lunes, 15 de abril de 2013

Modesta proposición para salir de la crisis. Héctor D'Alessandro


Modesta proposición para salir de la crisis.
Héctor D’Alessandro

Venía caminando para mi casa, y me detuve a observar a un grupo de visitantes urbanos de las ruinas arquitectónicas en que están convertidos algunos de los malolientes edificios del Raval. Miraban un edificio bastante mediocre, a medio camino entre construcción provisional y refugio de guerra, ante cuya visión, aquellos turistas catalanes hacían todo tipo de bromas obscenas cuyo origen radicaba en el número 69 que la puerta del inmueble ostentaba. Miren, miren, exclamaba uno, la casa del Jordi; este tipo de comentarios en los que suelen entretener el tiempo mientras llega la muerte los nativos de esta península obsesionados al parecer, aunque sólo verbalmente, con el sexo pero más que todo con los genitales. Me puse a observar y escuchar las indicaciones de la chica que ejercía de guía turística, quien con su sonrisa daba la aquiescencia a los comentarios ambientales; que dicho sea de paso están socialmente aprobados por la tradición. Sus comentarios hacían referencia a algún artista que al parecer había vivido en aquella covacha en forma de paralelepípedo, pero no en todo el solar sino en uno de sus cubículos.
   No tengo la menor idea acerca de cuánto cobraría esa chica por hora, tiempo que utilizaría mayormente, supongo, en escuchar todas aquellas sandeces a las que el público nos tiene acostumbrados. El caso es que como en un rapto iluminativo acudió a mí la solución inmediata para todos los males que aquejan a estos reinos —a esta altura no me atrevo a llamarlos de ningún otro modo— donde parece que casi todos roban; y digo roban aunque sé que lo políticamente adecuado sería decir “robamos”. Esa modalidad de dicción falsamente heroica que hace que la culpa personal se disuelva en la culpa colectiva y la culpa colectiva, por el mismo hecho de ser colectiva, parece ser menos culposa si usted se manda la parte de que la asume. Aunque en el fondo, y también en la superficie, usted y yo sabemos que somos unos hipócritas y que nadie quiere asumir nada. La laxitud moral es lo más similar que pueda existir a una casa de muchas puertas o, para hacer uso de una mayor exactitud: una casa con muchas salidas. Es algo así como si la gente dijera “uno nunca sabe que puede uno en determinadas circunstancias llegar a hacer”, por lo tanto, lo mejor será que las leyes sean laxas porque no otra cosa querré si a mí se me pone a tiro uno montón de dinero fácil y de dudosa legalidad.
  Esta necesaria introducción hace referencia o lo pretende al clima general que vivimos actualmente en este país al que siendo extranjero he llegado a amar aunque la administración y las diferentes corrientes sociales intenten confundir el objeto de mi amor. La verdad es que uno acaba no sabiendo exactamente en dónde está, pero puesto a justificarme diré, acudiendo a las palabras de un gran político traicionado en estas tierras por todos, lo cual, en estas tierras, habla muy bien de su persona política, que amo el lugar en que estoy, con independencia de que en el día de mañana o de pasado mañana, viva en otro sitio. Uno es de donde está, es lo que dice esta banal sentencia, y con ella doy por zanjado provisionalmente este importante tema que trae a muchas personas bien y mal pensantes de cabeza o al menos lo dicen; al menos los que cobran por fingir una honda preocupación ante los hechos sociales o políticos.
   Yo no diré tamaña bobada; me refiero a la preocupación, honda o de superficie, puesto que soy de los que se ocupan de verdad y con sinceridad por los objetos de su pasión.
  Paso entonces a exponer el objeto de mi iluminación y el plan que en consecuencia podría aplicarse. El caso es que me detuve ante aquel grupo absurdo de personas absolutamente banales que realizaba aquella inocua actividad que contribuye al objetivo de rellenar los espacios vacíos entre el nacimiento y la muerte y que a ellos le procura satisfacciones sin límite que expresan profiriendo grititos de bienestar y alegría o de franco disfrute y a la economía general un aumento en los números que los popes del área presentan una vez al año con ceremonia y boato necesarios. Y al detenerme ante ellos acudió a mí una suerte de torrente ígneo de intensas ideas alumbrativas; al sentirme alumbrado tomó posesión de mi persona y de mi cuerpo una suerte de euforia explosiva que de no explayarme a mis anchas en este documento que mañana sin falta comunico a las autoridades y a las organizaciones que estén más a la moda para convertir este tipo de ideas en realidades concretas.
   Al verlos así, tan interesados mirando a lo alto del edificio y al parecer disfrutando del panorama acudieron a mí de modo inmediato las cifras estadísticas de accidentes, de películas y sobre todo de géneros, como suele decirse, “taquilleros”, y todo tipo de datos que confluían en un sentido. Nuestro país, ya me siento de aquí y sé que esto le procurará algún tipo de orgasmo a ciertos tipos de personas, vive históricamente del turismo y de un cierto grado de “diferencia” convertida en acuciosa llamada publicitaria. Aquí hay que ser diferente. Entonces pensé que podemos aprovechar al máximo la oleada de suicidios y de diferentes tipos de actos inusuales en el panorama social que dejando librado a la imaginación de las personas, y aquí la prensa nunca para de decir que originalidad e imaginación sobran, por lo cual se me ocurrió que podríamos organizar una suerte de servicio donde los futuros suicidas, por el motivo que sea, desahucio, depresión, esnobismo, comuniquen su intención y los datos concretos donde tal actividad se llevará a cabo, para que acompañados del conjunto necesario y adecuado de turistas y con un servicio más esmerado de guías turísticos debidamente preparados para la ocasión, y pactando (evidentemente, esta palabrita tenía que colocarla en alguna parte del documento) unos mínimos con las autoridades, arreglarlo todo de tal manera que esos actos originales y distintos que se están dando de un modo frecuente —lo cual vendría a demostrar el grado de desarrollo de la imaginación de los ciudadanos en nuestra nación o estado— no se vean interrumpidos en su desarrollo estrictamente voluntario por una nonada de prurito legalista.
  Las perspectivas resultan formidables, actualmente las autoridades niegan y los grupos indignados indican que cada 8 minutos se expulsa a una familia de su hogar. Esto nos otorga posibilidades inmensas de desarrollo turístico y una vida social animada y llena de variedad. Imaginen una publicidad debidamente orquestada, aquí tenemos grandes magos de la comunicación y relacionistas públicos con vínculos en reinos caníbales como Qatar u otras zonas oscuras del planeta rebosantes de dinero y para qué lo vamos a negar, el atractivo de venir a un reino a presencia muertes violentas de seres humanos —evitando claro está que un cuerpo de esos te caiga encima, dado que algunos de estos seres creativos se lanza por los balcones, una cuestión que bien podría resolver el departamento de tráfico que siempre está ávido de actividad— es algo mucho más interesante que presenciar la sangría repugnante y lenta de ganado bovino, como hasta hace poco se practicaba por estas zonas. (Yo sé que alguien me va a salir con alguna bobadita psicológica por la cual me intentará explicar que la sociedad se deshacía de nada menos que la “part maudite” por la vía del ganado bovino y que ahora en cambio por una suerte de transmutación libidinal y energética ese parte maldita está siendo desvinculada del cuerpo social de este otro modo. A todo esto le digo que teóricos de la paranoia y del absurdo los hay de sobra pero ante la posibilidad de recuperarnos del paro e incrementar los números de nuestra productividad nada hay que pueda oponerse; es mi juicio y creo que el de la mayoría de los ciudadanos sensatos; iba a decir “bien nacidos” pero me pareció excesivamente demagógico.)
   Nos convertiríamos de este modo no sólo en el soñado ideal de país “diferente” sino también en una suerte de ciudad Gótica donde los buenos ciudadanos mirarían con anhelo e ilusión bondadosa a lo alto; porque sabrán que cuando el aire silba en lo alto, un cuerpo está cayendo y nuestra economía estará subiendo y con ella el orgullo de haber sabido salir de esta situación juntos y codo con codo y apoyando siempre el mayor anhelo de cada cual y mostrando asimismo un inmaculado respeto por la sagrada decisión libre e individual. Al fin y al cabo, somos la patria de Mar adentro, ese canto a la muerte respetada del otro que viene a ilustrarnos en nuestra vida con un montón de valores y bla bla bla.
   Creo que contamos además con toda una tradición cultural, como se mencionaba en el anterior párrafo, que permite tomar la delantera en este ámbito del desempeño turístico. Basta de ir a la cola de todos y que nos estén ayudando y rescatando. Ciudadano, quiere matarse, mátese, pero hágalo de un modo enteramente altruista, llame ahora a la oficina de turismo más cercana.
   Creo que a poco de comenzar y en cuanto  nuestra gente que es tan espabilada y “echada palante” y que siempre sabe dónde hay una ganancia sabrá ver los beneficios de la autoinmolación. Pero ya no será una inmolación inútil, no, de ninguna manera, será una inmolación en aras de una causa mayor, de la gran causa mayor, la mayor de las mayores. Ya estoy viendo las calles cubiertas con posters “Compatriota mátate.” Y la cola de gente anotándose en las filas de los candidatos a morir; pero claro, no de un modo enteramente inútil, que la familia se lleve un beneficio pecuniario. Yo creo que con la demanda que todo esto tendrá pronto el mercado se autorregulará e incluso ese sector prosperará sin igual. Luego además ya mi mente se lanzó en picado y comencé a elucubrar las otras posibilidades necesarias y evidentes. Surgirán como setas luego de la lluvia un montón de eufóricos que harán innovaciones, surgirán evidentemente de entre los sectores de la población más exaltada alguno que quiera realizar algún tipo de atentado con carácter reivindicativo y esto también habría que fomentarlo, no caer en la tontería histórica de reprimirlo, que produce el efecto absolutamente contrario, como decía el sabio Nietzsche, un penado por la ley se vuelve inteligente, y eso no conviene porque si se vuelve inteligente se le dará por cometer algún tipo de delito sin resolución, que es el tipo de delito considerado perfecto por los delincuentes y perfectamente estúpido desde el punto de vista estético, puesto que no se puede gozar de elementos cruciales en la construcción de una buena trama pública y transparente —signos referentes icónicos de nuestra época—, elementos de un carácter tan gravitante como la identidad del ejecutante: ¿quién es, qué hace, qué come, en dónde vive, cómo vive, cuáles son sus pensamientos, qué canta en la ducha, canta en la ducha o no lo hace, estaría dispuesto a vender los derechos para hacer de su vida privada una superproducción o permitir el acceso a su vida con una web cam?
   Todo esto, hoy día, señores  y señoras, permítanme que les diga que son elementos sustanciales en la planificación de cualquier estrategia que vaya a producir un mínimo de éxito.
   Piensen que en el momento en que un grupo pequeño de ciudadanos se decida a abrazarse con alguno de nuestros amados gobernantes munido de un salvavidas rellenito de dinamita o cualquier otro tipo de explosivo, esto también producirá una corriente imparable de optimismo, puesto que el paro se verá reducido en varios puntos, y sólo debido al área de la seguridad de personas y bienes. Imaginen una sociedad en la cual la mitad de la población esté intentando asesinar mediante algun medio a la otra mitad y en el medio una barrera humana de empleados de seguridad — ¡lo cual estará hablando de un paro tendiente al cero!— protegiendo las vidas de unos frente a los ataques de los otros. En fin, un orgásmico paraíso de bienestar e intensidad vital sin límites acorde a nuestras más caras tradiciones sangrantes, ¿quién quiere toros? ¡Vaya paparrucha!
   Sólo hace falta, para rentabilizar todo este tipo de acciones explosivas, darle a todo este conjunto de eventos un nuevo significado productivista; no tenemos porqué caer en los calificativos de hombre bomba y otros apelativos estruendosos que nos vincularían a tradiciones más cerriles como los hombres bomba de la derecha estadounidense o los islámicos de tan mala fama. No, en nuestro caso, se trataría de “colaboradores”. ¿No estamos acaso en el país propiamente de la “colaboración”? Yo lo he escuchado esto toda la vida que llevo aquí. Estás en una empresa con una contrato de dudosa legalidad o al menos el contrato es legal pero tu actividad nada tiene que ver con lo que dice el contrato. Pues tú eres un “colaborador”. Tú te dejas la sangre para otro pero lo haces como autónomo, de otro modo ese otro no te acepta, tú eres un “colaborador”. Tú trabajas hace años para tu familia y lo mismo hacen todos tus parientes y no se registra estatalmente esa actividad porque tú eres de la familia y te riges por unos principios solidarios, tú eres un “colaborador”. Nosotros aquí no somos talibanes ni ningún otro tipo de animal, somos gente colaboradora. Yo fue lo primero que aprendí: a colaborar. Además colaborar forma y tonifica el carácter porque a veces te asaltan deseos asesinos contra la persona que te permite tu actividad colaborativa; y eso, quieras que no, te aporta una formación y también te tonifica. Y forma y tonifica mucho, lo sé por experiencia propia.
   Pues este tipo de colaboradores que cada poco tiempo cumplirán con una actividad debidamente legalizada en aras del bienestar general se podrán inscribir a tal efecto en una oficina que no sólo tome nota de cara a mejorar el carácter general del evento sino que además puede ejercer algún tipo de apoyo o auspicio técnico que le dé una cierta rimbombancia al hecho que sea y evidentemente la necesaria cobertura identitaria para que la sorpresa sea real; que el político, banquero, juez o funcionario genérico que sea que vaya a morir por medio de un atentado o cualquier otro tipo de ingenio o artilugio goce de la sorpresa verdadera que permite además de la espontaneidad, la obtención de unas grabaciones audiovisuales que pueden resultar muy interesantes si estamos pensando en nuestra sociedad vinculada en red.
   A tal efecto se podría incluso requerir de la asesoría profesional de tantos y tantos antiguos colaboradores de distintos tipos de bandas u organizaciones que llevaban adelante asquerosas actividades delictivas sin ningún tipo de provecho general.
   Por otro lado, tampoco se debe descartar la posibilidad de que algún personaje impredecible se salga del cauce y quiera realizar actividades de este tipo que además poseen una interesante dimensión de autorregulación demográfica que no se debe descartar, puesto que en definitiva, seamos serios, esto también cuenta y, aunque a los devoradores de periódicos no se les haya informado en su día, ya sabemos que hay sociedades enteras que quieren morir a mayor o menor velocidad y no debemos dejar de trabajar con ese vibrante y nuclear aspecto del asunto.
  Estas salidas de tono se producirán necesariamente y la pena será que se tratarán justamente de acciones desperdiciadas de todo punto de vista; por lo cual convendría además de tomar nota, proveer en cuanto haya atisbos o se produzca uno de esos lamentables hechos la solución para que no vuelvan a suceder. La sangre, toda dentro del marco de la ley y el bienestar general.
   En fin, que se abren grandes perspectivas ante nuestra asombrada mirada. Grandes cambios se avecinan y no podemos siquiera imaginar los niveles que llegaremos a alcanzar de desarrollo en el área de la muerte pública y otro tipo de acciones de sangre que se puedan contener en el marco de una acción empresarial y turística concertada. Muchos elementos culturales contribuyen a sustentar la seguridad del éxito en nuestro proyecto, el deseo general de la gente de presenciar muertes y en el caso concreto de nuestro país, las películas más tristes y bochornosas en torno al fenómeno de la muerte, películas además de un tenor depresivo que a las personas parece gustarles con delectación, hablan a las claras de un vibrante interés por la muerte y todo lo que la rodea.
   No caeré en vivas a la muerte porque esa frase está demasiado vinculada ideológicamente a unos hechos que nada tienen que ver con este promisorio futuro que tenemos ante nuestros ojos y que ahora, gracias al contexto histórico y al desarrollo tecnológico, no sólo podemos verlo con claridad sino también explorarlo y desarrollarlo para que alcance su máximo rendimiento.
   En tiempos de crisis algunos saben ver las oportunidades. Sé tú uno de ellos, deja a tu familia con una mejor situación, si te preguntabas qué podías hacer por tú país, esta es la respuesta, ponte en contacto con nosotros para que podamos darle el mayor rendimiento a tu gesto, y no lo dudes: mátate ya.

1 comentario:

Marco Tulio Aguilera dijo...

Texto magnífico e iluminador, además de muy práctico y además estético, solo compaable al de De Quincey,"Del asesinato como una de las bellas artes" (Me congratulo de ser tu prologuista)

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