Viento nocturno. Héctor D’Alessandro
Si volviera a recordarlo quisiera que fuera de otro modo. No pensé, además, que volviera, pero lo ha hecho. Es como una luz que se acercara de a poco en la oscuridad de la autopista, en la soledad inmensa y ventosa de la noche. Vuelven los recuerdos y vuelve esa época que parece tan ajena y tan distante. Recuerdo que vivíamos enfrente de la embajada de Brasil, un barrio de clase media acomodada en su mayor parte y en vías de descalabro total una parte vertiginosamente creciente. Es el año ochenta y mi hermano, para variar está de mal humor, un mal humor mudo que se manifiesta con pequeños actos viles y vengativos, aquella tarde hacía calor y estábamos como en un horno a presión. Mi cuñada estaba embarazada de siete meses y era diciembre. Mi sobrino de diez años estaba jugando en algún sitio y mis padres, ya mayores, estaban trajinando en su sector de la casa, una casa no muy grande a donde fuimos todos a vivir con el objetivo de salvar a mi hermano de la bancarrota definitiva. Recuerdo que mi cuñada y mi hermano se comían la comida de mis padres por la noche a escondidas y luego mi padre los regañaba con suavidad y sin convicción, ellos reían y mi madre conspiraba y conspiraba con el objetivo de que aquellos chicos se divorciaran.
De pronto, en pleno calor de la tarde, comenzaron a gritar en la habitación donde vivían, un hecho que no sorprendía a nadie, debido a que lo hacían a diario y por los más peregrinos motivos. Mi hermano tenía veintiocho años y su mujer creo que un año o dos menos. De los gritos pasaron a tirarse cosas y a ofenderse de modos cada vez más brutales y en cierto momento se oyó el golpe de objetos metálicos contra los muebles y las paredes y también el quebrarse de una madera similar a la pata de algún mueble y algo de loza, como un plato o una tetera. A partir de ese momento los gritos de la mujer fueron cada vez más agresivos y desesperados a la vez que desafiantes. ¡Loco! ¡Estás enfermo! ¡Estás enfermo! Gritaba este tipo de cosas, algo inhabitual, dado que hasta ahora lo normal eran más bien epítetos desagradables que de modo invariable iban cargados con una intención sexualmente denigratoria.
Un golpe seco y pastoso, como de una bolsa que cayera al suelo, nos puso sobre aviso de que la cosa había pasado a mayores, la mujer estaba de siete meses, mis padres tenían miedo, ellos estaban imbuidos de esas chorradas televisivas que fomentan la creencia de que la gente se vuelve repentinamente loca en un tris tras; esa concepción de la locura implica además la creencia en un estado de euforia criminal que vuelve inconsciente a las personas y los hace peligrosos para cualquiera que se cruce en su camino, ésto, independientemente de lo útil y atenuante que resulte como explicación a posteriori ante un juez que también crea en la llamada “locura transitoria”, era lo que creían mis padres y yo, que estaba pensando “a ver si la liquida de una vez y matamos dos pájaros de un tiro”, les dije, cumpliendo a rajatabla con las normas de urbanidad habituales en las familias, “calma, calma, ya verán que en un momento todo se pasa” y por dentro, pensaba “vamos nene, acaba de una vez tu trabajo, que te estoy dando tiempo”. Pero no hubo caso, el tiempo se acabó y el bobo grandote ese de mi hermano mayor no cumplió con lo que tanto aspaviento prometía, (“que te mato, que te mato” bufaba como un bisonte), mi sobrino, enloquecido de pavor, el pobre pequeño, me reclamaba “tío, tío, va a matar a mamá y a mi hermanita, le está dando patadas en la barriga”.
Yo, por toda respuesta, lo agarré del hombro, me dirigí sin hablar arrastrándolo hasta la puerta, la abrí y lo saqué a la calle y le dije: “Allí enfrente está la embajada de Brasil, en la garita al lado de la puerta hay un policía. Corre”.
El pobre niño corrió, lleno de aprensión y terror, me imagino que también en el fondo pensando que se enfrentaría a su padre de un modo radical, como nunca lo había hecho, esto lo elevaría varios grados por encima de sí mismo, pero la próxima vez que a su padre le diera el ataque iría a por él.
En dos minutos, el gordo oficial con cara bonachona intervino mi hogar y llamó a la puerta del dormitorio de mi hermano y su familia, yo pensaba abochornado que realmente estábamos cayéndonos por la escalera social con enorme violencia y con gran estrépito. La única que mantenía un poco el decoro, era mi madre, que invitaba algunas tardes a tomar el té a la madre de un ex presidente de la república y con eso levantaba un poco el status de nuestra familia en pendiente.
Calmé a mis padres y los conduje a sus habitaciones en la parte delantera de la casa y yo me metí en mi cuarto, más próximo -nunca mejor dicho- al “lugar de los hechos” y pude escuchar cómo el policía, que era un crónico machista igual que mi hermano y que tampoco deseaba practicar una detención y meterse a hacer un parte y todo ese lío que le llevaría varias horas durante las cuales se suponía que él no debía salir de su puesto de vigilancia dentro de la embajada de nuestro vecino del norte, le decía “esto no se hace muchacho, la próxima vez que venga voy a tener que detenerte de verdad” y otras frases así de domingueras por el estilo. Yo, mientras, rabiaba dentro de mi cuarto pensando y repitiendo “no lo va a detener, no lo va a detener, me cago en su madre, no lo va a detener”, pero claro, yo no podía salir corriendo de mi habitación y proclamar que yo lo denunciaba, algo que su mujer no pensaba hacer, porque entonces se delatarían mis intenciones y puestos a ir a un juicio, yo no me veía a mi mismo declarando en Montevideo en el año ochenta algo del tipo “sí, señor juez, pero este hombre siempre ha sido violento", y sacar mis brazos quemados con cigarros para mostrarlos en público y hablar una vez más de las veces que me obligó a chupársela a escondidas de nuestros padres y luego me amenazó si yo contaba algo, amenaza innecesaria, dado que mis padres nunca me creyeron y aunque yo involuntariamente vuelva a recordarlo y desee que todo aquello fuera de otro modo, no lo será, porque fue así y así se queda pero ahora que mi hermano está muerto y bien muerto, (murió envenenado por su mujer que estudió en libros de medicina el mejor método para ir envenenándolo a diario con una ponzoña que administrada de ese modo ni se nota ni se puede, tampoco, detectar jamás su subrepticia presencia asesina dentro de las venas del desgraciado destinatario) yo puedo mirar hacia el interior, hacia la noche de mi conciencia y volver a ver todos esos hechos y sentir que el yo que los vivió se ha ido desgajando del centro de mi ser y ha pasado a ocupar un lugar verdaderamente secundario donde digamos que no molesta en demasía y está bien que esté allí y que yo lo vea como una lucecita cada vez más tenue que se aleja del núcleo tranquilo de mi actual personalidad, que se desliza por una autopista, en la noche y que el viento, que todo lo barre, también se la lleva consigo.



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