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"No pienses en Héctor D'Alessandro".


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viernes 29 de mayo de 2009

Los hombres también esperan a una princesita azul. Héctor D'Alessandro

Los hombres también esperan a una princesita azul.

Héctor D’Alessandro

Desde un buen puesto de observación es posible percatarse, sí, los hombres esperan con ansiedad, una ansiedad de colores, a una princesa que venga a salvarlos. Acostumbrados como están a gobernar la vida con mano firme y a imponer su versión de las cosas de un modo inobjetable, llaman a esta cenicienta conquista de un modo algo ordinario y vulgar, un modo que los llena de jolgoriosa satisfacción cuando hablan entre sí a solas en los vestuarios de un gimnasio, por poner un ejemplo lo más aproximado posible, llaman a esa conquista que corona a la espera “pegar un braguetazo” y se relamen de gusto cuando pronuncian esta expresión y la risa se les cae de la boca como ruidosas flores de cristal que rompieran su irrespeto contra el frío suelo de baldosa. Sí, lo sé porque he vivido muchos años de quintacolumnista entre ellos –confieso que no me han gustado–, cuando los hombres sufren, se lo hacen pagar a los otros; cuando piden limosna, dicen que te están haciendo un favor. Pero desde mi balcón privilegiado, los he visto mendigar amor y llamar a eso "conquistar a la muchacha", los he visto valerse de muchas artes bien arteras, fingirse distintos de sí mismo para entrar en el palacio apetecido con cara de vanagloria y de redentor. Y también los he escuchado infinitas y oscuras noches apestosas de malos sentimientos. He escuchado al prometedor estudiante de no diré qué carrera profesional pensando en que si la hija del rector de su universidad le hiciera un poquito de caso a él se le abrirían un sinfín de posibilidades. Todavía hay gente que piensa estas cosas sin calcular el precio que paga. Desde mi tribuna floreada he visto perderse muchas fortunas por amor verdadero o por amor turbio y torcido, pero jamás he visto a nadie perder el amor antes de tiempo y por dinero. Cuando las fortunas se pierden van a la cloaca general y son cloaca. Cuando el amor se pierde se transmuta, se hace odio que es la otra cara del amor, no su contrario, el contrario es la indiferencia emocional. Cuando el amor se pierde, el palacio se hace pequeño y sus paredes, que son infinitas, se achican y se achican y aprietan y aprietan hasta que le vida parece sosa e inútil, vacía, sin flores y aburrida, entonces la persona explota y tira de sí o se tira por el foso de su palacio, se rompe en mil pedazos, saliendo de sí ya definitivamente. Yo sé de esto porque por amor o por sus sobrantes vituallas después de la batalla lo perdí todo, lo perdí todo muchas veces, y cada vez me resarcía a mi mismo en el momento de recuperar la sonrisa y decirme a mí mismo, aún sin creérmelo, "allá voy otra vez, yo confío, yo confío, soy confianza ambulante a toda hora". Yo he visto llorar a aquel amigo equivocado que decía que ella lo había dejado y que dónde iba a encontrar otra igual, y yo le decía que en la próxima esquina, porque soy así, y el me miraba como para darme un cachetazo y me abrazaba y lloraba y decía que estaba desolado. Sí que lo estaba, estaba desolado y aislado y solo como un perro , aunque yo estuviera allí y lo mirara con conmiseración. El amor te rompe el pecho, te lo rompe como una jarra de barro, como una tinaja, te lo rompe para que aprendas, pero yo he visto a los hombres de mi club apretar los puños sanguíneos y las mandíbulas sin sangre y tirar para adelante con el cuento de que son fuertes y que no pasa nada, mientras esperan el infarto masivo de miocardio en la parada destinada a esa actividad patológica. El hombre no se calma, ruge hacia dentro y explosiona en mil pequeñas sensaciones interiores y desagradables, espurias, venenosas y malignas. Eso le pasa porque en su ingenuidad aún espera que lo salven, que venga aquella muchacha adinerada e inteligente, sensible, buena y sensual, sofisticada, amorosa y animada, que le perdone todas sus imperfecciones, brillante y sociable, ingeniosa, tierna y salvaje, erótica, sagaz y fuerte, temeraria, valiente y tan oportuna que aparecerá justo en el momento adecuado para evitarle un sucio enfrentamiento con toda la cohorte de demonios interiores, los mayores y los menores, tan oportuna que lo distraerá agradablemente una vez mas con mimos y caricias y le evitará esa torva mirada que lo acecha desde el espejo donde se peina agitado esquivando a la hidra que atisba desde el otro lado del azogue.

Todo eso pedía un amigo, otro amigo, otro más, nada piden menos que la perfección, nada dan, sólo exigen, siguen haciéndolo, sufren pero no lo saben, son niños muy dolidos y trastornados viviendo de prestado en cuerpos de hombres grandes, yo los miré mucho tiempo con complicidad, luego vino el tiempo de la pena, luego del asco, ahora sé que está llegando la aceptación porque no me interesan. Sólo tengo ojos para quien me gusta, hombre o mujer, y para mí, a quien en el espejo a veces veo hombre a veces mujer, a veces tigre y a veces ratón, resido en medio de la furia y del dolor, me quito un velo y otro de la vista, y doy un paso en una tierra de desnudez, mi corazón va expuesto, esa gente ya no me habla, el mar lame mi herida, cuando sea inocente dejaré de creer en cuentos de colores, entonces veré el sol.

miércoles 13 de mayo de 2009

Viento nocturno. Héctor D'Alessandro




Viento nocturno. Héctor D’Alessandro


Si volviera a recordarlo quisiera que fuera de otro modo. No pensé, además, que volviera, pero lo ha hecho. Es como una luz que se acercara de a poco en la oscuridad de la autopista, en la soledad inmensa y ventosa de la noche. Vuelven los recuerdos y vuelve esa época que parece tan ajena y tan distante. Recuerdo que vivíamos enfrente de la embajada de Brasil, un barrio de clase media acomodada en su mayor parte y en vías de descalabro total una parte vertiginosamente creciente. Es el año ochenta y mi hermano, para variar está de mal humor, un mal humor mudo que se manifiesta con pequeños actos viles y vengativos, aquella tarde hacía calor y estábamos como en un horno a presión. Mi cuñada estaba embarazada de siete meses y era diciembre. Mi sobrino de diez años estaba jugando en algún sitio y mis padres, ya mayores, estaban trajinando en su sector de la casa, una casa no muy grande a donde fuimos todos a vivir con el objetivo de salvar a mi hermano de la bancarrota definitiva. Recuerdo que mi cuñada y mi hermano se comían la comida de mis padres por la noche a escondidas y luego mi padre los regañaba con suavidad y sin convicción, ellos reían y mi madre conspiraba y conspiraba con el objetivo de que aquellos chicos se divorciaran.
De pronto, en pleno calor de la tarde, comenzaron a gritar en la habitación donde vivían, un hecho que no sorprendía a nadie, debido a que lo hacían a diario y por los más peregrinos motivos. Mi hermano tenía veintiocho años y su mujer creo que un año o dos menos. De los gritos pasaron a tirarse cosas y a ofenderse de modos cada vez más brutales y en cierto momento se oyó el golpe de objetos metálicos contra los muebles y las paredes y también el quebrarse de una madera similar a la pata de algún mueble y algo de loza, como un plato o una tetera. A partir de ese momento los gritos de la mujer fueron cada vez más agresivos y desesperados a la vez que desafiantes. ¡Loco! ¡Estás enfermo! ¡Estás enfermo! Gritaba este tipo de cosas, algo inhabitual, dado que hasta ahora lo normal eran más bien epítetos desagradables que de modo invariable iban cargados con una intención sexualmente denigratoria.
Un golpe seco y pastoso, como de una bolsa que cayera al suelo, nos puso sobre aviso de que la cosa había pasado a mayores, la mujer estaba de siete meses, mis padres tenían miedo, ellos estaban imbuidos de esas chorradas televisivas que fomentan la creencia de que la gente se vuelve repentinamente loca en un tris tras; esa concepción de la locura implica además la creencia en un estado de euforia criminal que vuelve inconsciente a las personas y los hace peligrosos para cualquiera que se cruce en su camino, ésto, independientemente de lo útil y atenuante que resulte como explicación a posteriori ante un juez que también crea en la llamada “locura transitoria”, era lo que creían mis padres y yo, que estaba pensando “a ver si la liquida de una vez y matamos dos pájaros de un tiro”, les dije, cumpliendo a rajatabla con las normas de urbanidad habituales en las familias, “calma, calma, ya verán que en un momento todo se pasa” y por dentro, pensaba “vamos nene, acaba de una vez tu trabajo, que te estoy dando tiempo”. Pero no hubo caso, el tiempo se acabó y el bobo grandote ese de mi hermano mayor no cumplió con lo que tanto aspaviento prometía, (“que te mato, que te mato” bufaba como un bisonte), mi sobrino, enloquecido de pavor, el pobre pequeño, me reclamaba “tío, tío, va a matar a mamá y a mi hermanita, le está dando patadas en la barriga”.
Yo, por toda respuesta, lo agarré del hombro, me dirigí sin hablar arrastrándolo hasta la puerta, la abrí y lo saqué a la calle y le dije: “Allí enfrente está la embajada de Brasil, en la garita al lado de la puerta hay un policía. Corre”.
El pobre niño corrió, lleno de aprensión y terror, me imagino que también en el fondo pensando que se enfrentaría a su padre de un modo radical, como nunca lo había hecho, esto lo elevaría varios grados por encima de sí mismo, pero la próxima vez que a su padre le diera el ataque iría a por él.
En dos minutos, el gordo oficial con cara bonachona intervino mi hogar y llamó a la puerta del dormitorio de mi hermano y su familia, yo pensaba abochornado que realmente estábamos cayéndonos por la escalera social con enorme violencia y con gran estrépito. La única que mantenía un poco el decoro, era mi madre, que invitaba algunas tardes a tomar el té a la madre de un ex presidente de la república y con eso levantaba un poco el status de nuestra familia en pendiente.
Calmé a mis padres y los conduje a sus habitaciones en la parte delantera de la casa y yo me metí en mi cuarto, más próximo -nunca mejor dicho- al “lugar de los hechos” y pude escuchar cómo el policía, que era un crónico machista igual que mi hermano y que tampoco deseaba practicar una detención y meterse a hacer un parte y todo ese lío que le llevaría varias horas durante las cuales se suponía que él no debía salir de su puesto de vigilancia dentro de la embajada de nuestro vecino del norte, le decía “esto no se hace muchacho, la próxima vez que venga voy a tener que detenerte de verdad” y otras frases así de domingueras por el estilo. Yo, mientras, rabiaba dentro de mi cuarto pensando y repitiendo “no lo va a detener, no lo va a detener, me cago en su madre, no lo va a detener”, pero claro, yo no podía salir corriendo de mi habitación y proclamar que yo lo denunciaba, algo que su mujer no pensaba hacer, porque entonces se delatarían mis intenciones y puestos a ir a un juicio, yo no me veía a mi mismo declarando en Montevideo en el año ochenta algo del tipo “sí, señor juez, pero este hombre siempre ha sido violento", y sacar mis brazos quemados con cigarros para mostrarlos en público y hablar una vez más de las veces que me obligó a chupársela a escondidas de nuestros padres y luego me amenazó si yo contaba algo, amenaza innecesaria, dado que mis padres nunca me creyeron y aunque yo involuntariamente vuelva a recordarlo y desee que todo aquello fuera de otro modo, no lo será, porque fue así y así se queda pero ahora que mi hermano está muerto y bien muerto, (murió envenenado por su mujer que estudió en libros de medicina el mejor método para ir envenenándolo a diario con una ponzoña que administrada de ese modo ni se nota ni se puede, tampoco, detectar jamás su subrepticia presencia asesina dentro de las venas del desgraciado destinatario) yo puedo mirar hacia el interior, hacia la noche de mi conciencia y volver a ver todos esos hechos y sentir que el yo que los vivió se ha ido desgajando del centro de mi ser y ha pasado a ocupar un lugar verdaderamente secundario donde digamos que no molesta en demasía y está bien que esté allí y que yo lo vea como una lucecita cada vez más tenue que se aleja del núcleo tranquilo de mi actual personalidad, que se desliza por una autopista, en la noche y que el viento, que todo lo barre, también se la lleva consigo.

martes 5 de mayo de 2009

La historia de Elsa. Héctor D'Alessandro




La historia de Elsa. Héctor D'Alessandro

Conocí a Elsa a poco de vivir en España, llevaba dos años. Si algo había aprendido era que los que nos habíamos exiliado voluntariamente sosteníamos un desprecio constante y un ardiente aborrecimiento por el paisito. Es más, esta mera palabra nos revolvía las tripas hasta provocar una nauseas color verde. Me daba cuenta asimismo que los que había debido irse forzados, sobre todo por la situación política dictatorial, no vivían aquí en España ni en ningún otro sitio donde se estuvieran, sino que se encontraban atados por vínculos muy firmes a su país, a nuestro país, y de hecho luego, al volver, se reintegraron como si nunca hubieran salido y su larga estancia en el extranjero se convirtió en una horrible y extensa pesadilla. Algunos, tras varios intentos de afincarse, volvían a largarse, ahora como emigrados.
Elsa me llamó la atención, porque era comunista o ex comunista y sostenía hacia el país a pesar de haber salido como exiliada un odio eterno. Cuando la conocí, hacía poco que se había comprado un pequeño hostal en un parque nacional en Asturias y se marchaba una vez mas, luego de décadas en Barcelona, donde tenía un bar que los skin heads le incendiaron y no olvidaron pintar en la puerta “Fuera Sudacas” justo en una época en que el gobierno local de la ciudad estaba recalificando los terrenos en esa zona.
Era judía, hija de un judío polaco que instaló una fábrica bastante conocida en el Uruguay luego de años vendiendo caramelos en la puerta de la Caja de Jubilaciones.
Hija única, se convirtió en heredera única y le brindó a su padre el regalo de amor filial de verla casada, casada con un chico “de la colectividad”.
Llevaba a sus espaldas seis años de casamiento, dos hijos y otros tantos años de militancia en el PCU cuando se produjo el golpe de estado en Uruguay. Ella fue presa de inmediato. Le iban a quitar todo, perdería a sus hijos, a su joven esposo, sus bienes pero, le dijeron los milicos, hay una solución.
Estaba desesperada a tal grado que no sentía el dolor físico de las horrendas torturas que le habían infligido. ¿Dónde está mi marido? ¿Dónde mis niños? Suerte que mi papá no tuvo que ver esto.
Un día, los soldaditos, la vinieron a buscar y le comunicaron que tenía una visita y, con una sonrisa agregó uno de los soldados queriendo transmitir la importancia del suceso: un abogado.
Cuando entró a la oscura sala de paredes verdes descascarilladas apenas veía, le dolían los ojos, le dolía el cuerpo, recuerda que sintió el enorme peso de su cuerpo en ese momento en que pudo relajarse. En la sala estaba su marido y un hombre desconocido, sería el abogado. Extendió las manos hacia el marido buscando el contacto y preguntó por los nenes en el mismo momento en que el abogado acercaba su cuerpo y su cabeza engominada a la mesa y ponía una carpeta rosa sobre el fondo rayado de la antigua mesa de firme madera. El marido retiró las manos y Elsa sintió frío. El marido miraba al suelo mientras el abogado comenzó la retahíla, enumeró todos los elementos negativos que pesaban en su contra y la enorme conveniencia de la solución que había encontrado.
Cuando llegaba a esta parte, a Elsa se la hacía un nudo en la garganta y retorcía la muñeca mientras apretaba el puño. Si hubiera podido, habría matado a alguien. Su situación era de “desaparecida”, en ningún expediente constaba como detenida. Si no aceptaba lo que se le ofrecía en ese momento su destino además de mortal podía resultar por siempre desconocido. Ella había colaborado toda la vida con el partido Comunista, su futuro, por lo tanto estaba sellado como un sarcófago. La alternativa que se le brindaba ahora era firmar de inmediato el divorcio, dejar los niños en manos de su marido y venderle todos los bienes a este con el objetivo de no perderlo todo y teniendo en cuenta que ahora él debería criarlos y necesitaría este patrimonio ya que la desorejada de su madre no había pensado las consecuencias de sus actos. A cambio la sacarían de inmediato y España le daba asilo.
En ese momento Elsa se levantó y pidió o mas que pedir se permitió a si misma un acto que iba contra su propia raza, contra toda su vida pasada, contra el honor y la memoria de su padre, pero además de darle un cachetazo a su maridito chico bien de la colectividad y escupirle, le dijo con más ganas que nunca en toda su vida y de un modo que le salió de las mismas entrañas: ¡Judío de mierda!
Esta es su historia, me la contó mientras hacía las maletas una vez más. La vida la revindicó, encontró un hombre maravilloso en un asturiano fuera de serie que la amaba y pudo volver un día a Uruguay y hablar con sus hijos sobre lo que había sucedido.
Tuve la tentación de indagar algo obvio, si al volver la democracia había iniciado una demanda contra su ex marido, pero sentí que era inútil preguntar eso a aquella mujer que aguantó dos semanas de picana eléctrica en al vagina y en los pechos, violaciones y patadas y que luego renunció a todo y como una autentica leona pensó "los criará un perro pero crecerán vivos y sanos, yo estaré viva, la vida da vueltas y yo volveré a arreglar esto". Seguro que lo habrá arreglado, al menos dentro de su atribulado y contradictorio corazón, eso es lo que pensé y también me quedé largo rato pensando eso de que la vida da vueltas y la clamorosa carnalidad trágica que tenía en este caso, y pensando en su marido me dije a mi mismo que no podía entender cómo había gente que habiendo oído este dicho popular toda la vida, a veces lo olvidaban.

lunes 4 de mayo de 2009

Escritor alado pone un huevo en la Rambla. 2 Héctor D'Alessandro

Escritor alado. 2

Héctor D’Alessandro

Tumbado en el frío suelo irregular, rodeado por una masa diversa de gente despistada y curiosa, con el sol obstaculizando mi visión, podía sentir en el rubor de mis mejillas la intensidad de algunos pensamientos circunstantes. Casi seguro que alguno de aquellos turistas de la vida al mirarme allí tendido en plena calle de una ciudad muy concurrida acunando un huevo grande como el de una gallina, pensaría en mi circunstancia y sobre todo en mi mirada, más parecida a la de un cervatillo, tierno y triste a la vez, que a la de un ser humano.

Esa era la sensación, extraña por demás y melancólica en un grado superlativo, que hasta mí llegaba, y parecía atravesarme el pecho y el corazón y los pensamientos difusos que mi cerebro podía albergar en circunstancias tan originales como agrestes y a la vez, sudada y aromáticamente, animales.

Un periodista vano y superficial a quien conozco desde hace años y de quien realmente sólo conozco su conversación, puesto que de su trabajo sólo me han llegado comentarios de terceros que le han jurado una perenne discordia, atinó a pasar por allí, se tropezó con la punta de su zapato de moda y se detuvo para inclinarse, alguien le dijo al oído de un modo que yo y cualquiera que por allí pasara, sano o enfermo, curioso o indiferente, pudiera oírlo: “ parece mentira, en una época deslavazada y evanescente, líquida, imperturbable y suave, como la nuestra, éste hombre comete a plena luz del día un acto de visceralidad palpitante. Hay gente a la que no puedo entender”.

Y dicho eso, pareció declararse, interiormente, conforme, porque nada mas pronunciar sus diáfanas palabras, se alejó como si no deseara o no pudiera desear una respuesta o como si no conociera esta posibilidad.

Esta fue, digamos, la primera iluminación bufa de aquella mañana tan contundente de mi peculiar destino.

sábado 2 de mayo de 2009

Escritor alado pone un huevo en la Rambla. Héctor D'Alessandro



Escritor alado que pone huevos en la Rambla.

Héctor D’Alessandro

La ventaja de ser famoso consiste en que uno no necesita presentaciones, las personas que a uno lo conocen se consideran a sí mismas como una suerte de mistagogos oficiantes de una misa para iniciados, conocedores absolutos de todos los secretos que a uno le conciernen. Gracias a esta condición, no tendré que explicar una vez más mi biografía y entrar en todos sus variopintos detalles. Ya sabe la gente que soy un escritor “alucinante” y que trabajo en un hotel y que por eso cruzo la Rambla, al menos una vez cada mañana, para dirigirme del Hotel a la librería que suelo frecuentar. Conocer esta rutina me ahorra entrar en descripciones inútiles de esta arteria principal del corazón de la ciudad y me permite ir directo al tema que nos convoca. Los periódicos no se dieron tregua a la hora de publicarla. De inmediato adornó las páginas principales. “Escritor uruguayo pone un huevo mientras cruza la Rambla a mediodía”.

La duda principal que me asaltó con violencia fue el porqué de destacar mi nacionalidad y pensé que gracias a la perentoria suma de esta noticia con aquella otra que llegó a comentar en la prensa uno de los hermanos Goytisolo, (no el que murió, el otro, pero el que vive en España) sobre un licántropo uruguayo más o menos comprobado, se demostraba que las personas procedentes de ese país estaban poseídas por una extraña tendencia mitológica a la transformación animal.

Me invadió de inmediato una inmensa pena, una pena honda y pesada como una losa, recordé a una chica que me gusta mucho y no pude evitar pensar que ahora, que la prensa ya me sacaba bajo esta misteriosa luz ornitológica, ella, poseída por esa óptica predominante, no podría evitar verme como a un ave. Y esto si no se le daba por verme como a un “ave de rapiña” u otros bichos alados con mala prensa. También se me ocurrió pensar que ahora ella ya no podría evitar pensar que si un día nos dábamos unos besitos cariñosos, se vería asaltada por los múltiples sentidos de la palabra “piquitos”. Y esto, me pareció, podía resultar extenuante.

Cuando estaba a punto de llorar, un pensamiento jocoso vino en mi ayuda y me alivió con la imagen farandulera y humorística de un conjunto de personas que vendría exclusivamente para ver si lograban estar presentes en el momento justo en que yo pusiera un huevo. Me imaginé que de pronto esta virtud que yo tengo y que acabo de descubrir, (soy un ser humano “ponedor”) se interrumpía por alguna razón oscura y misteriosa y me vería obligado a convocar a una rueda de prensa como corresponde para explicarlo. Esta es, quiérase o no, la esencia de la personalidad pública, hace algo inhabitual y debe explicar cada unos de sus movimientos a fin de que su característica original, gracias a la cual se ha hecho persona pública, se mantenga preservada y en caso de pasar a un estado de obsolescencia, debe explicar de inmediato sus razones o sin razones.

Luego de estos pensamientos tuve otros, tales como que alguien, con seguridad, diría que, para ser precisos, en la Rambla no había puesto mi primer huevo y que por lo tanto el comienzo de mi vida ornitológica no podía localizarse allí con certeza, que la prensa, para darle mayor resonancia a la noticia la había ubicado allí.

Pero mi alarma interior se desvaneció de inmediato, dado que una foto, obtenida a tiempo por un avezado fotógrafo me destacaba en medio de una multitud encima de la incontestable figura circular de Miró en plena Rambla acunando con intenso y paternal mimo a mi huevo.

Estoy allí, recostado en el suelo, rodeado de arte, con el huevo a la altura de mi ombligo, en un gesto quizás todavía un poco mamífero, pero el destacable primogénito que se encuentra a mi lado y a quien mi perdida mirada de parturiento observa con amor es, a todas luces, un huevo bañada por una tenue luz solar.

Mañana les contaré lo que ese primer maravilloso parto significó para mí.

jueves 9 de abril de 2009

"La Maga" soy yo. Héctor D'Alessandro

“ La Maga ” soy yo. Héctor D’Alessandro

Yo soy una mujer que se alejó del dolor; que se hace la boba para divertimento intelectual de cuatro fracasados. Finjo tropezarme con gesto tierno, finjo olvidos llamativos y finjo también que no me duele aquello que me duele. Me engañaron durante todo el tiempo de mi larga, extenuante huída. Recorro el camino masculino del conocimiento vacío, del acumulo de información banal. Sigo a Horacios que dejan morir a mi hijo y yo miro a otra parte. Soy la mujer masculina adecuada para un hombre idiota y renegado, para un hombre que se preocupa por los grandes temas metafísicos y sociales que competen a la gran humanidad y no me compra ni un bizcocho. Soy la adecuada idiota formada para beber la sabiduría de hombres rioplatenses ávidos de volcar su semen en mi interior.

Soy en el fondo, un animal sofisticado, cuando el hombre se cansa de mi y decide darme una patada yo no pienso nunca qué cruel, que cabrón, que putada, no, yo pienso que la contratransferencia y el azar de los encuentros y quizás incluso ese otro lado de la vida que te llama y otras cosas así de lindas y así de pavas para no ver la clase de monstruos que andamos hechos desde hace un tiempo mientras pensamos que el sistema o que la refundación de la palabra sagrada o que la vuelta cíclica de los momentos y otras pavadas para acompañar el mate de la tristeza y sobre todo de la injusticia. Algo que no piensan todas esas pavas que surgen de cuando en cuando para repetir "La Maga soy yo".

(P.S. del Autor.- Cuando cumplí 18 años tenía más libros leídos que Giovanni Papini a la misma edad, y el espiritu de Gog hablaba en mí a toda hora del día, desde aquella época quería ver esto con su claridad)

viernes 20 de febrero de 2009

Parejas. Héctor D'Alessandro

Parejas. Héctor D’Alessandro

Para Carla Carissimi

Hace muchos años yo tenía una novia que siempre estaba pensando en casarse; dominada por su afán, no hacía más que decirme, una y otra vez o darme a entender de mil maneras posibles, que deseaba un gesto mío, el gran gesto, que le pidiera casamiento. No lo voy a negar, me agobiaba su impulso, me aplastaba su impetuoso afán, y acababa aburriéndome con sus edulcoradas palabras.

Ella era una mujer fuerte, yo lo sabía.

Un día, cogiendo fuerzas de flaquezas, le propuse un ejercicio a la medida de nuestras energías.

Le dije:

“Mira, tú sabes cuánto me cuesta esto, entonces, vamos a hacer una cosa, si a ti te parece. Yo te voy a pedir casamiento. Pero necesito una semana para prepararme y que cuando llegue el momento, yo me lo crea, pero sobre todo, que cuando lo diga pueda creerlo y lo más importante, que una vez dicho me lo haya creído.

Ella, que era una mujer con capacidad para respirar a grandes alturas, aceptó el reto, e incluso se entusiasmó. Comenzó a prepararse con gran ilusión y seriedad, con una vibrante naturalidad. Le aportó al plan general unos matices extraordinarios e interesantes. Comprendió cabalmente el alcance de nuestro acto. No se trataba de realizar un ritual social vacío de contenido para luego ir corriendo a contárselo a los amigos y a la familia. Ay, me pidió, Ay, le pedí. Era un acto para nosotros que luego, convalidado por nuestra experiencia íntima, se repetiría para un público más amplio y merecedor. Propuso además, que luego del día de la pedida, analizáramos todo durante un período moderado y prudencial después del cual decidiríamos qué hacer en esa otra frontera de nuestra vida: la cara pública.

Llegado el día, cumplimos con todos los pasos del ritual, cenamos fuera, fuimos a una sala de baile de carácter muy romántico, melodioso e íntimo. Tomamos una copa y volvimos a casa, donde teníamos ya preparado todo y yo saqué los anillos, la única sorpresa que aún faltaba.

Recuerdo que me acerqué a ella y le dije “¿Quieres casarte conmigo?” Y recuerdo que estas palabras salieron de mi boca con enorme energía y naturalidad, con gran convicción, y algo dentro de mí se sintió claro y directo y seguro de lo que decía y de lo que hacía.

Ella me miró y se quedó muda, me estuvo observando largo rato. Extendió su mano y acarició mi frente ansiosa, me tiró un beso y me miró con una profundidad que me sacó de mí, me hizo trastabillar interiormente, me hizo temer y dudar. Entonces, un cierto personajillo que llevo dentro, que sale a relucir en estas ocasiones hizo aparición en escena y dijo:

“Antes de responder, quiero que sepas que si me dices que “Sí”… podré comprenderlo”.

La petulancia de este último comentario movió su mano, se la llevó a la boca, rompió la serenidad amorosa de la escena, el único tenso era yo, y la hizo reír. Esto me tranquilizó, después de todo ella siempre había dicho que quería un hombre que la hiciera reír.

Rió largo rato, se secó una lágrima que no comprendí y luego me acarició nuevamente y me acomodó un mechón de pelo rebelde.

Al fin, contestó:

“No, no quiero casarme. Pero hasta este preciso instante no lo había sabido.

En ese momento me sentí fatuo y tonto, y avergonzado. Por un instante alenté la ilusión de que fuera una broma pero no, no lo era.

La miré y pensé que estaba hermosa, dura, firme y hermosa diciendo “no”. Estaba, además, enorme, y cobré una repentina conciencia orgullosa de que realmente era una mujer que podía respirar a grandes alturas emocionales, que yo también lo era, de hecho estaba de rodillas ante una mujer gigante sintiéndome un grandullón ávido de cariño y de ternura. Pensé decirle que era la persona más extraordinaria que había conocido y que el acto, ese triple salto mortal que acabábamos de ejecutar, era el acto más intrépido que yo había realizado en toda mi vida y que indudablemente esto nos haría aún más fuertes, y nos dejaría preparados para recibir realmente a una persona adecuada en algún momento del futuro. Todo esto pensé decirle, y si se lo hubiera dicho habría estado fenomenal porque en realidad eso fue lo que sucedió, pero si no se lo dije fue sólo porque ella, una vez más, se me adelantó a pronunciar aquellas palabras.