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Buena parte de los relatos que están o estaban en este blog, se encuentran en el libro "La Profecía Tlön",que se puede comprar en Internet accediendo a la siguiente página www.bubok.com
Ahora mismo estoy desarrollando modelos de aprendizaje en los que combino mis propios descubrimientos con los modelos de la Programación Neuro LIngüística.
Primer descubrimiento: En 60 minutos cualquier cerebro puede absorber la información necesaria que le ayudara a entender cómo se crea por ejemplo "Rayuela" o "Sombras sobre el Hudson", en las siguientes tres horas puede absorber (y esto está garantizado) las destrezas necesarias para escribir esa obra que desea. Cuatro años de estudio en 50 minutos es una magnífica inversion. Excelencia creativa. Pregúntame:
hectordalessandro1@yahoo.es
domingo 15 de noviembre de 2009
El cucaracho. Héctor D'Alessandro
Si no lo hago ahora, acabaré olvidándome de contar la ocasión en que me convertí yo también en una cucaracha.
Fue así, una cierta mañana, y sin previo aviso ni indicios de insomnio o mal dormir, abrí los ojos para encontrarme con el extraño panorama de que sólo veía mis oscuras patitas queratinosas. Recuerdo claramente que mi reacción -la menos literaria que podía haber imaginado tratándose de mi persona- fue de intensa curiosidad, como si me dijera a mí mismo que aquella era una gran oportunidad para vivir experiencias excitantes. Y lo más interesante del caso es que yo había leído de un modo reverencioso la omisa pesadilla de Kafka, había vivido con intensidad lo que yo interpretaba como una metáfora acerca del definitivo fracaso en que consistían las relaciones intrafamiliares. Lo leía como un creyente debe leer su canon particular, y me apasionaba y me interesaba por deducir de su carta al padre elementos que me guiaran en el camino de indignación denunciada por la metáfora que yo había emprendido con mis escritos y con los libros que mas disfrutaba leyendo.
Por todo esto, ver mis patitas de color oscuro y nacarado brillante no me hizo sentir terror ni tampoco otros sentimientos opresivos. Muy por el contrario, excitó todos mis nervios y ardía en deseos de ver a mis amigos y mostrarles con orgullo mi nueva vida de insecto y asustar a mi estúpida novia con mi nueva condición.
Yo sabía que mis amigos, al verme, exclamarían palabras de asombro ante mi nueva estampa y admiración por la tonalidad y consistencia de mi nueva piel.
Sabía, asimismo, que mi novia se estremecería de horror y me recriminaría el hecho de ser una persona tan variable de carácter y tan mudable en mis convicciones y me saldría con un discurso de esos tan comunes en ella que estaban adornados de ideas tales como "me quieres explicar, Héctor, ¿cómo les digo yo a mis padres ahora que salgo con un chico que se ha vuelto cucaracha?". "Esto lo haces para ponerme molesta, estoy segura de ello, sólo lo haces para molestarme y molestar a mi familia porque sabes que son gente normal, gente sencilla. Eres un cabronazo, ¿lo sabías?"
Yo, que la escuchaba con paciencia, ahora redoblaría mi interés y curiosidad y amor por el conocimiento, puesto que la escucharía con una paciencia de cucaracha, y aquella era una modalidad desconocida por mí que anhelaba experimentar de inmediato.
Con todas estas imaginaciones me excitaba, y sólo deseba que llegara la hora de levantarme y comenzar a ver y experimentar las reacciones de las personas de mi entorno.
Me giré en la cama y, a diferencia de Samsa, sí que pude moverme; no sólo esto, es que gozaba de una gran movilidad, hasta poseía cierto swing natural en mis movimientos. Meneé un poco las caderas para ir adaptándome del mejor modo posible a mi nueva fisiología, cuando entró mi madre y nada más verme empezó: "¿Ya estás con tus estupideces?" Dado que su exclamación resultó verdaderamente vibrante, se expandió por toda la casa y llegó a oídos de mi padre que de inmediato vino presuroso a ver qué nueva locura había emprendido su hijo. Pude oírlo cuando decía "Este chico es la maldición de los D'Alessandro. Me va a matar a disgustos. Dime, Héctor, ¿es lo que te has propuesto? ¿Es eso lo que quieres? Matarme de un disgusto y matar a tu madre, a quien si matas tampoco perdería demasiado el universo, pero, dime de una vez: pretendes matarme con esta nueva actitud? ¿Por qué me haces esto?"
-¿Piensas tener ese aspecto durante mucho tiempo?" Intervino mi madre.
-No lo sé.
-Pues será mejor que vayas averiguándolo, porque esta tarde viene tu tía y tu madrina y además viene el prometido de tu prima la mayor y no le va a hacer ninguna gracia que estés así convertido en una cucaracha.
-Si es por esa gente -intervino mi padre- te puedes quedar así todo el rato, su naturaleza de miserables insectos les impedirá advertir cualquier variación, estarán en su ambiente. Yo te pido en cambio que lo hagas por ti, por lo mejor de ti y porque esa parte mejor de ti me demuestre que no deseas realmente atentar contra la vida de mi cuerpo mortal.
Yo, sinceramente, quería contestarles pero entonces fue que cobré conciencia de que mi atenazada boca estaba impedida de emitir sonidos. Ni una sílaba salía de mi interior, solo un grave esfuerzo tozudo que se resolvía en una impotencia muda y angustiosa.
No podía responder, mi único modo de contestación o protesta era mi sólo aspecto desnudo y tibio, de oscuro insecto mudo y sigiloso, el furor de mis cuerdas vocales se transformaba en una agitación rítmica de mis patitas que parecía peinar mi cabeza sin pelo. Entendí entonces con pensamientos que más que todo eran sensaciones, que ese que yo era estaba en el fondo del cuerpo que me representaba y que los gestos malinterpretados desde el mundo exterior serían durante un tiempo indeterminado mi silencioso idioma y mi condenación a no entenderme realmente nunca a fondo con otra persona.
Ese día lo pasé en la habitación oyendo cómo mis padres ante la inalterabilidad de mi situación llamaban a todos los conocidos y parientes, amigos (amigos suyos, se entiende, no a los míos a quienes consideraban como a otras tantos graciosos capaces de hacer lo que yo había hecho) e incluso a mi novia, con el objetivo de que al venir a mi casa estuvieran advertidos sobre mi nueva y extraña condición.
Envuelto y protegido por mi piel de cucaracha pensé que no me aguardaba un destino tan aciago dado que mis padres ahora renegaban pero, conociéndolos como los conocía, sabía que con el paso del tiempo me aceptarían. Quizás incluso se dedicaran, en alguna tarde hermosa, a leer "La metamorfosis", no con el objetivo de agradarme sino de encontrar un antídoto, pero era un comienzo en el compartir gustos y libros.
Mi novia se limitó aquel día a sentarse a un lado de la cama, a poner su cabeza apoyada en gesto dramático sobre la palma de su mano izquierda y con la mano libre me agarró una patita y no paró de llorar y gimotear durante horas. No me consideraba, de ningún modo una víctima de alguna enfermedad transformativa sino un maldito loco que de alguna manera había buscado esta estrafalaria situación. A mi me gustó mucho cuando dijo que una vida entera a mi lado en estas condiciones sería dura pero que su amor por mi se lo permitiría. El placer dulce y tibio de rodear su cuerpo algodonoso y tocar su culito me reconciliaba con su persona y me permitía tolerarla. Yo quería más a su culito que a ella, pero aquella era una forma del amor.
Para cuando llegaron mis amigos, festivos, con sándwiches y bebidas para celebrar mi nueva y extraña condición, mi madre ya tenía ecuménicamente diseminada la versión oficial. Todo se trataba de una moda o costumbre de los jóvenes de nuestra época. Mi novia no sabía muy bien a qué atenerse, yo no lograba colar ninguna opinión desde dentro de mi prisión corporal cucarachesca. Mis amigos inventaron un sistema de comunicación: un movimiento de patita “sí”, dos movimientos “no” y se echaron a reír como descocidos, revolcándose por el suelo de la habitación. Para ese momento fue que llegó toda mi parentela y asomaron sus cabezas en orden y con miedo por el marco de la puerta de mi dormitorio y miraba a mis amigos y a mi llorosa novia y a mí con cierto recelo, pena, asco y animadversión. En el fondo quizás, recuerdo que pensé, disfrutan viéndome convertido en la clase de insecto que siempre me han considerado, sólo el terror ancestral que este tipo de conversión les infundía me llenaba de cierto efímero poder bastante inútil.
En los días sucesivos, mi madre iba convenciendo con denuedo a todo el que se le pusiera delante que aquello que yo hacía comportándome de ese modo era muy propio de los jóvenes en la actualidad.
Mi padre por las noches intentaba convencerla de que tenía algún tipo de enfermedad cerebral, que sólo a una redomada imbécil se le habría ocurrido un argumento más estúpido. Ella insistía en que no, que aquel era un argumento que acabaría convenciendo a todos; adquiría, incluso, mientras lo defendía, cierto aire heroico y algo mesiánico. “La gente no se entera de nada”, decía envuelta en una aureola nietzscheana, filósofo cuya obra no conocía pero de quien afirmaba que “nos había separado”, a ella y a mi. Mi padre la escuchaba con relativa indiferencia y ponía la boca torcida en gesto de desdén y desprecio. Le decía que era una imbécil y una subnormal y que si ese era el resultado de su trabajo neuronal mejor sería que le ahorrara más abortos cerebrales al mundo suicidándose a la primera ocasión en que tuviera oportunidad de hacerlo. Yo había aprendido a rasguñar trocitos de queso con mis patitas y mi boca queratinosa y los observaba y los escuchaba desde una repisa en la que me habían instalado en el comedor a una cierta altura a salvo de las inesperadas pisadas de algún paseante distraído. Mi madre no se inmutaba y le replicaba que una madre aceptaba a un hijo adoptara la forma que este adoptara y lo defendería aunque le costara la vida y que aún siendo yo un miserable cabrón ella me cuidaría, dándome quesito y miguitas de pan mientras fuera necesario hacerlo y que por lo que respecta a lo que mi padre, su marido, le decía, no le importaba una mierda y le comunicaba que su mayor deseo era verlo morir muy pronto envuelto en los mayores de los dolores y víctima de alguna violenta enfermedad que se lo llevara para el otro barrio desagarrándolo internamente de un modo cruel y especialmente sádico y que sólo le pedía a dios salud para ver y disfrutar de aquella gozosa escena.
Estas palabras, bajo la sombra de mi nueva alma de cucaracha, no me herían de ningún modo conocido por mí hasta entonces, todo lo contrario, las escuchaba como un rumor lejano o como una transmisión lejana y fallida de alguna emisora a punto de diluirse en el silencio.
Así transcurrían los días, mi novia me hacía visitas cada vez más espaciadas, un día comentó como al pasar que tenía un amigo nuevo, y dos días más tarde no vino a verme. Mi madre estranguló un gemido en su garganta y se agarró a un periódico que por allí había y con grandes voces, como para disimular, dijo que había que ver, las horribles noticias que aparecían en la prensa, que cómo lo ponían a uno y a continuación decretó que debíamos escuchar música. Estuvo aturdiéndome un rato con tangos tristes violentos, con valses monótonos y música pop, hasta que se fue a otra habitación y me dejó solo, pensando. Miré la tarde, la monótona tarde azul que entraba por la ventana y respiré hondo sabiendo que la tristeza era posible pero no inmutable, y me adormecí. Para cuando desperté, tras una sudorosa siesta y como si un extraño resorte espiritual se hubiera soltado en mi interior, recuperé la visión de mis manos carnosas y delicadas. No supe si alegrarme o más bien adaptarme a la resignación. Me estiré y al hacerlo sentí el crujir de todos mis huesos humanos y experimenté también la sensación cierta de que había crecido una enormidad en aquellos días como insecto.
Cuando entré en la cocina, devorado por el hambre de mis entrañas, en busca de viandas y bebidas, mi madre se echó a llorar con toda la fuerza de una tormenta. Me dijo que era ciertamente malvado, que lo que yo le hacía no se le hacía a una madre. Así se estuvo un buen rato, hasta que se cansó y volvió a su antigua actitud de rechazo y enojo, sólo que ahora acompañada de cierto aturdimiento. Se acercó a la mesa del teléfono, pude ver sus dudas expresadas en los complejos gestos de su cara. Muy pronto comenzó el nuevo ciclo de llamadas diseminantes: una nueva versión estaba en marcha.
–Si ven a Héctor cambiado, es sólo algo pasajero, continúa igual que siempre.
Así fue que me convertí para siempre en un cucaracho, continué siéndolo para mi familia, para los allegados por parte de mis padres, para mi ex novia que ahora no se atrevía a decirle a su actual novio que me vendría a ver porque decían que había vuelto a ser el de siempre. El paso que había dado la había dejado definitivamente en una nueva acera y según su modo de ser no podía volver atrás. Entendí de pronto que a muchas personas, por no decir casi todas ellas, una vez que se definen de una manera, les cuesta desdecirse y explorar otras vías, prefieren seguir en el error antes que arriesgarse a cambiar. Entendí que mis padres no tenían remedio más allá de la muerte, que yo no volvería a ser nunca el que era y que eso me llenaba de entusiasmo y alegría. Vi a mis amigos decepcionados durante dos días porque se les había acabado el juguete, pero al final recuperaron la fuerza y la curiosidad que los caracterizaba y ya estaban inventando nuevas jugadas para divertirnos juntos. Un día conocí a una chica que me dijo que desde hacía tiempo me quería conocer, que sabía que yo era el chico que durante unos cuantos días había sido una cucaracha y que sólo con saber eso ya le bastaba para querer conocerme y enamorarse de mí. Yo le pregunté si me seguiría en mis locuras, si fuera necesario y ella me respondió que siempre subiría la apuesta, entonces no necesité ver sus brillantes ojos, supe sin saber cómo, igual que algunos personajes literarios y la mayoría de la gente que puebla la existencia, que estaba rendido a sus pies, que quería unas alas nuevas y volar con ella, que lamería sus pies y mordería su espalda, que juntos brincaríamos por la noche en nuestra aburrida e insípida ciudad. Supe que siempre había encontrado sentido a todo lo pasado y ahora se lo encontraba más aún si cabe y me puse a cantar. Canté una canción hermosa y triste y violenta canté una canción que me arrastrara en la noche, una canción hermosa y triste y violenta.
sábado 17 de octubre de 2009
Zapatos rotos. Héctor D'Alessandro
Héctor D’Alessandro
Imagínese usted una ventana, un balcón, una brisa marina y la mirada soñadora de Rosita, la chica que yo era, contemplando el infinito azul de la noche en el hemisferio sur. Escuchaba esta canción una y otra vez con demoledora constancia. Mi cerebro de niña soñadora se fue llenando de ilusiones y poderosas imágenes de éxito y de mitos, como consecuencia sólo quería ser un hombre y vivir aquella novela de aprendizaje destinada al macho y solo al macho que domina con sus neuronas en un mundo adverso. Cuando llegué a los quince, mientras otras sólo pensaban en fiestas y en novios, yo pensaba en juntar dinero para cambiarme de sexo y triunfar en la literatura de mi minúsculo país. Así me convertí en el primer autor que escribió sobre la vida de una prostituta (“Naná”, editorial Monte Sexto, 1991) y sobre la vida de un pae de umbanda y transexual (Miguel de Oxum, misma editorial 1992). No podía escoger, para mi nueva identidad, otro nombre que el de aquel griego que acompaña a la humanidad desde Homero y que también está presente en la novela de Zolá. Toda decisión importante en mi vida trae aparejada una imagen en mi mente: dos zapatos muy hermosos, las puntas hacia arriba, algo gastados, más bien rotos, un camino que sale del pueblo y un camino que llega a la ciudad.
domingo 11 de octubre de 2009
La otra muerte de Iván Ilich, por Héctor D'Alessandro
La otra muerte de Iván Ilich.
Héctor D’Alessandro
Llegó un día en que para sorpresa suya soltó, como si se tratara de un lastre abusivo, una enorme cantidad de pensamientos inútiles e imágenes de sí mismo que ya no tenían una razón para continuar vivas. Hacía mucho tiempo que se había cansado de ofuscarse cuando un lector le decía: “leí el cuento en el cual cuentas como tu padre hace esto o aquello” o bien “leí el cuento en el cual cuentas cómo le dijiste aquello a una novia”. Se dio cuenta de que escribiera lo que escribiera siempre habría alguien que intentaría demostrar que detrás de todo estaba siempre su perecedera personalidad, esto al comienzo lo ofendía gravemente, dado que pretendía dar un salto a los territorios de la imaginación, en los cuales sería libre y se movería con extraordinaria y brillante habilidad bajo otras máscaras.
Fue entonces que, tumbado en el suelo haciendo ejercicio sobre la colchoneta de gimnasia vio la foto de Kafka y pensó que escribiera lo que escribiera y lo protagonizara quien lo protagonizara, fuera un hombre, una mujer, un ser amorfo u objeto inanimado, le pondría sus propias iniciales, así fue que todos sus personajes comenzaron a llamarse H.D.. Todos, absolutamente todos, ratones, filósofos griegos de la era socrática, travestís famosos de los escenarios internacionales, a todos les ponía por nombre aquellas iniciales.
No fue un cambio menor, a partir de ese momento, comenzó un salto verdaderamente imaginativo, se refugió detrás de una especie de biombo hecho de vacío. Un poco lo que le pasaba a todo creador verdadero. H. D. era psiquiatra y había estudiado durante muchos años las características centrales de los creadores más interesantes que la historia había concebido. Y la conclusión a la que había llegado era que aquel elemento definitorio y central era una cierta capacidad para permanecer en una estado de perpetua alerta tranquila y vacío interior que se dejaba colmar tanto por imágenes y sensaciones procedentes del ámbito exterior como de aquellas producidas por las propias sinapsis cerebrales.
Esto le permitió explicarse –obtener la sensación interna de comprensión era muy importante para él– muchos sucesos de su propia vida y de la vida de los otros, de su mujer, de sus hijos, de los amigos, de los pacientes y de aquellas personas que se acercaban a H.D. por su conocida profesión de escritor.
Un fin de semana en que se quedó solo en la ciudad, su mujer había viajado con los chicos a pasar con sus padres en la costa, aprovechó para releer un libro que había leído hacía nada más y nada menos que treinta años. “La muerte de Iván Ilich”. Releer, entendió ese fin de semana, es aprender de sí mismo, es verse ante un espejo que va volcando en la realidad, procedentes de otros mundos, datos que nos han estado rodeando durante todo este infinito, misterioso y aparentemente sólido tiempo sin que los viéramos. Comprendió como quedan en el fondo misterioso de ese vacío interior una impronta de pensamientos, sensaciones y aprendizajes que se vuelven inconscientes. Entendió en definitiva cuánto, pero cuánto...había aprendido de Tolstoi a los quince años de edad. Y aunque esto lo entristeció, ya se verá porqué, también lo alegró en grado importante debido a que entendió cómo un cachorro de ser humano puede valerse en un momento crítico de una gama de percepciones que le servirán para sobrevivir al dolor y para vivir, quizás, instalado en la corriente central de la vida y de la intensidad.
Comprendió que la lectura a los quince años de edad de “La muerte de Iván Ilich” le había enseñado dos cosas muy importantes para su propia vida. Ahora podía ver esta enseñanza en perspectiva, cómo había influido en su propia vida a la hora de tomar decisiones fundamentales, pero sobre todo cómo le había enseñado a observar de un modo que el mundo progresivamente descafeinado en el que había ido viviendo no puede resistir.
De modo inmediato le había enseñado que una vida inauténtica no vale la pena de ser vivida. Que vivir entregado como Iván Ilich a complacer al mundo exterior y a hacer aquello que queda bien y no saber siquiera lo que piensa la propia esposa de uno es además de una vida inútil, un lento suicidio. Aprendió que vivir odiando a la persona que está a nuestro lado y no decírselo jamás es una labor de autodestrucción horrorosamente silenciosa.
Recordó en el decurso de la lectura que treinta años atrás, mientras leía, pensaba “¡yo soy auténtico!” Esa era su meta y su brillante y apetecido norte.
Lo segundo que aprendió es que la gente no muere de repente, como nos han enseñado a pensar con el objetivo de que podamos mirar a otra parte mientras el horrible desgaste se produce ante nuestra mirada indiferente. La gente, aprendió, toma decisiones a diarios, mediante las cuales multiplica sus posibilidades de vivir más y cada vez más intensamente o bien decide marcharse de este baile porque no ha entendido las reglas o porque está cansada o porque la hora ha llegado y de algún modo lo ha captado.
Aprendió a ver eso, como a diario las personas van inclinándose en un sentido u otro y hacen opciones mortales.
continuará...
sábado 1 de agosto de 2009
Montevideanos. Héctor D'Alessandro
Montevideanos. Héctor D’Alessandro
El Sr. Inspector General de la Salud Pública salió de su oficina a las cinco. Cuando iba a verlo a su oficina, siempre me hacía esperar. Como era su hijo, no podían echarme y el subinspector, un tal Alvaro que esperaba a que mi padre se jubilara o reventara de una vez, se dedicaba a sacarme al terrado, donde estaba el baño y desde donde se podía ver, en la no tan elevada ubicación del quinto piso del ministerio, buena parte de la ciudad.
Allí nos quedábamos, Alvaro y yo, mirando para aquí para allá, haciéndonos los idiotas ambos, mientras a papá, su secretaria terminaba de hacerle su trabajito bucal. Luego, cuando ella se marchaba, Alvaro y papá lo comentaban en un lenguaje que pretendía ser una clave secreta pero que en realidad era una idiotez de disimulo a través del cual yo podía entrever todo lo que sucedía. Alvaro siempre le peguntaba lo mismo, si la chupaba bien, y papá contestaba con unos gestos algo ambiguos que más o menos daban a entender que sí, que la chica lo hacía fenomenal.
Los años pasaban y papá continuaba teniendo a aquella mujer por amante y Alvaro, a fuerza de esperar lo imposible, tuvo un ataque de hemiplejia que lo dejó baldado. Mi padre pareció robustecerse con aquello, algunos domingos incluso íbamos a verlo a aquel desgraciado a su casa. Un cabrón según mi padre, que estaba pegado a su nuca para espiarlo y sacárselo de en medio a la mínima. Un tipo con muy buenos contactos con la dictadura y con los masones más oscuros que se relacionaban con los peores asesinos del gobierno y procuraban colocar a sus acólitos en los puestos más interesantes. Más de una vez le escuché decir a mi padre que de aquel tipo tenía que cuidarse como de la peste. En fin, que papá cuando iba a verlo un domingo y otro también, en realidad estaba cumpliendo una secreta venganza que en el silencio de la privacidad solo a él le daba una satisfacción desmedida.
Cuando volvíamos de aquellas visitas, mi padre estaba lleno de vida. Un tipo de apenas cuarenta y un años, que era además su principal y más peligroso competidor, estaba baldado y hecho un estropajo, y él con sesenta y pico tenía una amante de treinta y pico. Se sentía una bestia salvaje.
Aquella mujer estaba loca, además de tener cara de estarlo. Le gustaba hacer sus trabajitos bucales a mi padre, pero lo más curioso es que también era amante de un primo mío de casi cincuenta años de edad que era presidente de una cooperativa de alcance nacional, quien había logrado aquel puesto simbólico en el que únicamente se estaba para cobrar el sueldo, según mi padre, porque era un ex diputado herrerista favorable a la dictadura. Aquel primo mío tenía un nombre original, se llamaba Edison y aunque no había inventado nada sí había logrado que Mirta le hiciera sus famosos trabajitos.
Por ella, según su familia, se había divorciado de su maravillosa mujer, con la que tenía dos hijas. Mi padre, que era muy realista, decía que no, que se había divorciado porque era un idiota. Pero claro, nadie quería reconocer que mi primo, aún con nombre de inventor y aún siendo un ex diputado y un vago con titulo de presidente de un ente paraestatal, era un redomado imbécil.
Se había arrastrado llorando por las calles de rodillas detrás de aquella loca de Mirta pidiéndole que no lo dejara. Y ella, poseída del extraordinario y vibrante papel de mala, malísima, le dijo que si quería estar a la altura de ella –o alguna otra cosa por el estilo– debía seguirla, abandonándolo todo por ella.
El primo Edison se volvió majareta del todo y acabó divorciado, volviendo a vivir en casa de sus padres, y tomando calmantes. Se pasaba todo el día repasándose el cabello y mirándose al espejo y llorando, mientras sus padres discutían, tal y como lo habían hecho durante toda su vida: mi tío Coco le pegaba a su mujer, ésta lloraba y rompía algunos platos, él se cabreaba más y volvía a arrearle otro par de guantazos y entonces ella se encerraba en su habitación hasta que se le pasara. A todo esto, mi primo, como si nunca se hubiera dado cuenta de todo esto en toda su vida, como si acabara de darse cuenta de que su padre le pegaba a su madre, le hizo frente por primera vez en toda su ya larga vida. El Coco le dio una piña que lo acostó. Entonces Edison fue a la habitación, agarró un revolver que allí tenía y le descerrajó a su padre cuatro tiros. ¡Cuatro! Tres en un pulmón y un cuarto cerca, a dos milímetros, del corazón. Pero el cacho de bestia de su padre no murió, sobrevivió para quedarse allí solo, abandonado y con toda la familia hablando pestes de él. Los cuatro tiros de mi primo no lograron matar a su padre pero sí que liquidaron la cómoda situación general de la familia, la hermana mayor, que no quería llevar a su madre a vivir con ella, que ahora vivía en un barrio bueno y no en la mierda de barrio donde ellos vivían, tuvo que llevársela y no sólo eso, sino que además tuvo que mantenerla; su mamá, como muchas mujeres de su época, no tenía oficio, pero tampoco beneficio.
Mi primo no fue preso, no fue preso porque tenía contactos y porque un psiquiatra rápidamente emitió un diagnostico inapelable por el cual no era responsable ante la ley. En Uruguay, en esa época, sobre todo si eras herrerista y de los que no estaban del todo disconformes con la dictadura, las cosas continuaban arreglándose del mismo modo, de modo que el hombre no pisó una comisaría más de una hora.
Eso sí, el médico lo obligó a permanecer durante un montón de tiempo en un hospital psiquiátrico, de donde salió menos lúcido que una marmota borracha y con la destreza motriz de una babosa.
De aquel modo olvidó a Mirta. Mi padre experimentó cierto alivio, dado que cualquier novedosa mención acerca del malhadado destino de mi primo tras dejar a su legítima mujer, no hacía más que recordar en el enrarecido ambiente de mi familia que esa mujer era también su amante y aunque mi madre expresaba claramente en todos los lugares públicos que frecuentaba –la peluquería, la sala de masajes, la tintorería, la lencería, la casa del embajador de Gran Bretaña, la casa de la podóloga, ante sus hermanas, amigas y vecinas más apreciadas– que ella no se la chuparía por nada en el mundo, que eso no era para ella, que le daba un asco que no podía superar, que era honesta, que si lo hiciera seguro que vomitaba, que no, que ella no la chupaba, no la chupaba y no la chupaba, y sanseacabó.
Ante todo lo cual, yo, que era un niño despierto y que, como decían lo adultos, todo lo absorbía, me hice el firme propósito de casarme con una mujer a la que amara pero sobre todo que la chupara y que lo hiciera de maravillas.
La noche que mamá, quien le tenía cierto fastidio a su hermano mayor por haberle robado la herencia de mis abuelos a ella y a todos sus hermanos, nos contó el fatal estado psíquico en que se encontraba nuestro primo, todos estuvimos o fingimos estar compungidos, mi padre, mi madre y yo, aunque por distintos motivos. Supongo que como humanos nos afectó el destino desastroso de alguien cercano a nosotros. A mí particularmente me alivió el hecho de que probablemente ya nunca más tendría que oir historias de mi primo que recordaran en casa la evidencia de una amante en la vida de mi padre. A mi madre en cierto modo le procuró cierta satisfacción la venganza por mano ajena que el destino se estaba cobrando sobre su hermano, más de una vez la oi decir que si tuviera valor lo hubiera matado ella misma. Por eso mismo será que esos días le oi decir una y otra vez “la justicia tarda pero llega” y al interrogarla sobre porqué decía eso me contestó que alcanzaba con que ella lo supiera. A mi padre no sé si le procuró un alivio grande o pequeño pero lo noté de inmediato mucho más relajado.
Y recuerdo que aquella noche, al ir a acostarme, pensé en mi primo, que estaría en un psiquiátrico y experimenté perplejidad y pena por sus hijas, entendí de pronto que si mis padres, embargados por las emociones, se entregaran a tales desmanes, yo me habría quedado solo y eso es lo que más teme un niño, por eso dí gracias a mi dios particular y recé para que si era necesario que aquella loca continuara con sus labores bucales para mantener el orden familiar yo no me opondría. Recordé cuando iba por las tardes al ministerio, cómo me guiaba una ascensorista ciega hasta la quinta plante, cómo me saludaba por mi nombre nada más subir al ascensor, recordé el misterio profundo que para mí entrañaba el saber cómo me reconocía la ciega, recordé cuando Alvaro me decía esperate un momento, que ahora tu papá está allí dentro redactando un documento muy importante, vení vamos a preparar té de cedrón y vamos a buscar unos bizcochitos para el té mientras tu papá acaba, y recordé también que cuando papá salía de aquella oficina yo le ponía una cara especial que lo hacía sentir culpable y me soltaba dinero y entendí de corazón la importancia de que en mi familia intercambiáramos dinero y mentiras y a veces un cachetazo, otras besos y cariño, pero nunca cuatro tiros.
viernes 31 de julio de 2009
La Tierra de los Ciegos. Héctor D’Alessandro
Si locamente sueñas, al llegar a estas tierras, que estás habilitado para llenarte de estímulo -al ver a la gente y conocer sus costumbres- pensando que en el país de los ciegos, el tuerto es rey, desde ya me veo en la obligación de llamarte a recato y al abandono perentorio de tales ideas pueriles. Si lo hago no es por procurarte un daño, es sólo para evitarte el dolor de experimentar en carne propia que esta tierra, por algún extraño motivo que he desistido de averiguar, escribirá sobre tu piel una verdad diferente, que dirá más bien: en el país de los ciegos, los tuertos son asesinados antes de llegar a adultos, son perseguidos y exterminados, incluso mediante el aburrimiento.
Se ha dicho sobre Voces con vida.
“...Sin duda alguna serán los conquistadores de los nuevos espacios de difusión actuales donde ya se imponen y de los lectores que esperan nuevas voces con vida”.
martes 28 de julio de 2009
Ver lo que no se ve. Héctor D'Alessandro
Ver lo que no se ve. Héctor D’Alessandro
Desde muy niño me asombró la capacidad de las personas para ver lo que no se ve. Yo me había acostumbrado a dar rodeos inmediatos en torno a cualquier frase que un adulto soltara con extrema rapidez. Como si yo me dijera a mí mismo: “si lo dice rápido es que no lo piensa, ya no lo sabe, ahora no actúa esa persona sino el peculiar patrimonio de estupidez acumulativa que su tradición individual le haya permitido adocenar”. Ese instinto tan certero nunca me falló. Cuando alguien suelta una idiotez a gran velocidad significa que las palabras están hablando a través de él, no está generando nada, sólo basura.
Dentro de esa infinita cantidad de porquería mental están casi todos los dichos populares de todas las tradiciones poliimbéciles del planeta, casi todas las frases hechas y un buen conjunto de falsos pensamientos cuyo vaciedad queda demostrada por la recepción que cualquier adulto sano puede hacer de ellos: una vaga desolación y el silencio propio ante lo irremediable se apodera de la persona. El virus de la idiotez humana acaba de pasar por la estación circular del cerebro una vez más. Tiene parada en todas las estaciones.
De ese conjunto casi infinito me asombró sobremanera esa capacidad para ver lo que no hay que se haya presente en las personas extremadamente poseídas por la mente comunitaria y que no han tenido ninguna oportunidad de parir alguna vez una idea o algo que se le parezca. Decía, esa gente, “has visto a fulano (o mengana) siempre solo (o sola).” Y luego venía la pregunta sobre porqué no está con alguien; nunca nadie cogía por el camino en el que hubiera por ejemplo carteles indicadores que dijeran: “qué feliz se le ve, qué bien está consigo mismo”. Y si se decía algo de esto, inmediatamente agregaban (para cagarla) “si solo/a está tan bien, cuando esté con alguien será increíble”. O bien, “Has visto a tal, qué casa tiene”. “Sí, pero no tiene el coche que tiene perengano”. (Siempre aquello que falta.) “Has visto a fulanita, qué éxito ha tenido.” “Sí, pero no viaja a X”. (Siempre aquello que está ausente).
Yo no me engaño, todos estos que siempre han repetido todas estas bobaliconadas, hoy gobiernan el mundo, desde puestos de importancia y desde cada esquina desde la cual se monitorea el sentido común vigente. Estos, que ayer nomás decían esas cosas, son los mismos que creen en un montón de ideas indemostrables. Son los mismos que creen tener pensamientos propios, son los mismos que creen ver el aura, son los mismos que se preguntan porqué ese petróleo está en ese país de miserables y no en la gasolinera de mi esquina, con lo mona que es, son los mismos que creen tener la capacidad de modificar alguna cosa y los mismos que anhelan algo con una fuerza equivalente a la de un pedo y creen que eso les salvará. Gracias a ellos y su labor constante, ahora me percato, la idea general de dios es una idea negativa y chabacana, es el más elemental de los sentidos comunes y corrientes. Un pensamiento que siempre ha estado volcado a lo que no está, necesariamente va a crear un dios que está ausente, que no se puede ver y que en definitiva nunca se puede alcanzar. Dios, ahora lo veo claro, es el más grande pensamiento de escasez que se haya podido concebir. Es el nombre que se le ha dado a la ausencia total. Ese dios no me gusta, ese dios es suicida, el supremo anhelante de lo que no está aquí y ahora.
Ese Dios no escucha, no puede escuchar, porque lo que yo digo sucede aquí y ahora.


