usar, estaba empezando a sentirme libre. No tenía que realizar ningún enroque
ni ninguna figura extraña del mundo emocional; no tenía que hacer nada. Y
durante el trayecto hacia el cementerio una sonrisa comenzó a dibujarse en mis
labios.
Ante la
tumba de mi suegro, la hermana pequeña de mi amada me miraba con una sonrisa de
complicidad, no sabía yo qué disfrutes internos estaba experimentando aquella
niña pero seguro que eran de algún orden emocional complejo. Se acercó a mí y
me agarró del brazo libre y me acariciaba la mano. Mi amada la miraba con
cariño y aceptación; probablemente era la única mujer que permitía acercar. El
dandi nos observaba desde lejos, inquieto y con una curiosidad ansiosa, pude
leer en su mirada la envidia por mi suerte entre aquellas dos mujeres.
Mi cuñadita
se acercó a mi oído y me dijo “gracias por ser tan buena persona”. No sabía si
decirle “de nada”; entonces la besé en la mejilla. Mi amor se soltó de mi brazo
para ir a saludar al dandi amigo suyo de toda la vida, y su manera de soltarse
acabó de confirmarme que nuestro fin se acercaba; que un día cualquiera de
aquellos ella pronunciaría al fin las dichosas palabras que comienzan con la
fórmula “tengo algo que decirte”.
Y si bien,
para esa ocasión yo ya sabía qué tenía que hacer: explorar las posibilidades de
extender el plazo para el final si asomaba cualquier posibilidad, o fingir
estar totalmente de acuerdo en concluir ahora mismo, con el objetivo real de estirar
la relación; generalmente las mujeres de mi vida cuando me muestro de acuerdo
en terminar ahora, entran en lucha y me dicen cosas como “Pero, ¿cómo? ¿Y te lo
tomas así de fácil? Ya está, ¿no hay más nada que decir? ¿No tienes ningún
interés en arreglarlo o en luchar por nuestra relación?” Y cuando ven que la
respuesta es un “no” absolutamente aséptico, una de dos: se tumban en el sofá o
en la cama, lo que tengan más a mano y se ponen quejumbrosas, y luego de un
rato de lloriqueo pasan al ataque con intensidad. Si les pasa por la mente la
sombra de la sospecha de que tengo otra, se lanzan a fondo y redoblan la
apuesta, duramos un año más, como mínimo. Ahora si yo me pongo humanista
pegajoso del tipo “cariño, yo te veo tan triste conmigo y tan mal que realmente
prefiero que lo dejemos para ver si nos aclaramos y descubrimos realmente que
nos pasa, etc” Estas memeces tienen mucho éxito social porque son emocionalmente
mentiras descaradas y entonces ellas se ponen dulces y me dejan ir en calma.
Pero esa
calma sólo procede de una mujer que auténticamente quiera sentirse y pensarse
la relación, eso también debo decirlo, de una esquiciada que me tiene sometido,
como me sucedió en dos ocasiones, a una competencia desleal con una imagen que
ella tiene dentro de su mente del hombre ideal no hay manera, sólo manipulación
y la manipulación mientras no cansa aporta intensidad. Y si ido esto es porque
aquella tarde en aquel cementerio vi que se acercaba el fin para mí en ese tipo
de relaciones, porque el cansancio que sentía en el cuerpo y en el corazón eran
inhumanos además de demoledores. De pronto cobré conciencia de que mi novia
chica se iba a ir con aquel dandi y que la posibilidad de mostrarme físicamente
por quién me había cambiado era para ella un premio muy muy grande como para
despreciarlo. Eso era lo que me la estaba quitando de encima realmente y para
siempre mientras yo reconociera que aquel hombre valía más que yo; por eso,
aunque su hermanita veinte años menor que yo me condujo de la mano hacia un
sector del cementerio donde empezó a besarme yo por primera vez en mi vida vi a
la mano la venganza absoluta y la garantía total de que le iba a joder el
pastel como nunca antes nadie se lo había hecho, rompiéndole su familia, puesto
que después de aquel sacrilegio, de pronto, me di cuenta que si iniciaba algo
con aquella nena, aquella familia se rompía por algún punto que abriría una
grieta definitiva y aun así no quise
manipular, me controlé y al hacerlo sentí que por primera vez en mi vida me
visitaba algo parecido a la sabiduría.
domingo, 24 de febrero de 2013
La chica más hermosa de la ciudad. Héctor D'Alessandro
La chica más hermosa de la ciudad.
En las familias donde hay competencia entre hermanos
—y ¿en cuál no la hay?— cuando un hermano o hermana asume toda la culpa y el
autocastigo de la familia, fracasa vitalmente y en muchos casos muere como para
demostrar el acierto de su desastroso camino; es una metáfora de la familia; por
el contrario, a veces surgen hermanos o hermanas que se rebelan y su sola
existencia se parece a un dedo acusador que señala con insistencia al resto,
estos han nacido para afirmarse y para vivir; la línea que separa a unos de
otros es tan delgada que a veces se juntan, unos y otros, creyendo que
pertenecen a la misma clase de personas; al final, todo es fracaso, es decir:
éxito.
Yo fui amigo
de la chica más hermosa de la ciudad: Anna Trilesinski. Una judía,
argentino-uruguaya hija de emigrados polacos. Segunda de tres hermanos, “la del
medio”, quizás por eso no sabía a ciencia cierta quién era, se buscaba en medio
de una enorme confusión. Había traicionado a su familia de múltiples maneras;
para empezar: no se había casado con un chico judío, y según sus propias
palabras “se pasaba por el forro” todo el tema de la religión; se había casado para
horror de su madre con un músico bohemio que se pasaba borracho o drogado y
fingiendo buscar a una musa que realmente no lo había visitado casi nunca. Al
fin, en cierto modo, le dio la razón a su madre, su padre se había adaptado a
la idea de que estuviera con un no judío, se la dio divorciándose y no
volviendo a hablar nunca más de aquel hombre; ella era de una manera que no
habló nunca más del hombre que le hizo daño; cuando lo mencionabas por
casualidad o porque alguien lo había visto en un bar en una sala de teatro en
una calle, ella miraba hacia otro lado y cambiaba de tema o continuaba hablando
de lo que fuera que estuviera hablando. A mí me gustaba mucho el carácter de
Anna, ella era alegre según me parecía a mí, y tenía un gran empuje, y además
tenía una cualidad que yo andaba investigando y era la siguiente: era una mujer
tremendamente seductora que cada día se llevaba un hombre a su casa, no un
hombre cualquiera sino hombres impresionantemente guapos y elegantes y jóvenes y
ella literalmente se los pasaba por la piedra, y ellos caían como pajaritos;
esto era algo muy impresionante porque mi amiga Anna, por mucho que yo la
quisiera —y parte de mi amor está aquí presente en estas líneas que ella un día
me pidió que yo escribiera— no dejaba de ser fea; a mí, que conste, no me gusta
calificar de este modo a la gente, feo o bello, pero es que ella era fea,
feaza, horripilante sin remisión, la mujer más espantosa de la tierra, un asco
vomitivo una persona que daba asco repulsión y a veces si te la encontrabas de
repente y de frente te llegaba a asustar si era la primera vez que la veías y a
sobresaltar y a asombrar si ya la conocías, porque era espantosa,
espantosamente fea. Eso es objetivo. Nadie podrá negarme jamás, no que eso sea
real, yo sé que está mal decirlo, y sé que no valoro a la gente según esos
criterios, y sé también que en aquella época, yo tenía un poco más de veinte
años de edad y quizás ese era mi modo de valorarla, pero todas las personas que
yo conocía y que a su vez la conocían, coincidían en usar el mismo calificativo
para referirse a ella. Fea. Por eso aún esta historia es el intento vano, muy
vano de recoger una sustancia evanescente y sutil que por suerte y quizás
gracias a un dios benévolo aureola nuestra vida. Y es que Anna, para mí, era
bellísima, con una belleza que emanaba de ella, de su persona, de su risa, de
su sonrisa, de sus alegrías, de sus enfados, de su tono de voz canchero y
agresivo a la vez, de sus tonitos de voz caprichoso. De toda ella emanaba una
belleza inhumana, quizás divina pero en todos los casos cautivadora. Eso era lo
que llevaba aquellos hombres tan bellos a su cama. Hombres que al día siguiente
como si quisieran justificar el haber tenido una pesadilla, confesaban a quien
quisiera oírlos: “Uf! Chicos, no saben a quién me tuve que coger anoche.” Luego
agregaban “es que estaba muy borracho”.
Los padres
judíos de Anna eran unos industriales de la confección que además eran
comunistas, una combinación nada inusual en el Rio de la Plata culto y
altamente político. Muchos judíos se fueron de Europa perseguidos por su raza y
por sus ideas políticas y luego se mantenían en sus trece aunque hubieran
cambiado de situación económica, además en Uruguay se aseguraban que la policía
política del partido impartiera orden en su fábrica, en cambio un sindicato
anarquista podría haberle roto las máquinas; pero aunque pudiera pensarse que
esa era la explicación real de su opción, no había que descartar un cierto
idealismo a lo Tolstoi presente en muchas familias criollas o de reciente
acriollamiento; nuestro humanismo es un cristianismo; si mi hermano está
sufriendo, yo no puedo quedarme cruzado de brazos. Fuera por lo que fuera,
conformaban una familia de lo más original y Anna adoraba a su padre y por la propiedad
transitiva aplicada a las emociones me adoraba a mí, dado que ambos cumplíamos años
el mismo día. Tenía nacionalidad de ambos países para poder cambiar en caso de
crisis económica, si convenía fabricar de un lado del río se fabricaba en aquel
lado, si había que cambiar se cambiaba. Sus hermanos varones, en cambio, eran
muy judíos, muy integrados en la colectividad y acataban todas las normas
sociales de recibo. Se habían casado con muy buenos partidos judías de la
colectividad y miraban a su hermana con una mirada mezcla de desprecio,
incomprensión y paternalismo. Ambos eran médicos y ambos tenían farmacia, uno
de ellos le dio trabajo en su farmacia; Anna no había estudiado. Desde siempre
había querido ser actriz, y llegaría a serlo y muy sonada.
Cuando acabó
la dictadura de modo formal, aún continuó varios años un cierto fascismo
ambiental y ciertos desmanes en el trato entre las personas y a veces también
de parte de los policías y los militares. Mis padres habían muerto y el crápula
de mi hermano, junto con su esposa y su suegro me habían amenazado con hacerme
matar para quedarse la casa de mis padres o bien meterme un paquete de cocaína en
mi habitación y hacerme detener. De ese modo se aseguraban de que me caerían
muchos años en la cárcel; esa amenaza en el Uruguay color rata fascista de los
años ochenta no era sólo una amenaza de unos locos muertos de hambre, era una
realidad posible de un infierno que me tenían preparado; casi cada día pasaban
cosas así en el Uruguay color de rata; mi hermano y su familia tenían muchos
amigos dentro de la policía y de verdad que podían joderme. Justo en esa época
fue que conocí a Anna y empecé a frecuentar su casa; ella me dio una llave de
la misma y también se encargó de divulgar a diestra y siniestra la amenaza que
pendía sobre mi cabeza con el objetivo de que si me pasaba algo, el mayor
número de gente estaría avisada de esa amenaza proferida contra mí.
Yo iba a dormir a su casa por la noche, ella
empezaba en la farmacia de su hermano a las diez y salía a las seis, yo me
tumbaba en su cama y miraba las cuatro paredes azul celeste de su cuarto y leía
a Borges y a Lawrence Durrell y sentía depresión y muchas veces un miedo en la
boca del estómago y en el ojo del culo que me subía por la espalda como una oleada
de frío. En la pared de su habitación había enmarcado un nombre de una chica
escrito y un teléfono. Macarena. A fuerza de mirarlo, memoricé aquel número, y
le pregunté más de una vez a Anna quién era esa tal Macarena; ella me decía “a tí
te gustaría conocerla, un día te la presentaré”. Anna pertenecía al mismo club
de hermanos menores indignados contra la crueldad extrema de los hermanos mayores.
De ellos decía: “Son unos nenes bien, la mar de hijos de puta. Unos putos
mediocres de mierda”. Yo no decía nada.
Las noches
que Anna tenía libre salíamos juntas a emborracharnos; hubo una noche en que se
caía y se arrastraba de tal manera por el suelo del pedo que había agarrado que
la tuve que llevar en taxi a la casa temprano. En el taxi empezó a meterme mano
por todos lados y a intentar besarme; yo la rechazaba con suavidad, pero al
llegar a la casa me empujó de tal manera sobre la cama y con tal gesto de furia
y con una cara demoniaca que puso que solo le faltaba meterse la llave de la
casa en la boca y tragársela para acabar de asustarme. Me marché, a mitad de
camino me alcanzó por la calle y me saltó encima; forcejeaba con ella a horcajadas,
ella aprovechaba que yo como hombre no podía usar mi fuerza a fondo y menos aún
en medio de la calle, sólo faltaba encima que viniera un típico vengador
uruguayo a gritarme “¡maricón de mierda metete conmigo si sos hombre!” y me
rompiera efectivamente la cara. Así fuimos caminando un buen trecho, hasta que
no pude más y me eche a correr y no paré hasta llegar a mi casa; para enterarme
ya desde la esquina que Anna estaba allí en la puerta de mi casa, pateando la
puerta y las ventanas y gritando a diestra y siniestra, salí de ahí maricón, suéltenlo
asesinos, hijos de puta, ya sé que amenazaron de muerte a mi amigo con sus
mierda de amigos milicos. ¡Hijos de puta! Algunos vecinos se asomaban y yo en
el fondo de mi corazón le agradecía a Anna, la chica más fea de Montevideo, que
publicando a diestro y siniestro el secreto, me pusiera a salvo.
Cuando me vio
se acercó corriendo y me dijo “perdoname, estoy del cráneo pero yo no quiero
hacerte daño, perdoname”.
Esa noche
dormí en mi casa seguro y casi podía sentir el calor que despedían las mejillas
de los crápulas de mis parientes.
Luego, un
día, mi hermano murió de cáncer y yo pensé esas cosas de mirá vos tanta amenaza
y cómo acaban, pero en el fondo estaba triste y desconcertado y asustado porque
mi hermano después de todo era muy joven y eso me acercaba la muerte de una
manera que no había imaginado.
Pasaron un
par de años y me fui de Uruguay “para siempre”; Anna justo estaba en Buenos
Aires y no la vi, pero ella me llamó a casa de Macarena, al fin un día me había
presentado a la chica del teléfono anotado en la pared y esa sí que fue una
relación hermosa que me devolvió a la vida y a las ganas de vivir y al valor y
a la fuerza y al entusiasmo. Eso, hasta que me fui. Me fui a España, a
Barcelona. Y durante muchos años no supe nada de Anna, hasta que un día, cuando
empecé a convertirme en un usuario de internet y aún antes de que se crearan
las redes sociales, la ubiqué a través de google, así me enteré de que al año
siguiente a marcharme yo había hecho una obra de teatro que se llamó “La chica
más guapa de la ciudad”, basada en un relato de Bukowski; un crítico de garra
exigente la elogió hasta el hartazgo, un tal Arias, creo. Eso era un éxito a
todas luces. Me puse muy contento porque me di cuenta de que mi amiga había triunfado;
lo que no supe hasta más tarde fue que aquel éxito la hizo profundizar el
camino de vida nocturna de alcohol y drogas por el que ya transitaba; supe que
hacía un programa de tele o una especie de obra de teatro que se llamaba “A la
cama con Anna”, que ese adefesio de obra o programa era una parodia de un programa
análogo de una gran vedette argentina muy bella. Eso me hizo pensar que
realmente Anna había roto todos los moldes y había ido mucho más allá de sí
misma y de su condición; ahora era realmente la más guapa del universo para mí.
Fue entonces
que le escribí un mail a Macarena para contarle lo que había averiguado y ella
se encargó de echarme un balde de agua fría por encima; Anna había sufrido un
derrame cerebral muy peligroso a raíz del cual le habían puesto una suerte de
tubo en el cerebro y como no tenía dinero se había ido a vivir a Israel para acogerse
a los beneficios sanitarios de aquel estado.
Comencé
entonces la búsqueda de Anna en Israel, yo soy muy bueno buscando gente, la
encuentro rápido. Y en cuestión de horas tenía un teléfono al cual llamé, me
atendió una voz gargajeante con acento hebreo, mi amiga Anna, que al oír mi voz
comenzó a chillar de alegría y a emocionarse, para empezar luego a contarme una
historia espeluznante e increíble en ella. Se había casado con un tipo para
ayudarlo a emigrar a Israel, trabajaba fregando suelos, y ahora ese tipo la
escupía a diario y le decía que era fea, un asco, una cosa repugnante y le
pegaba pellizcones y patadas y le retorcía el brazo y le recordaba todo el
tiempo que era un asco. Fue entonces que le dije que lo denunciara y se
divorciara y ella me dijo algo asombroso: “no puedo hacerle eso, le jodo la
vida, lo expulsan de Israel y pierde el derecho a la nacionalidad”. Eso era una
persona con la autoestima por el suelo, yo lo había conocido en España y sabía
qué era eso. Le grité por teléfono, lo anime a marcharse, a irse a liberarse,
no, era como el pajarito kafkiano que no quiere salir de la jaula. Fue entonces
que le dije: “¿y tu familia no puede ayudarte?” y ella respondió una respuesta
aún más absurda: “yo estoy aquí no solo para tratarme del caño que me
instalaron en el cerebro sino porque me traje cuatro millones de dólares de mis
hermanos, cuando el corralito, que están en una cuenta a mi nombre aquí en
Israel”.
Yo, al otro
lado de la línea, sentí que el corazón brincaba dentro de mí: “Entonces estás
salvada, agarrá unos cuantos miles y te venís a vivir a Europa tranquila y
rehacés tu vida”.
“No,
respondió, si les robo algo a mis hermanos, me mandan pegar un tiro. Fue lo
primero que me dijeron cuando me pidieron que les hiciera este favor”.
Entonces,
no pude más, le grité: “Anna, no seas pelotuda, habla con ellos, lo van a
entender, qué les va a hacer cien mil dólares y vos haces tu vida tranquila”.
“No”.
Su “no” era
un “no” tozudo y mortecino e incomprensible.
Agregó: “otro
día te llamo cuando no me puedan oír la conversación y hablamos largo y tendido”.
Esa promesa
me animó, yo pensé, bien, tiene un plan, lo que me decía era para que ese
marido que tiene la oyera, pero debe estar planeando algo.
Los
hermanos pequeños siempre nos tomamos la vida como si esta fuera un juego
porque en cierto modo eso es lo que ha sido para nosotros, siempre había que
disculpar nuestros errores o despistes porque en realidad estábamos jugando y
ese es nuestro derecho divino y nuestra carta de naturaleza. Eso pensaba yo,
porque yo pensaba que pertenecíamos al mismo club de los pequeños juguetones.
Días más
tarde me llamó para contarme llorando todo su drama otra vez, y así continuó
haciéndolo durante semanas, parecía que estaba hipnotizada o borracha de su
propio dolor y autoconmiseración. “Pobrecita de mí, parecía decir, no tengo
salida”. Y ella me decía, la única salida que me queda es irme contigo, a
España, y nos lo pasamos bien, ahí trabajaré de lo que haga falta y saldremos
adelante. Y yo le respondía, yo no necesito salir delante de nada y vos tampoco,
y aquí no tenés que venir a sacrificarte trabajando de nada. Lo que tenés que
hacer es hablar con tu familia y que te dejen agarrar parte del dinero que
tienen ahí escondido en tu cuenta y si querés venir, te venís, pero aquí a sufrir
y pasarlo mal no, nada. No te voy a dejar que vengas, y si venís no te voy a
recibir. Y al decirle esto ella en lugar de buscar otros modos, se encaprichaba
más y llegó un momento bastante desagradable que empezó a comportarse un poco
como un gusano pegajoso y a intentar sobornarme: “así me pagás lo que en su día
hice por ti. Así me das la espalda. Hijo de puta.”
“Andá a cagar, Anna, no me vengas con esas
mierdas, vos eras una tipa fuerte que triunfó en lo que quería y hacia lo que
le daba la gana y ahora estás en Israel fregando suelos de esclava de un hijo
de puta y tenés cuatro millones en el banco evadidos del fisco uruguayo. Si te
escucharas realmente oirías la descripción del monumento a la incoherencia
total, no podes negar el país de pelotudos del que venís, pero lo lamentable es
que te hagas la víctima y te lo creas. Anna, curate y salí adelante y después si
querés venía, pero así yo no pienso recibirte, estas hecha un trapo, vos no te
escuchás la mierda que estás diciendo. ¿Cómo podés hundirte así?
Luego de esa
conversación llamó a Macarena a Uruguay y me puso de vuelta y media, yo era un
cabrón y un hijo de puta desagradecido y un muy mal amigo.
Yo pensé y
le dije a Macarena: “ojalá que esa rabia le sirva para salir adelante”.
Y le
sirvió: volvió a Montevideo y montó un nuevo espectáculo y llegó a estrenarlo,
las malas lenguas que siempre se comunican rápido contigo para contarte
chismes, maledicencias y otro tipo de cosas desagradables me dijeron que no
había una sola noche en que no dijera que al ver la clase de mierda de amigos
que había creído tener, se había puesto las pilas y había emprendido de nuevo
el camino del éxito. Yo le escribí un
mail que no me contestó donde le dije: “Espero que no sigas con esa pelotudez
de que estás enojada conmigo. Yo te quiero y sigues siendo mi gran amiga, de
corazón, como siempre y si te hablé de aquel modo fue porque no quería y no
podía verte así: arrastrada. Te quiero y siempre te guardo en mi corazón y te
juro que un día tal y como me pediste contaré tu historia”.
Macarena me
dijo que no le había dicho nada de mi mail, pero que ya no hablaba más de mí,
que cuando alguien me mencionaba sólo guardaba silencio y sonreía de costado
como si se quisiera guardar un secreto que sólo ella conocía y al mismo tiempo
a través de su sonrisa quisiera que el mundo supiera que ella sabía más, sabía
algo que los otros no sabían.
Una noche
de ese año en que volvió a Montevideo, al volver del teatro se ve que el caño
metálico que decía tener en el cerebro no resistió la tensión y algún cable se
le rompió. Murió, murió muy joven y yo en la lejanía me sentí más triste y más
sólo y más ajeno a cualquier tipo de entendimiento, ¿por qué se muere la gente?
¿Por qué se mueren los buenos, ese bando al que todos creemos pertenecer? Y de
pronto recuerdo que mi cerebro alumbró una extraña idea, me dijo: “ella no era
una hermana pequeña, ella era la del medio, por eso quizás siempre estaba
confusa”.
Es posible, pero en el cielo de la
imaginación, para mí y para los que la quisieron y quieren recordarla con
cariño, ya siempre será la chica más hermosa de la ciudad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Comparte, citando la fuente, todo aquello que te guste, recomienda estos contenidos, comunícate
Todos los derechos están protegidos mediante Safe Creative.
Excelencia creativa en Coaching para Escribir.
Excelencia creativa en Coaching para Escribir.
o al
2281 78 07 00 (de México)





