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Buena parte de los relatos que están o estaban en este blog, se encuentran en el libro "La Profecía Tlön",que se puede comprar en Internet accediendo a la siguiente página www.bubok.com

Ahora mismo estoy desarrollando modelos de aprendizaje en los que combino mis propios descubrimientos con los modelos de la Programación Neuro LIngüística.

Primer descubrimiento: En 60 minutos cualquier cerebro puede absorber la información necesaria que le ayudara a entender cómo se crea por ejemplo "Rayuela" o "Sombras sobre el Hudson", en las siguientes tres horas puede absorber (y esto está garantizado) las destrezas necesarias para escribir esa obra que desea. Cuatro años de estudio en 50 minutos es una magnífica inversion. Excelencia creativa. Pregúntame:

hectordalessandro1@yahoo.es


miércoles 26 de noviembre de 2008

Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte. El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo. Héctor D'Alessandro



Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte.
El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo intelectual.
Héctor D’Alessandro

Ayer llegó a las librerías, anoche lo leí; lo que suponía, un bluff. Uno mas del Sr. Vargas. Seré breve, quizás en los próximos días lo relea y piense exactamente lo contrario.Se anuncia como un libro que analiza los sutiles mecanismos que relacionan vida y ficción. Esto es hacer de vicios virtudes, tras redactarlo el Sr. Vargas vio que a ese tipo de analisis del cual no puede escapar ("Orgia perpetua", "Historia de un deicidio", quizás el más escolar y simple de sus libros)es a lo que había llegado y lo justifica a posteriori con un prólogo muy muy aburrido en el que basicamente explica como se le ocurrió a él la novela "El hablador".
El caso es que este libro es una estafa en toda regla. Fue anunciado como un estudio del estilo de Onetti. No lo es. Para estudiar el estilo de alguien hay que poseer un estilo propio y Vargas no lo tiene, mal que le pese. El Sr. Vargas sabe crear espléndidas estructuras totalmente injustificadas por la trama. Ha aprendido a crear persones redondos con el paso de los años (muchos años). Pero su estilo aún no ha llegado, chupar un clavo, como dicen en Uruguay, posee más encanto para las papilas gustativas.
Sólo hay un pasaje en este interesante libro informativo (eso es lo que es) que va de la página 116 a la 119. Allí define la voz más usual de los relatos y novelas de Onetti como a una voz crapulosa, pero no le llama “voz” sino estilo.
Conocedor de sus carencias, el sr. Vargas se justifica al final del libro diciendo qué es lo que no quería hacer. Dice que “no es un libro de erudición” sino “una lectura personal”.
El Sr. Vargas es deudor una vez más de la vieja escuela de estudios literarios centrada en la temática y en la relación entre el libro y la vida del autor. Está enchalecado en sus propias represiones. Vargas, que a esta altura de la vida, con más números en el otro mundo que en este, no va a desarrollar un estilo que no posee y jamás lo verá en otro aunque se lo pongan señalizado y etiquetado. La pruieba de que este libro es un bluff, es que hasta llegar a la página 32 no se menciona a Onetti sino que se habla de una vaga teoría del narrador junto al fuego y el origen de la ficción y otras memeses en las cuales Vargas no cree pero ahora finge creer. El sólo cree en las ocho horas junto al ordenador.
Insiste mucho, Vargas, en que este narrador, Onetti, es valorado en su país, el Uruguay, por la izquierda y por la derecha. Una estupidez, es incomprendido a izquierda y a derecha y por ello respetado. La ignorancia se ha distribuido democráticamente en ese país. Lo que le sucede a Vargas es que a esta altura de la vida se ha dado cuenta que no posee un estilo, sus frases, las mas bellas, extrapoladas, no levantan vuelo. Es que el arte es un secreto a voces. Y Vargas lo conoce, tanto que ha escrito una obra maestra que se llama “La ciudad y los perros”. (¿Alguien recuerda algún personaje memorable de sus novelas?). Pero luego se le ha ocurrido querer meterse en todo. Por mucho que se vista de seda...
En fin, que el mundo ha cambiado de manos, las influencias culturales predominantes están cambiando de eje al igual que los polos financieros y Vargas no quiere bajarse del tren (lo cual es muy legítimo), no se va a fingir un izquierdista, pero está dando el giro táctico para reconquistar al público de izquierda que ya hace años lo crucificó. El caso es que fingirse inteligente analizando a un autor inteligente no le va a rescatar ni a un lector con cerebro, que estos seguramente jamás lo abandonaron. Son los mismos que saben que de aquí a cincuenta años Vargas será olvidado, se leerá “La ciudad...”, Se recomendará mucho como un libro menor “Pantaleón...” y de su obra ensayística literaria se recordará que se parecían mucho a unos ejercicios juveniles de estudiantes de bachillerato. “La verdad de las mentiras” será la excepción por su gran contenido informativo y por el acierto de algunos pasajes. El futuro siempre es de los mandarines, y Vargas no lo es.
Quien quiera aprovechar al máximo este libro, que vaya a la librería y lea las páginas indicadas en el tercer párrafo de esta nota. Así habrá aprovechado lo que Vargas aun puede dar y se puede ir a gastar sus 17,50€ a otra parte.
Este libro no obstante me ha hecho pensar, me ha hecho pensar que todos los juicios negativos acerca de la prosa y el estilo de Onetti son verdaderos, sí que es pastosa su prosa, sí que está afectada por las malas traducciones, sí que plagia mucho a Faulkner, pero aún así es el creador de un mundo, y lo es porque tenía una concepción de éste, negativa, pero concepción al fin, algo de lo que carece Vargas Llosa. Un autor extraño donde los haya, constructor de artefactos literarios de complejísima arquitectura no siempre justificada, un neoliberal a ultranza que podría continuar negando el derecho del autor a intervenir en la praxis histórica y política, mientras él, como buen derechista, lo hace junto a amigos como Aznar provocando a gobiernos legítimos con tácticas parafascistas, y ahora, en pleno malabarismo final, intentando dar un giro a la izquierda que quizás lo ponga en la posición más ridícula: la del que finge arrepentimiento.
Un mundo vacío, incluso cuando escribe ensayo, el del sr. Vargas, ni siquiera hay en él la suciedad que tanto admira en Onetti, un mundo de estudiantes que tratan acerca de temas pero nunca tocan la verdadera carne bullente de la vida. En el fondo quizás lo teme, quizás sea sólo palabras este señor, quizás nunca existió, quizás la CIA le escribió todas sus novelas para infiltrarlo en determinados sitios, como lo hizo con Jackson Pollock y sus cuadros, o quizás la explicación de todo esto sea lisa y llanamente que el Sr. Vargas que argumenta sobre Onetti con un informe del economista E. Iglesias es del signo de Aries, y no hay ninguna otra razón. Al fin y al cabo, en una encuesta ya antigua se demostró que a largo plazo (diez, quince años) los barrenderos de N.Y. acertaban más sobre economía que los más extraordinarios economistas.
Sr Vargas, no intente vender gato por liebre. Hace feo. Y usted ya es grande. Cuando quiera saber algo sobre “estilo” llámeme y nos tomamos un café; según la hora que sea, hasta quizás sea mejor que se pase por casa.
Un saludo.

H.D.

P.S. Si se me ocurre un nota que diga exactamente lo contrario, mañana la publico, si no, es que estoy muy ocupado leyendo a De Quincey.


martes 25 de noviembre de 2008

La vida privada de Bob Tormentas. Héctor D’Alessandro

Este relato forma parte del libro "La Profecía Tlön" de Héctor D'Alessandro

lunes 24 de noviembre de 2008

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo. Héctor D’Alessandro


Puedo darme todas las respuestas posibles.

Puedo preguntarme eternamente cómo supe que te querría.

Puedo preguntarme y responder con acierto acerca de un sinfín de cosas.

Pero me pregunto a cada instante qué me trajo hasta aquí.

Cómo llegué a esta ciudad, a esta costa, a este cuerpo palpitante que te desea.

Puedo responderme por ejemplo con una frase

Que estoy aquí por algo que desconozco

Por un destino anhelante de luz

Por una idea una frase una convicción.

Por una casualidad.

Preguntar por ejemplo al infinito murmullo de las rocas en la ciudad

A las palabras de sus poetas.

A los muros de agua que se desploman en la cambiante costa.

Cómo es que lo caminos me trajeron hasta aquí.

La respuesta ha de estar escondida en

una palabra una frase un verso que defina ese viaje

Esa búsqueda.

Quizás viajar consista en partir en busca de una frase

De todo cuanto es posible escribir en un muro, en el agua, en las líneas de tu mano

Escojo una

Sólo una que resume el sentido de mi arribo a estas costas a esta vida a esta palpitación constante

“Tots els camins son bons per fer camí”*.



*Este último, maravilloso, verso es del poeta Miquelt Martí i Pol

sábado 22 de noviembre de 2008

La mujer invisible. Héctor D'Alessandro (Este relato está en "La Profecía Tlön")

La mujer invisible. Héctor D’Alessandro. (Este relato está en "La Profecía Tlön".)


Estoy casado con una mujer invisible. Gracias a su peculiar característica, siempre estuve seguro de mis sentimientos amorosos. Si uno ama a una mujer que nadie ve, una mujer que uno mismo desconoce, entonces, lo que siente sólo puede ser amor, amor verdadero. Ningún juicio, ningún pensamiento, ninguna premisa o tensión puede afectar a mi constante amor y al sentido unívoco de mi pasión y mi enamoramiento.

Recuerdo que en el colegio, entre mis desaforados compañeros, se hablaba a toda hora, con niebla o con sol, de una mujer invisible, abocada a una vocación de inexistencia totalmente novedosa en la ciudad.

Cuando me lo comentaron, comencé de inmediato a soñar con ella. A toda hora. A imaginarla o mejor sería decir a no imaginarla. A vaciarla, casi sin darme cuenta, de todo contenido espurio, de todo defecto privado que pudiera alterar la natural armonía de una tan perfecta relación.

Durante muchos meses, antes de conocerla, o mejor sería decir, antes de estar delante de ella por primera vez, me entregué a la nada agotadora tarea de soñarla y soñarla, vestirla cada noche con una características líquidas como el agua y evanescentes como la niebla. Ajenas como el alma del vidrio. Nada en ella se opuso a mi tenaz sueño de perfección.

Cuando nos conocimos todo fue arrebato, hablaba yo y escuchaba ella, viajaban acompañando a mis palabras las más excelsas y depuradas emociones, las captaba ella y me las devolvía con frases envueltas en gasa, escoltadas por varios escuadrones alados de querubines y otros seres de algodón celestial.

Llegué a llorar por las noches con refinada angustia sutil ante tanto primor de amorcillos que iban y venían de mi corazón al suyo y del suyo al mío. Florcilla, le decía yo. Junquillo salvaje de mi corazón, me decía ella. Y nos revolcábamos en este amoroso algodonal con gozo y con liviano encanto.

Nada diré del día que hicimos el amor la primera vez. Me fundí en ella hasta desaparecer yo, dando brazada tras brazada en aquella natación seca encima de la cama. Y al día siguiente le comenté que me había parecido, por un momento, que me había vuelto invisible. Sí, respondió, esto es contagioso.

Yo sé que otro hombre menos enamorado que yo se hubiera puesto hecho una furia, pero yo era todo azúcar y el deseo de desaparecer dentro de ella era mayor que cualquier otra cosa en este planeta. Yo la amaba como nadie puede llegar a imaginarlo. Ya sé que decirlo puede parecer fácil, pero deberían saber que, primero, no hablo en vano, y, segundo, mi amor por ella supera lo meramente humano, algo que me parece por otra parte, una auténtica birria comparado con los sentimientos que surgieron en nuestra unión.

No me importaba, verdaderamente, volverme, yo también, invisible.

Habíamos desarrollado una compenetración tan enorme que yo cerraba los ojos, como suelen hacer los niños, que piensan que porque ellos no ven el entorno, nadie en el entorno puede verlos a ellos. Yo cerraba los ojos como si esto me volviera invisible. Esa era la esencia de nuestro amor, podía uno abandonarse frente al otro seguro de que nada malo se vería y seguro también de que todas las potencias de la imaginación estaban prontas para exornar al otro con los más hermosos colores de las galaxias. Vivimos un sostenido orgasmo perpetuo del cual, como si se tratara de una fulgurante cabalgadura, no queríamos bajar. Nada me importó la novedad de que, más tarde o más temprano, yo también sería invisible.

No sé en qué año bisiesto dejé cerrados para siempre mis ojos humanos. La oscuridad se convirtió en mi naturaleza y todo en mi fue salvaje. Algo extraño sucedió, como si el ahorro energético al dejar de ver y ver y ver el mundo y sus cosas, por su propia falta de uso se desviase, igual que el curso de un poderoso afluente fluvial y se hubiera ido a reforzar con potencias huracanadas a la corriente central de la vida que vivíamos. Entendí que en la ausencia de forma residía la creatividad más absoluta y que aquello es lo que esa sabia mujer me había enseñado durante nuestro ya largo matrimonio.

Nuestro amor se reforzó y el alma de vidrio de nuestra relación se tornó no sólo ajena al mundo sino omnipresente en el mismo. Nuestro mundo de amor, ajeno a este mundo, lo pobló a toda hora. En la ciudad, la gente temía o sospechaba o creía que estábamos caminando por los alrededores de sus vidas con el objetivo de espiarlos.

Creo que fundaron, incluso, una religión basada en nuestra omnipresencia.

Aquello produjo enormes temblores líquidos en nuestra alma transparente, la risa que llegaba como un desbordamiento de nuestros ríos interiores. Pero nuestra compasión no se desplazó hasta el prejuicio. Si tanto cuesta que la gente ame aquello que no se ve, cómo nosotros, navegantes de todas las transparencias, íbamos a juzgar a quienes creen en lo que no puede verse.

jueves 20 de noviembre de 2008

Trabajo de parto. Héctor D’Alessandro


Trabajo de parto. Héctor D’Alessandro

Recuerdo una noche que iba con mi novia en un taxi hacia mi casa; teníamos unos dieciocho años de edad. En el taxi nos pusimos a discutir con el taxista sobre si podíamos fumar o no, aquella discusión con el conductor aligeró la que nos traíamos entre nosotros desde la tarde muy temprano cuando habíamos salido para ir al cine.
Bajamos del taxi discutiendo y del mismo modo entramos en casa. Saludamos a mi madre que andaba por allí haciendo sus cosas y que, al pasar, nos preguntó si queríamos comer algo.
Terminamos de reconciliarnos en el baño. Donde hicimos el amor y rompimos el tendedero de la toalla y un vaso de vidrio.
Al salir fuimos a la mesa donde mamá nos esperaba con una sonrisa de picardía y complicidad. Pero el caso es que mi novia no soportaba tanta libertad y en cierto momento no sé qué le pasó que decidió marcharse.
Me levanté para acompañarla, mamá me dijo que al día siguiente esperaba que reparara lo que había roto en el baño.
Esto acabó de mosquear a mi novia y discutiendo fuimos hasta su casa. No quiso acabar la noche reconciliada, por lo que volví, supongo que preocupado.
Me puse a ver la tele y a comer. Mamá me miraba, estábamos sentados a oscuras, bañados por la azulina luz catódica. Se acercó y me abrazó y me besó y me preguntó si me encontraba bien.
Le dije que estaba asombrado por un misterio que siempre se repetía del mismo modo. ¿Cuál es? Lo más importante, para bien y para mal, me sucede en los baños. Y no entré en detalles, aunque ella dio a entender que captaba. Reflexionó por un momento, mirando al suelo, y tras unos minutos de pensar, con esa habilidad que tenía para decirte algo que luego, pasado el tiempo negaba haber dicho y realmente desconocía haber dicho, soltó: “Es normal, tu parto comenzó en un baño. Yo pensé que tenía ganas de orinar y demás... y empezó tu parto”.
–...
No sabía qué decir. Mi madre siempre me sorprendió y sus opiniones, aunque parecieran locuras, eran los más natural para mi que pudiera existir, y lo que compartíamos con mayor energía, lo que nos convertía en un par de locos a los ojos de papá.
Se ve que la miré con cara de pasmo, porque me besó y se levantó para irse a dormir; era muy histriónica, le gustaba soltarte una frase intrigante y largarse para que la pensaras.
–Y tu crees que... –comencé.
– No lo creo, estoy segura. Y ya te contaré mañana cómo el parto continuó en el taxi y los momentos que le hicimos pasar al conductor.

Xenia. Héctor D'Alessandro

Xenia. Héctor D'Alessandro

Xenia siempre me ha estado enloqueciendo con sus cosas, sólo el amor, pienso, a veces, puede soportar ciertos hechos y el arriesgado desplazamiento de la experiencia hasta ciertos límites.

Cuando la conocí me dijo:

–Tú me querrás, un día me querrás de un modo arrebatador.

Y yo pensé “vaya niña más petulante... entrarle a una persona de ese modo”.

En el fondo, lo que le envidiaba, era su seguridad.

Xenia, debo decirlo, me levantó en momentos de desánimo y me empujó hasta límites inconcebibles de la experiencia. Me mostró maravillosos caminos desconocidos.

Y un día en que yo estaba como aquel que dice ya sin salida, me abrazó y me dió unos pellizcos cariñosos. Quizás fue aquello, no lo sé, el caso es que rompí, por ella, con todo y fui mucho más allá de lo que siempre había imaginado. Más allá de lo que mi familia me pudo enseñar y mucho más allá de los condicionamientos infranqueables que esto implica. Por eso nada me asombra en Xenia.

Recuerdo el día en que invitó a salir a Gustavo y me dijo que me daría una sorpresa.

Recuerdo como si fuera ahora, que fuimos al Maremagnum, que estábamos en una terraza bastante turística, de las que no me gustan, y que, cosa extraña, corría un aire fresco y que Xenia me dijo:

–Laura, quiero tener un hijo.

Luego Gustavo nos convenció para que fuéramos a un seminario de autoestima con Bob Mandel y entonces comenzó la locura total. Xenia escuchó en aquel seminario, que ciertas tribus africanas convocan a sus hijos con canciones, que mucho antes de que nazcan empiezan a cantar debajo de un árbol para atraer a aquella alma y convencerle de que “baje”, hacerle grata la venida a la tierra. Después, determinados síntomas, indican que el alma ha deseado ese emprendimiento y la chica queda embarazada.

Cantamos los tres durante todo enero de aquel año. Xenia se descubría un día síntomas por la mañana y los síntomas se desvanecían por la noche. Entró entonces en un ciclo de extenuación que la dejó casi muda, el cansancio le impedía hablar. De alguna manera me estaba dejando descansar, no es que yo me opusiera, pero también me encontraba agotada.

Una noche, se levantó a orinar –esto lo supe luego– y dejó la luz de su mesita de noche encendida. De pronto en mis sueños, comencé a oír unos gritos lejanos y me levanté alarmada, mirando a un lado y otro, buscando la procedencia de los gritos y tratando de discernir su significado. Cuando llegué al baño, Xenia, estaba sentada en el banco azul y rodeaba sus hombros con las manos y lloraba de felicidad. Miraba al frente y repetía como una loca “está aquí, está aquí, ya está aquí”.

Busqué el predictor, pero no había ninguno. ¿Quién está aquí? Ella, dijo, ella ya está aquí.

“Estaba sentada aquí, estaba orinando y de pronto, como si un algo, una presencia hubiera pasado, muy suave y delicado, muy dulce, se presentó aquí, delante mío, sentí que en el cuarto de baño había alguien más. La sientes ahora, está aquí, está aquí”.

Nos costó dormir aquella noche. Tres semanas más tarde el predictor pudo establecer como verdad aquello que Xenia había visto tan claro. Y unos meses más tarde, la ecografía nos mostró que "ella" era, efectivamente, una viajera.


martes 18 de noviembre de 2008

Semillas. Un relato de chamanes y ayahuaska. Héctor D’Alessandro

Este relato está incluído en "La Profecía Tlön" de Héctor D'Alessandro

lunes 17 de noviembre de 2008

Pluralidad de mundos habitados. Héctor D’Alessandro

Este relato está incluído en "La Profecía Tlön" de Héctor D'Alessandro


jueves 13 de noviembre de 2008

El precio. Héctor D’Alessandro

Este relato está en "La Profecía Tlön" de Héctor D'Alessandro


lunes 10 de noviembre de 2008

El chico superdotado. Novela de aprendizaje. Héctor D’Alessandro

El chico superdotado. Novela de aprendizaje. Héctor D’Alessandro

Para Ana Guerberof

Sí, es sobre mi que se han escrito tantas tesis (algunas incluso antitéticas aunque traten del mismo objeto), basadas en mi caso han hecho afirmaciones de carácter general. Algunas del más puro estilo de psicometría de coeficientes y otras de tipo espiritual, mencionándome especialmente como un claro caso de niño índigo; menciono estas por mencionar dos extremos.

Pero sea cual sea la explicación más plausible el caso es que respondo a todos los protocolos establecidos a partir de la experiencia clínica o esotérica acerca de los niños superdotados: sí, me aburrí infinitamente en el colegio, aburrimiento que solventé o sustituí entregándome a la crucifixión de ardillas, el empalamiento de ratones y la muerte por lapidación de gorriones emparedados entre dos ladrillos. Como luego, de adulto, no asesiné a nadie –aunque algún que otro elemento humano lo merecía– el argumento de los individuos zoológicos muertos entre mis manos con refinados o toscos métodos se adicionó a la explicación plausible de mi genialidad. En caso de que hubiera continuado con mi carrera de asesinatos pasando de la escala de los llamados animales “inferiores” a los primates “superiores”, hubiera primado en la explicación de mi “caso” esa idea absurda de que si uno comienza a andar un camino necesariamente llega a algún sitio significativo o ese otro –para consumo de ancianas asustadizas– de que si uno comienza fumando un porrito acaba tomando crack y violando a la hermana menor de edad. Lo que explicaba mis virtudes acabaría convertido en el mismo argumento que explicaría mis defectos.

El caso es que, puestos a confesarnos, sí maté a un ser humano, pero tuve a bien hacerlo en una edad no punible por la ley, que es lo que debería hacer todo chico de buena familia que aspire a casarse y llevar una vida con derecho a disfrutar de domingos tranquilos. Quien aprende esto, acaba por aprender que lo mejor es no salirse nunca de la ley y, una vez crecido, utilizar todos los recovecos que la propia ley cede como espacios para atravesar los feroces desfiladeros que la vida en sociedad nos propone. Por ejemplo, si eres ex compañero de clase del actual presidente de tu país, pídele que te ponga en una compañía estatal que se vaya a vender y que tu puedas sacar suculentas comisiones legales. Y si la generosa ley que te permita acceder a esas comisiones no existe, le pides a tu amigo presidente que la cree para ti. Esto es inteligencia.

Pero no es el tipo de inteligencia que, aún conociéndola, yo ejercité. La mía es de otro tipo. Y la primera vez que la puse en práctica fue con aquel hombre al que maté. Yo había leído un cuento de Borges en el que dos hombres se enfrentan a cuchillo a raíz de una discusión sobre una partida de naipes. Borges observa algo así como que él ya tenía ganas de presenciar algo violento o ver una muerte. Han pasado tantos años que ya no recuerdo exactamente qué es lo que dice, pero la emoción es la misma, yo, adolescente enérgico y de curiosidad científica, no me conformaba con el hato de idiotas que a diario veía caer bajo el impacto de las balas en la tele. Yo quería ver una muerte, quería causarla yo, quería ver el rostro del moribundo y escuchar sus lamentables pedidos de auxilio y los estertores de su agonía.

Así fue que un día en el que paseaba por el pueblo un señor me gritó desde la ventana de su casa que me acercara. Se trataba, me pareció, de un pervertido, me dio la sensación de que quería de mi algo de tipo sexual. Y yo miré a mi alrededor. Ya se sabe cómo es la vida en un pueblo. Así que decidí hacer oídos sordos y continuar mi camino de manera ostensible. Que nadie me vinculara a aquel señor. Y empecé a rumiar con mi mente cómo haría para presentarme allí de noche y visitarlo y que me abriera la puerta sin organizar un escándalo. Si eres el hijo del alcalde puedes explicarlo de muchas maneras pero yo prefería ser el hijo del alcalde sólo para que nadie osara siquiera acercarse con el filo de su pensamiento a concebir una cercanía entre aquel hombre y yo.

No voy a explicar cómo llegué a la casa aquella noche, no voy a explicar la cara de susto de aquel hombre y la subsiguiente sonrisa lasciva. No voy a hablar tampoco de la velocidad con que entendí sus propósitos y cómo en una danza de señas y silencio lo guié con los ojos a la miserable posición en que lo quería y en que lo até. No voy a negar que sudé. Sudé bastante. Como cuando de niño desmontaba algún aparato eléctrico en casa y luego al querer armarlo otra vez me sobraban piezas por todas partes y no se me ocurría qué podría decir cuando mis padres me preguntaran. El caso es que si te dan en el cráneo con un palo de amasar con la suficiente fuerza y el cráneo suena como una madera que se quiebra, necesariamente has de caer muerto. O desmayado. Pero aquel hijo de puta, aparte de patalear como un cerdo y chapalear inútilmente en su propio charco de sangre, no hacía ningún gesto que a mi me indicara que la iba a espichar en los próximos minutos. Todo lo contrario, me miraba con los ojos enormes, las venas hinchadas, un sudor de esfuerzo que se mezclaba con la sangre que caía de su cabeza a borbotones y profería unos gritos ahogados que me daban repeluzno y me hacían imaginar en la presencia de alguien en un plazo inmediato. Por eso pensé tengo que taparle la boca, pero no me atrevía a meter la mano allí, sobre todo porque el muy burro me iba a morder seguro. Entonces fue que se me ocurrió que debía golpearlo en la boca para que le doliera y callara de una vez. En la posición en que estaba a cuatro patas y con la cara medio vuelta hacia mí, no era la posición más adecuada para atinarle con certeza en medio de la boca. Quiero decir que me costó, pero del palazo que le propiné le volé toda la dentadura delantera y sus ojos se crisparon, doloridos y llorosos, en un gesto de dolor preternatural que resultó bastante adecuado a las expectativas que yo tenía de un asesinato de naturaleza pedagógica como era aquel. Luego tuve que sentarme a esperar hasta que murió porque no me quería ir sin comprobarlo. Para esperar me senté en la sala y encendí la tele. Había un programa de preguntas y respuestas con chicas rellenitas en minifalda cantando en la parte posterior de la escenografía.

Antes de irme le clavé como última medida de seguridad, un cuchillo en lo que imagino que era su yugular –desde luego, la mía no era– ; el objeto de esta medida era acabar de desangrarlo y asegurarme su muerte. Mirándolo de aquel modo, desparramado de modo humillante en el suelo ensangrentado de baldosas bastante horteras, pensé que la muerte era un fenómeno de peso, vinculado a la caída, a la fuerza de gravedad. Que esta fuerza era justamente la primera que empezaba a trabajar el cuerpo muerto, ensanchándolo con su atracción perenne, inmovilizándolo para la lenta acción de las hormigas, los gusanos, las moscas y otros elementos simpáticos del mundo animal. Mirando su cara repentinamente desencajada, podría decirse que desparramada, aplastada, fue que me di cuenta que yo era un escritor y que lo que estaba viviendo era sólo una etapa –importante, eso sí– en mi personal “bildüngsroman”.

Aquella noche no me fui directamente a mi casa sino que me largué al campo a contarle a la naturaleza y a los elementos la novedad que se había producido en mi vida. Yo era así de intenso y sentimental.

2.

De todo lo anterior alguien poco avisado puede inferir que yo soy una persona segura de sí y que obtiene a la primera todo lo que desea. Y que mi vida ha sido un sendero tapizado por pétalos de las más exquisitas flores. No. Nada más erróneo. Pertenezco lamentablemente al tipo de niño excepcional al que la vida acaba complicándosele. Nadie vaya a pensar que la muerte de aquel desagraciado me condujo al descubrimiento de mi vocación auténtica y que de esta salí disparado como un cohete hacia los más excelsos parajes de mi camino personal, del camino al cual estaba destinado. Nada más alejado de la triste verdad, mi asesinato, aparte de pedagógico fue, según pude entender años más tarde, un resultado anómico de la baja autoestima. Yo fui un criminal con la autoestima en un estado desolador.

Por ello, a partir de aquella noche reveladora empecé un largo camino que me condujo a abandonar mi pueblo en Girona y venirme a Barcelona, más por ver gente que me distrajera que por otra cosa. Pensé que si quería entregarme a una vida profesional de crimen anónimo me convenían las grandes urbes y si no era ese mi destino, al menos no tendría que escuchar nunca más tres veces por semana la historia de la fundación del molino de mi abuelo o la historia de la industria maderera en mi pueblo, historia e industria vinculadas a mi abuelo de modo indisoluble. Además en la ciudad podría escuchar una interesante variedad de historias personales que quizás en mi pueblo escaseaban.

Indudablemente, ya era todo un escritor.

3.

En la ciudad vegeté de un modo anodino durante años, mientras me venía la idea a las mientes de las gran obra que pensaba escribir y acerca de la cual no tenía, en realidad, ideas muy claras. Pero a esas ideas yo las iba regando con próvidas lecturas.

Como los años pasaban y a mi no se me ocurría ninguna idea “genial” para triunfar en la literatura, mi madre, un poco por cumplir con un papel que tenía algo abandonado, me dijo un día que porqué no me ponía a trabajar en algo, que quizás con eso me distrajera y quién te dice, en una de esas me venía a las mientes la idea tan preciada. Al oir aquello comprendí que me había convertido en un adulto y que ya no podía volver atrás, que ya no estaba en edad para cometer asesinatos y que mi destino se encontraba vinculado a la escritura. Comprendí también que el crimen quedaba definitivamente atrás, como queda atrás la bisexualidad para aquellos esposos heterosexuales que, negando su pasado, se sumergen en el matrimonio como en una laguna amnésica. De todas estas reflexiones surgió en mi una fuerza cuya existencia yo sospechaba, pero de la cual aún no había explorado todas sus posibilidades.

Fue entonces que me presenté a una entrevista en la administración de unos grandes almacenes. El puesto era para ordenar facturas y distribuir pedidos y archivar albaranes de pedidos entregados. Había allí dos chicas que estaban muy buenas y un muchacho bastante simpático y algo bobo que hacía bromas todo el tiempo. Ninguno de nosotros sobrepasaba los veinticinco años de edad. Había lo que se suele llamar un clima agradable de trabajo. Recuerdo que miré a una de las chicas, la que me recibió para la entrevista, Hortensia, y pensé “vaya caderas tiene la tía” y me imaginé que a la salida le pedíira que me llevara a mi casa sentado en una de sus ancas. Luego imaginé otras cosas que ya contaré y que son importantes para mi particular “bildüngsroman”. ¡Dios!

El señor Vincent me hizo pasar a su despacho y con un gesto del brazo y de la mano me invitó a tomar asiento. Me pidió que le explicara qué sabía hacer yo y qué esperaba de su empresa. Preguntas complejas para un chico con la autoestima baja como yo era en aquella época. Me confundió y yo recuerdo que empecé a desvariar. Y me puse colorado. Y de pronto recuerdo que me asaltó el miedo, un miedo como nunca había tenido en mi vida. Era un miedo que se presentó así: primero, yo empecé a temer un poco de que no me dieran aquel estúpido trabajo, recuerdo que me dí cuenta que era un trabajo de lo más tirado y de lo más fácil de hacer, algo que si yo no lograba demostrar que sabía realizar, me dejaría en un nivel muy bajo de cualquier escala y, sobre todo, ante mi familia quedaría fatal, además de deprimido. Entonces fue que se me instaló como un burbujeo angustioso en el ojete del culo. Pensé que me cagaba. Luego, recuerdo que me di cuenta cabalmente, llegué a la conclusión absolutamente evidente para mí, de que era un perfecto inútil. Entonces, me sentí solo y desamparado como nadie puede haberse sentido en esta vida. Algo se me quebró dentro del pecho y los ojos me escocían, tuve ganas de exclamar y decirle al señor Vincent algo así como “por favor, tiene que darme ese trabajo, lo necesito como el aire que respiro”. Supongo, ahora, que ese es el “puntito” al que todo jefe con carisma cavernícola te quiere conducir para que aceptes lo que te eche encima. Y aquel no escapó a la regla. Sólo que la enriqueció con aportaciones propias. De pronto, con una voz muy calmada, dulce y profunda, me dijo calma, calma, chaval, calma, ya tienes el trabajo, el trabajo es tuyo, bebe, bebe, siguió diciendo, y me alcanzó un vaso de agua mineral, me dio a escoger entre con gas o sin gas, y yo pensé este es un buen tío, y fue en ese momento que yo estaba pensando esto que el me metió la mano en la bragueta con una velocidad pasmosa, y con la misma rapidez me la peló y tras soltarme una matadora mirada cinematográfica, creo que de seducción o algo así, se agachó y empezó a chupármela. No la chupaba mal. Yo me relajé y me puse a pensar que en el pueblo me había cepillado a una cerda y a una potra y cerrando los ojos lo dejé trabajar. Cuando terminó me dejó el contrato encima de la mesa para que lo firmara y unos cuantos billetitos de adelanto. Esto me hizo sentir feliz, pensé que al salir invitaría a tomar algo a la tal Hortensia y este pensamiento me puso más contento aún pero cuando el señor Vincent quiso besarme en la boca, por contento que estuviera, no le dejé que lo hiciese. Todo tiene un límite.

3.

El señor Vincent quería que yo trabajara dentro de su oficina, en contacto directo con él y aunque esto, me dijo mi madre, era bueno profesionalmente, porque con el tiempo yo sería el primero a la hora de ascender, yo no le veía las bendiciones porque por un lado me alejaba de mis compañeras y por otro me condenaba a una exclusividad que, según yo pensaba, no era conveniente que aquel hombre poseyera.

Así que llegué a una transacción intermedia. Pasaba con él dos horas, al comienzo o al final de la jornada, según viniera la faena.

Cuando estábamos a solas en su despacho, muchas ocasiones nos esparrancábamos sobre un sofá que allí había, muy añejo y con un aire muy sólido y de abolengo y él me la meneaba con un cariño que yo llegué a creer sincero. Cuando estaba a punto de estallar de emoción , siempre decía “¡Ay, nene, es que Dios te ha dado una polla!” Y repetía: “¡Que polla te ha dado Dios!” Yo agradecía el elogio con una sonrisa emocionada y orgullosa. El señor Vincent era un buen hombre, lo único que le pasaba es que era mariquita, y ya está.

Yo llevaba una vida de lo más regalada. Iba a fiestas, a reuniones de empresarios, de empleados de las grandes cadenas, a cursillos de formación, a la sauna con mi jefe, a un club de amigos de mi jefe y eso hizo que en Barcelona, mi polla, se convirtiera por sí misma en toda una personalidad cuya fama iba de boca en boca.

Por las tardes iba al cine con Hortensia cuando no tenía otra cosa que hacer. Ella sí que era una chica directa. Fuimos al cine, luego fuimos a cenar, pero en el cine ya me la manoteó y le sacó su rendimiento y en la cena no dejó de acariciarme en todo momento. Ya en mi casa, con Hortensia encima mío (hay que ver lo grande y bien alimentada que estaba) corriéndose, fue que oí por segunda vez aquella frase: “¡Ay nene, qué pollón tienes!”

Eso me halagó y despertó mi curiosidad. Un poco por comparar, pero más por saber qué significaba aquello en el misterioso desarrollo de mi particular novela de formación. Yo había leído una cantidad infinita de libros pero indudablemente yo era un tipo original dentro del panorama literario, porque habiendo todo tipo de escritores entre los cuales escoger, traumatizados por todo tipo de afectos viciosos o socialmente aceptables, lastrados por todo tipo de vergüenzas infantiles que les destrozaban la vida, yo era ni más ni menos que el novelista de la polla gigante.

Claro es que yo, joven como era y destrozado por la baja autoestima como estaba, no lograba mensurar el alcance superior en mi destino de tamaña revelación. Como ya se verá.

4.

Cierto día, el señor Vincent, en la sauna tuvo el atino de presentarme a una editor que me pidió de inmediato algo que yo hubiera escrito. La oportunidad, tan largamente esperada, se presentaba. Me citó en su editorial a última hora de un viernes cuando ya tenía el original leído y me había prometido publicarlo. Nos reunimos en el entresuelo de su editorial y hablamos mucho, sobre todo de Hemigway y el extraño motivo de su suicidio: la impotencia sexual, vaya personaje. Pero la verdad es que en ese momento a mi Hemingway no me importaba nada. Yo quería coger entre mis manos el talón y tener el contrato firmado. Y como todo llega, ese momento también lo hizo, y también me volví a acordar de mi madre. Había dos opciones profesionales, una engrosaba el talón en varias cifras, pero para obtener esta segunda, yo debía hacer cierta exhibición nocturna para el señor editor. Por eso digo que me acordé de mamá, cuando ella decía que a veces en la vida hay que sacrificar un poquito. El caso es que me di cuenta cabal que mi madre era de otra época, porque el tal sacrificio, dentro de lo que cabe, tampoco lo era tanto. Pero yo pensé “no diguis blat...” y cogiendo unas fuerzas de voluntad que realmente no creía poseer le dije que muy bien, que aceptaba, pero que primero dinerito en mano y libro publicado. Aquello emocionó al hombre, con el paso de los años me confesó que lo emocionó porque vio las posibilidades de carácter que se hallaban en ciernes dentro de mi y eso, quieras que no, lo hizo vibrar interiormente, ya me entienden... Pero que por otra parte, confiaba plenamente en mi como escritor y que eso era lo importante.

Así fue que lancé mi primer libro. “Abuelo de pájaro”. Tuvo mucho éxito en la ciudad, que celebró el arribo de una nueva pluma al escenario literario. Ese éxito, al cabo de pocos meses llegó al continente americano, lo cual fue muy divertido y agradable, porque me obligó a viajar y a conocer más gentes. Como pueden ver, mi formación no acababa.

Al día siguiente de la presentación, tuve un encuentro de algunas horas con mi editor, a quien agradecí sobradamente lo bien que se comportó conmigo y le cumplí una faena que yo creo que nunca olvidará.

Luego me despedí de mi trabajo, el señor Vicente estaba mustio y triste y Hortensia se ponía en puntilla de pies para darme besitos de despedida con un gesto de picardía. El gesto de quien sabe que esta noche volverá a verte entre las sabanas.

–Me encanta que seas famoso, me dijo aquella noche.

Como soy agradecido me la llevé a la gira americana. Tuvimos un hijo que ella se encarga de criar y yo con mucha sinceridad le dije que la amaba pero que necesitaba remojar mi bizcocho en otros chocolates y ella, que no parecía cosmopolita ni de ideas avanzadas, se mostró encantada. Luego me dijo: “Hombre, yo contigo me saqué la lotería: guapo, inteligente, con una polla que da gusto, sabe utilizarla, generoso financieramente, me hace madre, me cuida y me lleva a conocer mundo. Cielo, tu puedes pedirme lo que quieras, que yo seguro que te lo daré”.

Esa vez realmente sentí que mi pecho se hinchaba y que la desconocida autoestima entraba en mi como una procelosa y masiva inyección de alguna sustancia revitalizadora.

Tanta autoestima resultó letal en aquel estado en que yo me encontraba y con la vida que yo había llevado hasta ese momento.

A la mañana siguiente fue que sucedió lo que ya todos saben y que ha pasado a los anales de la historia ciudadana y mundial. Mi polla comenzó a crecer y a crecer y a crecer a tal grado que al mediodía salía de mi casa y llegaba hasta la planta baja y atravesaba la calle. Yo permanecía inmovilizado en mi piso del Ensanche. Era un esclavo del sexo. A toda hora pasaban peatones por la zona dándose tropezones contra aquel gigantesco cacho de carne que atravesaba la calle Aragón. Luego de protestar un rato contra el ayuntamiento por dejar aquello tirado allí siempre venía alguien que le informaba que aquello tan raro era la polla del famoso escritor barcelonés. (Ya me habían adoptado como hijo de la ciudad.) Cuando los transeúntes se enteraban de esto, volvían atrás sin prejuicio y sumamente calmos se inclinaban y me la besaban. Al hacerlo me impedían dormir. A toda hora del día, mientras yo permanecía inerme frente a aquel raro priapismo monstruoso y extrañamente lánguido, se juntaban multitudes que venía a hacerse fotos junto a mi polla y a besarla un poquito, algún gracioso o graciosa le hacía cosquillitas “ a ver qué pasaba” y claro, lo que pasaba, era que algún blanco chorrito de semen inundaba momentáneamente las calles, momento que era aprovechado por las admiradoras para llevarse unas muestras con destino desconocido, erotómanas de todo tipo hacían otro tanto y alguna buena mujer siempre había que me confesaba a gritos y desde la calle su admiración y me explicaba que llevaba aquel semen para untar a su hijito o hijita a ver si se le pagaba lo mejor de mí, que era el maravilloso talento para la escritura que poseía.

Mi vida era bastante excitante pero algo complicada. En horas arbitrarias que mi verga escogía para retornar a sus pretéritas dimensiones, podía salir a pasear o a visitar a alguien o arriesgarme a viajar, siempre con el Jesús en la boca de que en cualquier momento esa parte de mi anatomía cobraba independencia y comenzaba a organizar sus desaguisados.

En esos años lo probé todo. Medicina alopática, medicina homeopática (esta resultó fatal porque como cura provocando el síntoma me tuvieron meses y meses con la verga enervada a punto de explotar en mil pedazos) medicina tradicional china, descargas de todo tipo, desde una enfermera polimorfa sexual que estuvo sudando encima de mi hasta saciarse de todos sus anhelos eróticos de esta vida (debería haberle cobrado) hasta una terapia de descargas eléctricas con las cuales pretendían amedrentar a mi órgano a la hora de su desbordamiento.

Al fin fui a dar con un hombre sensato y sabio que me dijo tras escucharme durante horas que yo debía escribir aquel libro magnífico que aún no había escrito y que sólo entonces este destacar por algo ajeno a la literatura volvería a sus exactas dimensiones. Me dijo en definitiva que mi síndrome era psicosomático y que para sanarlo sólo había una vía: yo aún me debía a mi mismo la escritura de aquella gran obra con la que había soñado cuando abandoné mi pueblo y me vine a la gran ciudad.

domingo 9 de noviembre de 2008

La rata. Héctor D’Alessandro



La rata. Héctor D’Alessandro
Para Toni Cuevas

1.
Me hubiera gustado que mi padre, durante la casi olvidada infancia, me hubiera dicho algo memorable, pero está visto que eso le está asegurado a seres de novela como el narrador de El gran Gatsby. Sin embargo, sí puedo asegurar que mi padre me dijo algo, menos glamoroso, menos aforístico, más emparentado con el sentido común. Algo así como “nunca te cases con una mujer sólo por su belleza”. Quizás llegó a decirme incluso que la belleza siempre exornada por una sonrisa es ante todo sospechosa. Puede que me haya dicho algo así, puede que yo mismo lo variara en mi imaginación a lo largo de todos estos años. Sea como sea, el resultado me gusta más que cualquier realidad pasada. Y he optado por quedarme siempre con lo que me gusta. Antes me indignaba si alguien me decía “eso no es así, eso es de este otro modo”. Primero, me entraban unas ganas acerbas de discutir. Luego, pasado un tiempo, no sé cuánto, una indiferencia bañada de desprecio se apoderaba de mí ante este tipo de frases y observaciones. Así, hasta que un día, ante una frase de esas que pretendía rebatir algo imposible y viendo como la otra persona afirmaba algo que a todas luces no había sucedido, me di cuenta de que en nada vale la pena discutir sobre si algo fue de un modo o de otro, los hechos tienden a oscilar de un modo perturbador y se convierten no sólo en un campo de lucha sino en muchos casos de una lucha inútil.
Quizás, entonces, mi padre me dijo que no depositara toda mi confianza en una belleza estereotipada, en una sonrisa bonita y sobre todo en una sonrisa fría y en un mirar duro que con el tiempo pueda volverse despiadado. Pero uno no se da cuenta de todas estas cosas cuando es joven y sólo pasado el tiempo y luego de atravesar las brasas y el fuego de la experiencia es que uno piensa, a veces, que aquello era exactamente lo que nuestro padre quería decirnos. Y hacer este descubrimiento parece importante, pero es lo último que parece importante, luego, al pensar con tranquilidad, uno se da cuenta de que el padre de uno era un tipo aprisionado como todos en las sucesivas cárceles del sentido común y jamás nos pudo decir algo con el alcance o la trascendencia que ahora le atribuimos. Quizás el tipo estaba pensando en algo de mucha menor importancia. Quizás simplemente había oído esa frase en el autobús y el tipo que la pronunció le pareció alguien importante y entonces él la repetía como el idiota o el gilipollas que jamás dejó de ser en el fondo.
El caso es, no lo negaré, que me casé con Anastasia porque estando con ella me pareció que iba a alcanzar todos mis objetivos en la vida (el primero: estar con Anastasia), me iba a volver progresivamente rico, alimentado y alentado por sus besos que cada mañana me enviarían a la selva urbana de la cual yo volvería a la noche saltando de liana en liana y de árbol en árbol con un abundante aprovisionamiento y además una chequera en blanco para que mi amor dilapidara como a ella más le gustara todas aquellas riquezas que su irradiación y mi fuerza crearían de modo natural al entrar en conjunción. (Sólo pensar esto, sentir las sensaciones que corrían por mis venas y mi piel mientras pasaban esas imágenes por mi mente, hacía que la polla se me pusiera como una morcilla y se agitara dentro del pantalón como un animal salvaje a punto de morder a una presa. Al llegar a casa sólo deseaba una cosa, sólo estaba obsesionado con una cosa. Y con el consecuente arrebato la tumbaba, piernas en alto y le desagarraba la ropa –que ya volvería a comprar– y desgarraba también su piel.) Yo pensaba que ella disfrutaba tanto como yo y trataba de encontrar en su rostro en su sonrisa en el brillo de su mirada, ese placer que imaginaba. Me costó mucho tiempo darme cuenta que Anastasia estaba como ausente, no sólo ausente de la escena que vivíamos, ausente de sí misma. Yo no sé si alguien ha visto lo que yo, pero yo he visto, locos, ancianos y moribundos y las tres categorías de personas, en un momento, tienen algo en común, ese algo común se conoce bajo la expresión “se ha ido”. Hay un momento en que al loco su locura lo enajena de la realidad circundante y lo vuelve extraño ante ella y no responde de ningún modo aceptable para los criterios de realidad que casi todos manejamos a diario. Hay un momento en que los ancianos, desgastados, entran en otra realidad y este pasaje se puede ver en su mirada vidriosa y a la vez vacía, una mirada envuelta en una bruma, una mirada que mira desde detrás de las cataratas pero que no se fija en ningún sitio concreto y entonces entendemos que probablemente la enfermedad los ha comenzado a ganar o sencillamente la muerte ha empezado su labor de zapa y comienza a llevárselo. Hay un momento en que los moribundos, si en un momento intensamente atentos a su dolor físico se transforman en la imagen de la sabiduría santa al rendirse al dolor emocional, luego, según los pensamientos que transiten por su cabeza destrozada por las tormentas del fin pueden perderse en una maraña confusa y antes de la lucidez final, cuando pronuncian las frases célebres, vagan con la mirada por un mundo intermedio de sonambulismo y ausencia.
Mi mujer, Anastasia, ya había entrado en esos mundos aunque pareciera una persona que gozaba de una buena vida.
Entonces me di cuenta cuánto la quería y cuán enamorado me había casado, porque no queriéndola ver en ese estado sufría por no hacerla sufrir recriminándola o pidiéndole meramente explicaciones o haciendo observaciones sutiles cuya inutilidad era manifiesta. Ella no se daba cuenta que estar vivo no era igual a lo que ella hacía.
Tras muchos intentos fue que cedí el paso a mi egoísmo o a lo que creía egoísmo y decidí que si ella estaba allí meramente para cumplir un rol, yo haría lo mismo y no sólo lo aprovecharía sino que además disfrutaría de ellos como un cerdo, en fin, como un animal, del tipo que fuere, oscuro o brillante, lúbrico, babeante, daba igual. La miraba y pensaba “Anastasia, cacho é carne, mamona exquisita, bulto carnoso, chocho, nacía pa darme satisfacción y na más”. Cuando pensaba estas cosas, ellas me miraba y siempre un momento antes de que me dijera “Ay, porfi, no me pongas esa cara de loco que me asustas”, yo detenía mi actividad mental y me lanzaba sobre ella, que profería acertados grititos muy acordes con la situación, unos chilliditos agudos y penetrantes como los de una rata y que me laceraban los oídos y al mismo tiempo me exaltaban. Al lanzarme encima de su cuerpo me sentía enorme y poderoso, recordaba un documental en el Serengueti (Kenia) donde mostraban el apareamiento de los leones, el macho encima de la hembra dándole y dándole mientras la retiene por la nuca con los poderosos dientes, en tres días de actividad constante le llega a echar unos ciento cincuenta polvos. Mas de una vez le mordí la nuca a Anastasia y esto la hacía retorcerse y mugir y berrear y chillar y comportarse como un animal y se giraba para mostrarme el brillo de sus ojos y le caía una baba por entre sus pequeños y afilados dientes que yo bebía como si se tratara de Ambrosía porque realmente era el único momento en que la sentía cercana y animal, flexible y lacia entre mis brazos.
El resto del tiempo, yo me cocía en mi vida inútil de hacer dinero y venir a casa a la noche a obtener mi ración de sexo y ella se destrozaba el alma y los pies en diversos paseos a las tiendas más caras de la ciudad para matar ese gusano horrible que crecía en su interior.
Si yo sacaba algún tema de conversación que pudiera resultar interesante, ella siempre me miraba como si yo fuera un extraño y ahora viniera con quién sabe qué cuentos.
Estas escenas me violentaban y yo tenía ganas de resolverlas con algún tipo de discusión un poco intensa, como se hacía en tiempo de mis padres, o como se hace en la empresa en que trabajo cuando se entra en las fases de resolución de conflictos de competencia, pero ella se escabullía, no sé si con un arte propiamente femenino o de otro tipo porque fue en esos días que realmente me día cuenta que yo no sólo no sabía nada acerca de las mujeres sino tampoco acerca de los hombres y puestos a ser exhaustivos tampoco sabía nada acerca de la vida. Mi vida había sido un largo paseo por la alguna de la ignorancia, un largo fraseo de lecciones recibidas y un no mirar más que para adelante, mirar para adelante si ni siquiera saber porqué y no preguntes.
Un día me dijo, saliendo de su estado hipnótico:
–A tí no te gusta la armonía.
Y luego de decirlo se fue al dormitorio, la miré y no pude concentrarme en su frase sino en el reborde inferior de sus preciosas y mantecosas nalgas bajo el picardías, me entró un deseo de llorar, una nostalgia de erotismo y mi respiración se volvió salvaje. Acababa de torearme y sabía hacerlo porque aunque fui para la habitación decidido a la discusión acabé ensartándola desde atrás que parecía ser lo que ella más deseaba en ese momento. Y dentro de ella me retorcí y jadeé y solté un moco de leche grande, gordo, espeso, fibroso, que parecía bajar de mis meninges. Luego me quedé tumbado mirando al techo mientras ella me hacía caricias en el pecho y rumiaba una canción en voz baja con una vocecita aguda y yo me sumergía en un sueño flotante y algodonoso.
En el sueño corría por una llanura (¿el Serengueti?) y era una especie de nutria o castor de zonas tórridas, olía todo intensamente, a sexo, a sangre y almizcle. Yo corría desesperado por enterrar mi clavo ardiente en una hendidura de agua donde bajar la temperatura. Los olores me orientaban en todo momento y al despertar continuaban allí en la habitación, me quise mover y el brazo se me había dormido debajo de Anastasia, ella estaba lacia y dormida, inamovible. Al escurrir mi brazo sentí en la boca el sabor animal que aún venía a mí desde el fondo del sueño. Mi boca se abrió en busca de oxígeno, carraspee un momento mientras me desperezaba y salió una lluvia de pelusas o pelos de Anastasia que, alojados en el fondo de mi garganta durante el forcejeo, ahora salían de mi boca y se esparcían por el aire de la estancia.

2.
No voy a negar que los años pasados de este modo me dolieran, claro que lo hicieron. Pero mi cobardía era superior y la labor de conformismo en que me sumergía por las noches pagaba de alguna manera el resto de la triste vida que, según yo, llevábamos.
Anastasia se volvió estúpida y obsesiva. Se preocupaba por cualquier tontería de un modo frenético y fanático. Que si la cal se estaba comiendo las tuberías y un día saltarían chorros de agua hirviendo del corazón de las paredes de nuestro infranqueable hogar. Que si un vecino la miraba con demasiada pasión y que quizás un día se volvería loco y la atacaría mortalmente. Que las líneas del estampado del edredón se cambiaban de sitio en cuanto ella se daba la vuelta y eran tan puñeteras, las líneas, que volvían a ponerse en su sitio en cuanto ella volvía a la posición inicial. Que dentro de las paredes se acumulaba el alimento de alimañas nocturnas que acabarían reventándolas por su propio peso y expansión. Que si había una explosión nuclear nuestra casa sería pasto de la destrucción y sólo sobrevivirían algunas alimañas, las serpientes y las ratas, que yaceríamos muertos, flotando en ríos de agua verde fluorescente y viscosa corroídos por un millón de dientecillos afilados.
Yo no sabía cómo hacer para llevarla al médico y que la vieran. Cuando al fin la convencí, fue riéndose a carcajadas, estuvo muy sensata durante la entrevista y le dijeron que tenía un poco de stress y le recetaron unas pastillas que ella se las tomó en tres sesiones durante las que viajó por mundos extraños que le dejaron la cara hinchada y los ojos apergaminados durante días. Me dijo que había sido un viaje malo y vulgar el de aquellas drogas y yo me acabé de convencer que no sólo el pasado se puede inventar si no el propio presente y que pasar por una persona “normal” es una de las tareas más fáciles que existen.
Fue durante esos dos días de viaje malo y vulgar que desvariando me dijo que era un don perfecto y que si creía que ella era una bruta y una asquerosa, no menos era yo y que sólo estaba con ella porque éramos iguales.
No entendí esas palabras, pero me afectaron.
Cuando ella volvió a ser la de siempre, no me atreví a preguntarle sobre esas frases. Me paralizaba un abismo, el insuperable temor a que me dejara desamparado en el desierto de desesperación de nuestro horrendo matrimonio socialmente exitoso.
Fue entonces que se volvió totalmente obsesiva con las ratas.
Había leído una malhadada noticia, según la cual nuestra ciudad estaba infestada de esos bichos. Comenzó entonces su crisis definitiva. Día y noche recelaba de cualquier ruido que oía donde fuera que se moviera y siempre andaba atisbando a un lado y otro sospechando de un acecho multitudinario dispuesto a desplomarse sobre su generoso cuerpo y devorarlo en un santiamén.
Yo también creí volverme loco, y el deseo de largarme y abandonarla a su suerte me hizo sentir fuerte, claro que de un modo negativo, como nunca antes en mi vida.
Hablábamos todo el día de las ratas, entre nosotros y con todos aquellos con quienes nos cruzábamos en le calle, en las fiestas, en los paseos, en mi trabajo. Llegué a saberlo todo sobre sus oscuras vidas subterráneas. Me sorprendió en poco tiempo lo familiarizado que llegué a estar con esos animales; a tal grado que comenzaron a caerme simpáticos. Si un día, por la noche, paseando por la ciudad, veía a alguna rata corriendo desde la alcantarilla hasta el container, me quedaba extasiado observándola en su trajinar preciso y veloz, claramente devorador.
Está claro que toda la información acerca de su enfermedad no calma al enfermo y todo el saber sobre ratas no hizo ceder ni un ápice su obsesión malsana. Yo pensaba y los médicos me aseguraban que era una suerte de empeoramiento agudo antes de la caída final, y yo no tenía porqué no creerles.
Por eso el día en que al volver a casa vi todo limpio, reluciente y arreglado, la comida preparada y a Anastasia sonriendo con un cariño relativamente humano pensé tal como me habían enseñado a pensar los doctores: esta es la falsa mejoría antes de la capitulación definitiva, ahora caerá en una locura sombría y tranquila de la cual nunca saldrá. No siento culpa en confesar que esto me tranquilizó y también me dio por penar que ahora podría disfrutar de su cuerpo a mis anchas como si de un cuerpo muerto se tratara y no sé porqué pero esto me excitó aún más.
Esa noche sus chillidos particularmente agudos, sus dientecillos clavados en mi cuello, las uñas desgarrándome la espalda me hicieron llorar como si me encontrara en una triste despedido, alguien abandona la isla de la razón y se va al lego del olvido y la enajenación.
Nunca había disfrutado tanto con ella.


3.
Al despertar de mi sueño, la boca taponada de pelos y pelusas (algunos locos se quedan calvos, la vida era injusta con Anastasia) me hizo toser y para hacerlo me puse de lado que era el mejor modo de arrancar de mi interior aquel mazacote capilar. Fue entonces que me di cuenta que aún estaba dormido y que estaba soñando. Anastasia se había convertido en una rata y me miraba desde el fondo brillante de sus ojos con cariño de rata y con la picardía de quien está gastando la mejor broma de su vida. Algo dentro de mi pensó en mi lugar, mi pensamiento era como una voz ajena oída en el cuarto de al lado. Era un pensamiento que decía: “No se trataba de la mejoría previa al descaecimiento definitivo sino del empeoramiento lúcido previo a la transformación”. Entonces fue que pensé que aquel sueño era magnífico y que al despertar lo anotaría porque nunca nadie podría haber soñado algo así. Entonces, Anastasia acercó a mi su boquita de rata y me dio un beso con aroma a almizcle, erótico y pinchudo, su bigotito me hizo cosquillas y yo cerré los ojos y acaricié su cuerpo tendido en la cama, tan calentito, tan abrigado y pensé que dado que se acercaba el invierno lo mejor era tener aquel vello mullidito y tibio y no una piel humana fría y entumecida. Me dejé ir y ella me besó todo el cuerpo y trabajó en mí con sus dientecitos minúsculos provocándome la dosis exacta de pavor y excitación simultáneas. Amé aquellos dientes. El intermitente terror a que poseída por el entusiasmo amputara de un mordisco mis órganos era un aliciente sexual de inusitadas posibilidades.
Al despertar al día siguiente, el cambio en mi era definitivo, al verla sentada frente al espejo maquillándose, al contemplar su espléndida espalda iridiscente bajo el tibio sol de otoño que nos visitaba, me di cuenta que no soñaba, que nada había sido un sueño, pero que para ella su nueva naturaleza no era evidente.
La llamé y se dio la vuelta con una rapidez vertiginosa y animada, y con la misma energía se lanzó a todo correr sobre la cama, dispuesta a retozar conmigo como una adolescente bajo el imperio del furor. Pensé que nuestro gasto de queso aumentaría y se me ocurrieron diferentes variedades de platos que le prepararía. Pensé incluso que daríamos vida a una nueva especie o cruza que sería resistente a un cataclismo de origen atómico. Y lo seguí pensando esa mañana cuando en el centro comercial de nuestro barrio todo el mundo se acercaba a saludarnos y felicitaban en nuestra pareja el nuevo, brillante y saludable aspecto de mi esposa. Pasee orgulloso con ella por las amplias avenidas de nuestro barrio y cada vez que su instinto tendía a arrebatarla a la vista de una alcantarilla, un bote de basura, algún animal amenazador, un container o algún agujero en la tierra, la arrastré con mis brazos a mi boca, a nuestros besos. Me di cuenta del alcance de pensamientos como que el cariño es capaz de todo y otros por el estilo, y esa tarde luego de hacer el amor, me quedé extasiado no sé cuanto tiempo acariciando su vello grisáceo y marrón, su boquita, sus ojitos vivaces, toqué su vientre calentito y al sentir un latido pensé que quizás ya comenzaban a venir a esta tierra amenazada las multitudes de hombres rata que pariríamos. Este pensamiento me hizo sentir feliz y satisfecho y por primera vez en mi vida sentí que estaba de acuerdo con todo y pensé tonterías varias y recordé que mi padre quizás me dijo o no me dijo que nunca me fiara de una mujer fría y solamente bella, una mujer pura sonrisa, y no me importó si esa frase era de él o no, o si era de un repartidor de periódicos que había acertado a pasar pronunciándola en las cercanías de mi padre, el caso es que sentí que la vida era infinita y más ahora que podía resistir a cualquier desaguisado nuclear. Fue entonces que pensé, mirando al atardecer más allá de los techos de pizarra de las casas de nuestros vecinos, que a veces tras una sonrisa fría se esconde una vida animal que será muy intensa cuando se le de la oportunidad de surgir, y tras pensar esto me sentí confuso porque, a pesar de sonar bien, carecía de significado para quien no conociera la historia de nuestro matrimonio. Tal vez, entonces, la tradición familiar, lo que mis hijos hagan en su día, no sea otra cosa que agregar -como lo hice yo- una frase nueva a otra anterior. Un pensamiento con significado pleno, para mí, que se suma a un pensamiento de significado dudoso procedente del pasado. Estas cosas pensé mientras sacaba los cacharros de cocina necesarios para preparar una “fondue” de queso, un alimento que se volvería esencial en la armonía de nuestro hogar.


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viernes 7 de noviembre de 2008

El tono personal, por Hugo von Hofmannsthal

El tono personal lo es todo. Quien no se atiene a él, renuncia a su libertad interior, que es la única que pude hacer posible la obra. El más valeroso y el más fuerte es aquel que con mayor libertad es capaz de poner sus palabras, pues nada es tan difícil como arrancarlas de sus falsas y sólidas conexiones. Una relación nueva y osada de palabras es el más valioso obsequio para el espíritu, en nada inferior a una estatua del efebo Antinoo o a la poderosa bóveda de un portal.

Hugo von Hofmannsthal


Episteme: , ,

domingo 2 de noviembre de 2008

La noche de la cena del reparto de la herencia. Héctor D’Alessandro.

La noche de la cena del reparto de la herencia.

Héctor D’Alessandro.

Este relato está dedicado a Mercedes Abad.

1.

La noche de la cena del reparto de la herencia –así la llamamos desde entonces– fue el suceso más conmovedor de la historia de nuestra familia. Tanto, que nadie ha vuelto a hablar de ello. No sé qué habrá sido de alguno de mis hermanos y hermanas y de los presentes aquella noche, sólo de Ingrid, de la amorosa Ingrid, hermana con quien mantuve mi amistad y nuestra relación después y a pesar de aquella cena. Algunos de mis parientes, decidieron no hablar nunca más del asunto y fingir olvidarlo, otros hablaron y deben seguir hablando hasta el agotamiento sin poder liberarse del recuerdo. Algunos probablemente nunca me perdonarán la revelación de un secreto familiar de tamaña magnitud, pero el caso es que ahora sí me siento a mis anchas para al fin comunicarlo.

Al morir nuestra madre nos dejó varios millones de euros, luego de pasado el choque de su enfermedad, su agonía y su muerte, el impactante golpe de la brutal cantidad de dinero que nos aguardaba en un futuro inmediato fue suficiente como para que se nos pusiera una cara, si no alegre, al menos tranquila y vagamente beatífica.

Todos esperábamos luego de los primeros contactos con el abogado de la familia una comunicación inmediata tras el entierro; sin embargo, esta comunicación, sorprendentemente, se adelantó, con el cuerpo, digamos, aún presente.

Cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos que el mismo viernes en que mamá iba a ser enterrada, se nos conminaba a todos a presentarnos, para un largo fin de semana, en la antigua casa de campo que la familia tiene muy cercana a La Garriga.

Nadie faltó y de alguna manera todos hicieron una suerte de genuflexión social, rendición sin preguntas, ante el poder de los abogados y otros técnicos de la ley. Ellos se encargarían de todo, pareció ser el pensamiento colectivo que amparó nuestra momentánea inconsciencia, y efectivamente se encargaron.

Esa noche de viernes nos comunicaron que el cuerpo había sido trasladado a la finca por mandato explícitamente expresado en el testamento. Nada más lógico, pensé o pensaron mis hermanos por mí, mamá quiere descansar en la finca.

El caso es que debíamos pasar el fin de semana, hasta el atardecer del domingo y el programa incluía la lectura del testamento la noche del viernes, el sábado nos aguardaba cena y concierto, más baile opcional y el domingo nos dejaban descansar hasta la firma del reparto. El lunes seríamos libres.

Mamá era la heredera de uno de esos banales inventos mundiales que según la leyenda urbana todo el mundo lo despreció y nadie quiso invertir en ello y su padre lo vio, en cambio, clarísimo, lo que viene luego ya se lo imaginan, no diré el nombre del invento que puebla nuestros días y noches para que no me identifiquen pero sobre todo para que no se rían de mi una vez más, como tantas veces nos sucedió, a mi, a mi madre y a todos mis hermanos y hermanas.

Mamá era una flecha para los negocios y conocía todos los trucos legales tanto para favorecer a alguien como para perjudicarlo de por vida. El caso es que cerró el acceso a nuestra herencia con unas trabas legales que sólo respondían a una clave secreta.

La noche de la cena de aquel sábado, ante notarios públicos y otros funcionarios testimoniales de la ley civil debimos tomar como cena a nuestra propia madre, preparada en exquisitas salsas por los mejores cocineros del momento. Todo estaba calculado, hasta la exacta cantidad de gramos que debíamos ingerir de su generoso cuerpo y en caso de previsibles vómitos había que ingerir nuevamente; en caso de continuar la vomitera, el participante a heredero quedaba descalificado.

Augusto, mi hermano mayor, abogado de brillante peinado y camisas de puños extravagantes, declaró: “Esto se le debe de haber ocurrido al mirar esos programas horripilantes donde encierran a gente vulgar a ejecutar actividades triviales en un tono de voz alarmante. Menos mal que no somos de ese tipo de personas”. Luego nos reunió a todos con grandes gestos de sus amplios brazos como si fuéramos un equipo deportivo y nos empezó a contar la experiencia que él tenía en materia de limpieza estomacal para prepararse ante la eventualidad de grandes festines. (Debo reconocer aquí, que su espíritu y sus palabras me animaron sobremanera y me hicieron ver en todo aquello algo sano por fácil y fácil porque era posible. También debo explicar que los años que mi hermano pasó en Chicago estudiando economía no han sido en vano y esta es una prueba excelente de ello.)

Mi hermana Greta, una mujer maravillosa donde las haya y guapa con esa belleza de póster que hace pensar que tiene hielo entre las piernas, se extasiaba con las palabras de Augusto, se mesaba sus cabellos con incipientes y eróticas canas y se mordía el labio inferior con evidente regusto. Greta se casó con el primer idiota parecido en el aspecto a su hermano, sin embargo, sus enormes ojos color almendra continúan brillando y se derriten absortos en la contemplación admirada de Augusto. A veces interviene y comenta las palabras de aquel y dice cosas como ¡Claro! ¡Evidente! Y se estira las mangas de su cardigan o su chaquetita y yo sólo puedo ver dentro de mi cabeza explosivas imágenes de generosos espasmos orgásmicos. Desde pequeños, papá y mamá estimulaban esta actitud. Ellos eran los dos hermanos mayores y Greta era un poco la nena que completaba “la parejita”. Luego llegué yo, para verlo todo y callarme con una sonrisa de medio lado que delataba que lo que estaba viendo es verdadero y que mis sentidos no me engañan.

Después de mí, viene Álvaro, rebelde y sucio durante buena parte de su adolescencia, se resistía a ducharse y nos ahuyentaba a todos con su presencia. Hoy es un chico normal con cara de loco y con una mirada de desconfianza y un gesto de que amenaza con saltar a la mínima. De su pasado guarro conserva una relación o momento de la relación, con Greta. Ella se acerca y siempre le corrige sin poder evitarlo el nudo de la corbata. Álvaro, antes, la rechazaba sin más y ella lo miraba con fría conmiseración, con un aire de perdonarle sus errores que yo creo que lo irritaba aún más. Con el paso de los años, esa actitud de rechazo se quedó en una mirada destructora que sólo Greta puede soportar con una sonrisa.

Ingrid es mi amor, mi cariñito, mi niña, es la hermanita que escogí para cuidar y su carita de amor o aprobación es la que me guió en la infancia. Su mirada es la que me informa de mi acierto o error. Su mirada era la que me habilitaba a pegar a un compañero en el colegio y también la que me conminaba a detener el ataque.

Esa noche su mirada, tras la sorprendente noticia revelada por la lectura del escabroso testamento, no quiso expresarse, intentó ser esquiva tras un vidrioso velo de dolor. Llevó sus manos a la cara y se tapó la boca y parte del rostro y se alejó del centro de la enorme sala caoba donde nos encontrábamos. Se alejó en dirección a la pared; nadie, ni siquiera el hipervigilante Augusto se percató del rumor de sus pasos tragado por los suelos de maderas centenarias, por las paredes recubiertas de cortinajes y cuadros, y por las estanterías que parecían absorber, con su alma de esponja, los desgarrados quejidos ahogados que Ingrid llevaba, con su movimiento, hacia el rincón alejado de la sala. Me acerqué con diplomáticos pasos. Su mirada me decía cosas que mis ojos no querían oír. Mientras me dejaba recorrer por sus ojos y nos estrechábamos en un abrazo, miraba al suelo, como aquellos que quieren escuchar mejor lo que le dicen, pero yo no quería oír. Yo quería tomar una decisión y que la mirada de Ingrid, esta vez al menos, no me persiguiera.

-No pienso pasar por esto, –me dijo.

Yo sabía que sus palabras eran definitivas y que su opinión no caería, esta vez, sobre mí como un baldón. Me concentré, en el abrazo en penumbra, muy lejos del centro iluminado de la sala, en su colonia, en el sobrio corazón de su perfume, un aroma que emanaba de ella a toda hora, calmo y suave como su amor constante.

Cuando se marchó de la sala con el firme y claro propósito de no volver jamás, de no pasar por la locura de aquella prueba, vi alejarse su cuerpo, me concentré en sus manos juntas que me lanzaban los últimos besos dolorosos y vi cómo dos empleados de la casa flanqueaban su desaparición tras las cortinas, tras las puertas oscuras, dentro de la noche de los jardines.

Un mayordomo, con su mirada más torva, cerró la puerta dándome a entender sin decirlo que yo debía volver a aquella tratativa tan importante.

Volví hacia la gran mesa donde los abogados envueltos en sus elegantes trajes y discretos perfumes movían con calma y también con meticulosidad y eficacia, los folios de aquella voluntad que nos alcanzaba, desde la letra escrita, a todos, con una uña punzante de maldad o de venganza o de incomprensible humor.

Sentí alivio ante la marcha de Ingrid y aunque parezca estúpido, miré con simpatía y hasta sonreí a mi hermano Augusto, buscando su aprobación. Como no me miraba, esmeré mi gesto por llamarle la atención, de tal manera que acabé haciendo gesticulaciones a la nada del aire circundante y las paredes decoradas, sentí que yo era bobo y para ahuyentar este pensamiento debilitante intenté creer que había tomado, quedándome en aquella sala, una resolución propia y el calificativo de “valiente” lo estuve rumiando un rato pero se me cayó al suelo como un vaso de vidrio y seguramente se hizo trizas antes de que pudiera ponérmelo como un traje nuevo.

Pensé en mi madre y su maldad, pensé en mi padre y en qué pensaría de todo esto si aun viviera pero me di cuenta de que me resultaba imposible hacer ese cálculo. Yo había olvidado incluso el rostro de mi padre muerto hacía tantos años. Dirigí, sin excesiva fuerza de voluntad, mi mirada a la boca rosada del abogado que se abría y se cerraba como un mecanismo cuyas emanaciones sonoras no llegaban a mi oído. Mis oídos estaban acaparados con insistencia casi prepotente por un zumbido que ahogaba cualquier otra experiencia sonora. Todo el cerebro me zumbaba como si un panal se hubiera desplegado en alguna zona entre mis dos orejas. Este zumbar se veía interrumpido cada poco por una involuntaria náusea que subía y bajaba por mi esófago con creciente y quemante ardor. Pensé que hacía ya muchos años que yo quería, realmente, “soltar” o “vomitar” alguna cosa, que probablemente el plan de nuestra madre era un proyecto muy pensado y muy elaborado. Bajo la luz de este pensamiento, la extraña manera con que mis hermanos seguían con intensa atención los pormenores y detalles de aquella prueba o juego testamentario, me pareció más que mera atención, me pareció positivamente sospechosa, como si estuviéramos a punto de salvarnos en un naufragio o algo así.

2.

El primer plato de la suntuosa cena –no mencionaré los importantes nombres de los cocineros– estaba compuesto por una suerte de picadillo del hígado de mamá aderezado con una de esas salsas secretísimas que embriagan la lengua a grados de enervante erotismo.

Augusto hablaba sin parar, tanto que por un momento pensé que era la primera vez en la vida que me percataba de ello, que era la primera vez en la vida que notaba aquel sonsonete artificial y nervioso, en el fondo: vagamente turbio, decididamente molesto en su imperturbable constancia. Miré en un momento en que bebía vino, un exquisito vino con aroma a romero, hacia el lado de Augusto y vi cómo su boca se abría y se cerraba con un método tecnológico y automático, tres frases, un sorbo de bebida, un bocado del hígado materno, ocho o diez masticaciones, una comentario sonoro, para empujar en el momento de deglutir, como si comentara “hum, qué delicia”, otro sorbo, ahora agua, vuelta a hablar. Y a su lado los dos focos candentes de los ojos de Greta mirándolo fijamente como si fueran a estallar antes que a llorar, escandalizada ante tanta normalidad, masticando ella también. Mamá nos iba entrando, en aquel día de luto, con calma y precisión, en el centro mismo de las entrañas. Hubo un momento en que se me quedó atascado entre dos muelas un trocito de su carne y empotrado allí no lograba retirarlo con el arduo trabajo de mi lengua. Aquello me inmovilizó, busqué un escarbadientes, pero al alcanzarlo, el tacto de la pequeña maderita entre las yemas de mis dedos, la fugaz y elemental asociación entre la madera para retirar restos de cadáver y la madera del posible féretro, me hizo pensar acerca de mí como de un idiota pero aquel pensamiento, al mismo tiempo, funcionó como cuña que me bloqueó en mi accionar, nunca me bloqueo y en ese instante me vi asaltado por interrogantes sobre si un escarbadientes de simple madera era adecuado para retirar el santo cuerpo de la madre de entre los dientes, si no sería adecuado a la circunstancia un material más noble como el marfil o el oro.

Al fin me caí de esta serie de pensamientos como quien se despierta tras dar una vertiginosa cabezada y miré a mi alrededor. Vi a Augusto y su locura garantizada, vi a Greta y su estupor y vi a Álvaro, a quien había dejado de ver desde hacía no sé cuánto rato, obnubilado como estaba por mis propias sensaciones e impresiones. Su gaznate subía y bajaba como si fuera a vomitar. Los sirvientes estaban trayendo el segundo plato. Espalda a la brasa e intestino rellenos. Con una música de Bach que caía por las paredes como una cascada cristalina y descomunal, hendían el centro de la sala, bajo las pocas pero claras luces que bajaban de los altos techos, unas bandejas de plata colmadas de carne materna de un modo que dejaba a las claras la nutriente biografía que había corrido por aquellas venas. Aquellas bandejas que entraban y salían de la mesa entre uno y otro hermano, para servirle el plato, como un cuchillo que hendiera una y otra vez el centro nutritivo de la sala, me hicieron pensar en mamá como un ser enorme, inabarcable, infinito e intenso. Dura y exigente, generosa según sus leyes. Y sentí amor y me relajé a tal grado que se me escapó un silencioso y breve pedo. Mamá. Mamá estaba allí, yo sentí su presencia como un amor sólido que nos exigía a grados extremos, pero de una honradez y claridad indubitables. El amor de mamá se convirtió en un pensamiento agradable y pesado que por un instante me arrulló.

Álvaro me sacó de aquel arrullo con un grito parecido a una bestial y primitiva declaración de guerra. Luego de aquel grito, una luz metálica atravesó la sala, pasó por el centro iluminado de la mesa y fue a incrustarse o a rebotar contra un cuadro de mamá de grandes dimensiones que había en uno de los lados de la gran sala. Como si el arco de recorrido de aquel cuchillo, con el que ya no podía cortar la carne materna, hubiera jalado invisiblemente de él, le siguió, poseído de rabia, detrás, como si aquel cuadro de mamá fuera una ventanilla de una oficina de reclamaciones. Hacia allí se dirigió y empezó a decirle de todo, Dios lo perdone, “puta, maldita, condenada, cabrona, soberbia, malvada, asquerosa, miserable” y toda una retahíla que no por bien pronunciada se volvió eficaz, no, fue a parar como el brillante cuchillo a la oscura esponja que representaba aquel cuadro en la parte más nocturna de la sala y allí se quedó arrodillado y seco de gritos y de llanto como un muñeco autómata sin cuerda, locamente iluminado por los ojos llenos de estupor de Greta, quien sin fuerzas lo rodeo con sus brazos y acarició su cara y miró todo su aspecto, buscando quizás una corbata para arreglarle. Desesperada al ver que no la hallaba, lo miró con unos ojos que en otra ocasión lo hubieran ofendido, ahora, el cansancio emocional lo tumbaba en un gesto de derrota. Greta parecía pensar “no entiendo porqué no puede ser todo normal” y quizás esa normalidad es la que buscó y quizás creyó adivinar en mí cuando abrazada en el suelo a Álvaro buscó en derredor algo como un consuelo o una explicación y de un modo extemporáneo me sonrió. Augusto llevó la bien planchada servilleta hacia sus elegantes labios y nos miró por un momento con dicha y con silenciosa seguridad. Su mirada sacó a Greta de inmediato de la zona oscura y rastrera en que se encontraba de rodillas y la condujo de nuevo a la luz del centro de la sala, de la gran mesa, de las grandes cuberterías de plata, de los aromáticos y limpios manteles, de las deliciosas salsas, de la rebosante madre que nos había convocado.

Se sentó a la mesa, recompuso su mirada, levantó una ceja como si asumiera el poder de un reino invisible, mientras a sus espaldas, ágiles sombras se movían para retirar el cuerpo desolado y descompuesto de Álvaro, perdedor de la justa. Absorto en unas emociones que se alejaban de nosotros como un antiguo continente que abandonábamos.

3.

El chocolate de los postres y el helado mataron, entre ambos, al último, suave, delicado sabor de los aderezados dedos maternos, aquellos que tanto nos habían acariciado. Una rumbosa canción de Nina Simone se descarrilaba sobre nuestras cabezas y caía a plomo como una cascada de piedras. Recorría mi cuerpo una oleada de satisfacción. Miré a mi hermana Greta, quien parecía absorta y sólo miraba a un punto perdido y nada decía, sus mejillas parecían estar congelándose. Miré a Augusto y pude apreciar su sonrisa victoriosa. De algún modo nos sentíamos preferidos, preferidos por la vida, por la vida a través de mamá. En ese momento se adelantó unos de los funcionarios tan bien pagados y nos invitó a levantarnos y desentumeciendo las piernas, dirigirnos a la sala siguiente, donde nos esperaba el aroma de los licores fuertes, la impregnación del café y el brillo de las nuevas bandejas. Cedí el paso a Greta. A Greta por ser dama, por ser mi hermana mayor y admirada, aunque ella nunca me tratara mucho. Luego cedí el paso a Augusto, por ser mi hermano mayor y también para expresarle mi amor. No se lo esperaba e hizo una reverencia sonriente antes de avanzar sus pasos hacia la puerta. Ya levantaba la cabeza para admirar, supongo, los enormes cuadros en las altas paredes de la sala contigua cuando una fuerza tan despótica como violenta lo venció, se inclinó hacia adelante y hacia un lado y sacó de sí todo aquello que de madre había introducido en su ser. Sudando y extenuado se estuvo durante largos minutos que los severos jueces que eran los funcionarios nos impidieron contemplar. Se dirigieron a Greta y a mi con palabras directrices y acabaron de conducirnos al nuevo destino y al nuevo continente de aromas y sabores. Se ve que aunque intervinieron con energía, no pudieron evitar que Augusto, como si se tratara de una competencia deportiva, entrara a despedirse de nosotros con unas palabras y unos gestos que valoraban nuestra aparente victoria. Cuando entró ya estaba recompuesto y peinado y olía a fresca colonia y no a vómito. Pero en sus ojos, al momento de girarse para marchar sospeché un dolor que no era sólo un fruto de esa noche. Era un dolor antiguo que parecía un animal encerrado, presa de su propio susto.

Esto me puse a pensar pero la verdad es que no quería abismarme en tal tipo de pensamientos, por lo que oliendo con energía el café calentito, recuperé mi fuerza y mis ganas de continuar y miré a Greta.

Ella se acercó a mi, al sofá donde yo estaba y me dijo con un sentimiento que nunca tenía para mí, ¿Cariño, me dejas acurrucarme a tu lado?

Y luego dijo:

“Abrázame”.

Luego no dijo más nada y aunque por un instante me pareció que sus ojos miraban diferente no lo quise comprobar, y desvié la vista al techo. Los robustos ángeles que allí había pintados, asomaban entre nubes; pensé en el paso del tiempo e intenté recordar qué imaginaba de pequeño en aquella mansión cuando me quedaba mirando a los angelotes.

4.

Esa noche soñé con mamá. Y al día siguiente, mientras desayunaba, hubiera deseado contárselo a Greta, pero nunca le había contado un sueño y no sabía cómo se hacía para acceder a ella con algo así, por lo que decidí no hablar de ello.

Mamá me quería, en mi sueño. Fue un consuelo porque yo siempre lo había dudado. En el sueño miraba a un espejo y en lugar de verme a mí mismo veía a Greta y tuve que dejar de mirar porque de pronto empezaba a sentir sus sentimientos y no me gustaban. Quizás por eso me dio cierto pudor contárselo. Pero fuera como fuera, luego, en el sueño, continuaba mirando al espejo y de pronto volvía a ser yo o al menos quien yo imaginaba ser en ese sueño, pero hubo un momento de susto en que desde mis ojos empezó a mirarme mi madre y el hecho de ser yo y mirarme físicamente con sus ojos empezó a resultarme doloroso, como si sables metálicos atravesaran mi cerebro y por un momento sentí la andanada de carne que subía y bajaba por mis tripas, pero ella en sueños, desde el espejo, me dijo que no, que yo no podía sacarla de mis entrañas porque ya había entrado totalmente hasta la última de mis células. En ese momento me desperté y recuerdo que pensé que ya la había digerido, pero la sensación de estar a salvo era superior a cualquier razonamiento acerca del orden de la realidad. Me quedé tumbado sobre los grandes almohadones mirando hacia los ventanales y hacia la noche y esperé el amanecer.

5.

A las cinco de la tarde del domingo ya era millonario. Greta también, pero rompió su estupor y se encaprichó con que ella no quería su parte y que si tenía que recibirla la regalaría y el tiempo confirmó que eran firmes su propósito y su promesa.

Pero fue cuando nos dirigíamos a los jardines para abordar nuestros coches y largarnos de allí, que los abogados, interceptándonos, dijeron que para finalizar teníamos que pasar a la sala de la biblioteca porque teníamos una última noticia para recibir.

Cansados entramos a la biblioteca y aquí me gustaría que la realidad se conformara a no resultar tan banal, pero es lo que pasó. Allí, sentada en un sofá como un pajarito sobre sus crías, estaba Ingrid sonriente y esperando. Un apartado del testamento decía que aquellos hijos que de un modo claro y contundente se negaran a pasar la prueba recibirían junto con los vencedores su parte. La vergüenza entró en mi cuerpo en forma de temblor y la fiebre se presentó de un modo inmediato, un estado gripal pareció apoderarse de mí.

Ingrid nos colmaba de besitos, sobre todo a mi, y yo deseaba en ese momento haberme comportado de otro modo, pero no sabía de qué modo.

Greta se despidió y se fue hacia su coche, Ingrid, abrazada a mi se dirigió a mi coche y cuando me dejó del lado del conductor y dio la vuelta en torno para dirigirse al puesto del copiloto, yo abrí mi puerta con dificultosos tanteos, como envuelto en una bruma, la abrí y antes de entrar tuve que apoyar el antebrazo en el techo del coche para recuperarme porque una especie de pérdida de conciencia me invadió por primera vez en mi vida, esos vahídos que luego, con el paso de los años, los médicos nunca se han podido explicar, y que yo sobrellevo como aquella vez, la cabeza apoyada en el antebrazo, los ojos cerrados, las narinas palpitantes absorbiendo todo el frío y cortante aire de aquella tarde, mi conciencia cayendo como una minúscula gota de algún líquido oscuro desde el enorme techo de alguna catedral hacia el distante suelo, entro, como una partícula desconocida en una flotante galaxia de oscuro e inmenso vacío y luego de un instante eterno vuelvo aquí, a este lado, donde aprieto las llaves del coche, me agacho y entro en la sólida atmósfera de la caliente cabina, aspiro el ambientador, me dejo invadir por los sonidos del arranque y me digo alguna palabra sin sentido mientras miro a Ingrid, mientras miro al frente, al resplandeciente horizonte de azul y verde donde entro y salgo con el abrir y cerrar de mis ojos. Giro a la derecha y antes de salir de la casa pongo mucho cuidado porque unas enormes piedras pintadas de blanco que señalan el sendero están mal colocadas y a veces doy con las ruedas del vehículo unos suculentos topetazos contra ellas.

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